jueves, 29 de enero de 2015

LA VÍCTIMA Y LA COMPASIÓN SALVADORA


C  O  R  I  F  E  O
Víctimae paschali láudes

ímmolent Christiáni.

Agnus redémit óves:

Christus ínnocens Pátri

reconciliávit peccatores.

Mors et víta duello

conflíxere mirándo:

dux vítae mórtuus,

régnat vívus.

-Dic nóbis María,

quid vidísti in vía?

-Sepúlcrum Chrísti vivéntis,

et glóriam vídi resurgéntis:

Angélicos téstes,

sudárium et véstes.

Surréxit Chrístus, spes mea:

praecédit súos in Galilaéam.

Scímus Chrístus surrexísse

a mórtuis vere:

tú nóbis, Víctor Rex, miserére.

HIMNO PASCUAL, Misa de Resurrección, Liber Usualis: Missae 
et Officii, Desclée y Socii, Tornaci (Belg.), 1921, N° 780, 691 (secuencia 
con canto gregoriano).

El pueblo venezolano está llegando a realizar su felicidad (la de la selva): la ley (su enemigo) se ha desvanecido en el comportamiento social. La autoestima y los acuerdos sociales se han alejado ante el abismo del país. Cada vez hay que ir más atrás (regresión) para conseguir el punto donde retomar el viaje de la sociedad. La felicidad (la del país -ética-) a construir apenas se vislumbra en una lejanía nostálgica de la civilidad.

-¿Retroceder hasta dónde?

-¿Nuestra falta de autoestima en Venezuela no nos está victimizando?

-¿Acaso no nos han colocado en estado de víctimas cuando nos condenaron a muerte nuestro saber de sujetos con cuya capacidad (derechos) alcanzaríamos la justicia?  

Resulta retorcido caminar en Venezuela desde la etnocultura a la sociedad, sin tropezar con una ansiedad de impotencia y sufrimiento. Muchas veces caemos en una torrentera de confusión que, si se convierte en un problema de pensamiento, puede despegar como punto de investigación de cómo somos como país.

Por este trasunto se desemboca en un proceso de rechazo al estado de víctimas en que nos encontramos los venezolanos. La atención entonces se dirige hacia la indignación contra el daño, que al asociarla al negativismo social de la cultura (matrisocial), resalta la incapacidad nacional, incorporada a nuestro imaginario, de solucionar los problemas del país.

Como consecuencia, surge una auto-indignación expresada como resentimiento de devolver pena por pena a los que nos han hecho víctimas de la miseria que padecemos. Víctimas y culpables, pues, a la misma mesa.

-¿Cómo salvarnos de nuestra propia miseria?

Sólo si aprendemos a sabernos sujetos que comparten una comunidad de sufrimiento, donde la negatividad sentida como dolorosa, puede hacernos cobrar conciencia de nuestra postración nacional.

Dada nuestra cultura del placer (y por consiguiente, la falta de estima para encarar los problemas), es necesario que este momento de rechazo e indignación penetren con fuerza el tejido social con el fin de aceptar auténticamente que el sufrimiento pasado (y presente) es irreversible (los asesina dos están realmente asesinados, los dolientes han hecho bien su duelo). Esta situación lleva a experimentar un vacío, cuya tentación parece remitir a una pérdida de toda esperanza. En este medio del anonadamiento negativo, entra a jugar el potencial de la comunidad de sufrimiento. Su invitación es a pasar al momento positivo que identifica al sentimiento compasivo. Este alienta la visión de un paisaje social distinto en que la miseria, la impotencia y el sufrimiento no tienen porqué ser nuestro estado normal de existencia. El sentimiento de compasión procura, en contraposición, impulsar una vida de satisfacción colmada.

Si bien la compasión emerge de un rechazo, de una denuncia del dolor, su propósito es atender a la comunidad que sufre, conformando un acercamiento de empatía mediante el compromiso de hacerse cargo de sus problemas. La distancia con los otros no impide la semejanza e identidad de sentimientos, aunque nunca serán iguales. El otro conserva siempre su originalidad insustituible. La compasión realiza a plenitud la idea de la empatía: comprometo mi sentimiento en la solución del sufrimiento del otro, a diferencia del contacto superficial que indica la idea de simpatía.    
La compasión no es un mero sentimiento, ni expresa sólo un sentimiento de mi situación deprimida; es un sentimiento con el que se comparte, con la hondura de las vísceras, la condición dolorosa de los demás. La compasión compromete desde su verdad con el sentido de justicia que reclaman las víctimas; a dicho sentido de justicia, la compasión ha asociado el análisis que ha hecho antes del dolor sufrido. Así, la compasión instaura la acción de una humanidad compartida.

Cuando la compasión habita en el pensamiento, se genera  un movimiento de solidaridad cuya realización la constituye el cuidado de los otros. La hermandad que impulsa el cuídate del venezolano en la despedida cotidiana del otro (amigo, pariente, conocido), balbucea aquél cuídate a ti mismo (ético) de los griegos clásicos. Esta compasión dista mucho de la asociación que González Alcantud (2003, 103) hace de la compasión con el altruismo liberal, la filantropía, la piedad roussoniana, la lástima, la caridad islámica. En esta asociación, se juega la desigualdad social, que desemboca en una política de dominación sobre los pobres; pero fuera de dicha asociación se puede jugar de otro modo la ocasión del reconocimiento del otro dentro de una política de la solidaridad: los intereses o justicia de los que sufren son la referencia del encuentro con los compasivos. Se configura así la razón del humanitarismo, no exento del peligro de confundir el hacer el bien a los otros en una u otra dimensión, cuestión que puede terminar en una fatiga compasiva (Didier Fassin, 2012, 3).

Esta fatiga originada en la administración burocrática y que conduce a una indiferencia por el otro, está lejos de la compasión vivamente emergente del volcán de una injusticia demandante siempre, sin descanso, de su redención. Se trata de un perfil compasivo que se articula con la procura de construir urgentemente una justicia con la cual convive en el mismo terreno.

-¿Cómo pensar una comunidad de sufrimiento nacional en el hoy de Venezuela con el aumento de la pobreza a 32,1% y la inflación a 64% que señala la CEPAL para 2014, de la inseguridad en la calle y en la misma casa aún detrás de la rejas que uno se autoimpone, del desabastecimiento que anuncia hambruna colectiva, de los muertos por falta de medicinas, de los enfermos con hospitales sin capacidad de asistencia médica, del acoso del estado que pretende someter a la gente a vivir dependiendo de él?

“Si la pobreza aumentó al medirla por el ingreso pero cayó por el NBI (Necesidades Básica Insatisfechas, como mide el estado), estamos diciendo que las personas dependen del Estado para no ser pobres” (Anabella Abadi, BBC Mundo)

Se juntan sin confundirse para el pensamiento la condición antropológica y el desarrollo histórico. Existe en la condición antropológica un deseo de felicidad como destino humano. Su particularidad en la cultura venezolana toma el camino del placer y con este convencimiento el venezolano cree encontrarse ya en el estado de felicidad. Este exceso de vida placentera da nacimiento y cimenta relaciones interactivas tan intensas que la sociedad las experimenta a menudo como si representaran un peligro para ella (Devereux según Freud, 1975, 14). 
Ante las situaciones de peligro que se colocan a la sociedad, es necesario observar bien la compasión identificando a la comunidad de sufrimiento en su condición histórica. Esta condición suele entorpecer permanentemente, con obstáculos económicos, sociales y políticos, aquel deseo de felicidad natural que una gran parte de la población venezolana endémicamente sufridora, cree y aspira a disfrutar. Pero es en la historia, que juega tan mala jugada a lo antropológico, el tiempo donde deben confrontarse los problemas y su solución. Desgraciadamente, la organización social que tan desarticulada tenemos en Venezuela, colabora muy poco en esa confrontación y ello aleja la felicidad social a  construir a que debemos aspirar los venezolanos.
La historia actual demuestra un tiempo de horror, de hambre no satisfecha, desprotección primordial, pobreza persistente, miseria amenazante, donde se inscriben las desconfianzas más feroces. Una compasión solidaria no puede realizarse sino a través de asumir el rechazo dialéctico de tantos males, sin dar chance u oportunidades (consentimiento matrisocial) a las malversaciones históricas. La impugnación del mal es la mejor garantía de autenticidad de la justicia que comporta la compasión. Supone de entrada una práctica de resistencia contra la insistente ilusión que nos depara la historia de los victimarios: el verdugo triunfando sobre la víctima.
Dado que el resentimiento define la dimensión oscura de la estructura edípica de la cultura venezolana (matrisocialidad), fácilmente podemos caer en confundir justicia y venganza. La justicia aliada a la compasión coloca a la víctima en el propósito de reparación de su daño, cuyo resultado es la salvación de la víctima. La venganza, a partir de la indignación radical, apunta al verdugo con el objetivo de devolverle el mal que ha hecho a la víctima: se lleva a cabo la ley del Talión, ojo por ojo. La vivencia del resentimiento es una condición cultural que lleva a confundir ambos niveles. Si el intento de precisarlos resulta dificultoso en cualquier sociedad, en Venezuela se complica por su condición antropológica.
Con el resentimiento a cuestas, el venezolano se encuentra en una situación natural de compartir la dimensión moral de un verdugo, como es la del crimen. Pero el resentido, a diferencia del verdugo, pretende compartir la experiencia de la víctima, la de que el daño no hubiera ocurrido, pero con el deseo de que el verdugo sufra la misma experiencia.     
Como todo individuo no nace a su vida práctica sin un aprendizaje cultural orientado a una moral, es necesario comenzar a salvar nuestra cultura de su resentimiento estructural. No es posible sacar al venezolano de su cultura sin más, ni dominándolo socialmente, ni imponiéndole una superestructura educativa o religiosa, sino mediante el enderezamiento moral a partir de la ética con ocasión de la solución de sus sufrimientos primordiales e históricos. Así puede concretar la condición histórica favorable a construir su felicidad como sociedad: su inicial consiste en que perciba el anhelo de que su realidad como país, con todos sus horrores, no es algo que sea definitivo.
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-Devereux, G. (1975): Etnopsicoanálisis Complementarista, Amorrortu, Buenos Aires.

-Fassin, D. (2012): Humanitarian Reason, University of California Press, Los Ángeles.

-González Alcantud, J. A. (2003): “La inmigración: estrategias políticas de la miseria y la compasión”. En Ángel B. Espina Barrio (ed.): Emigración e Integración Cultural, Ed. Universidad de Salamanca y el Instituto de Investigaciones antropológicas de Castilla y León, Salamanca, 93-107.

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