jueves, 6 de julio de 2023

CUANDO LA ESPERANZA DE PAÍS SE ENCUENTRA EN EXILIO INTERIOR

Caracas, capital del país llamado Venezuela  
 
“Los libros y las puertas son lo mismo
los abres y pasas a otro mundo”
(Anónimo en las redes)
 
“La vida es un país extranjero”
(Jack Kerouac)
 
A Eblin Milagro, su cumpleaños, 9 de julio,  
invita a un mundo de esperanza y vida

 

Entrar a ‘otro’ mundo con el dispositivo que sea,  siempre te hace un extraño; la esperanza de vida comienza construyéndose cuando se siente al país como más grande que uno mismo y se le piensa también desde los otros. El emigrado se presenta como modelo de esta situación y aún la completa en la medida que tiene que sostenerse a sí mismo desde su propio adentro, y a la vez amplificar su existencia en el afuera de la ‘otronía’. La cuestión se complica cuando lo propio de su ser nativo, adquiere un tono extraño, extranjero al fin, para sí mismo, y no alcanza a verse sino con dificultad desde el interior de sí, que es como decir, de su país íntimo o cercano.

¿Cómo constituirse de nuevo sobre lo que se hizo ajeno desde la vida originaria?

No queda otro dispositivo que la esperanza (esa energía de futuro) para ser constituyente de sí mismo, y comenzar de nuevo, no tanto para el simple vivir, cuanto para el arduo pensar el país como problema. Sin país de referencia no hay vida ni obras nuevas, de obras necesitadas de innovación de cara al testimonio de otra vida recursiva de país.

Teniendo a Venezuela como escenario, hemos tenido que retrotraernos sobre nuestra memoria activa, cuando observamos que cuánto más lejos estamos del país de origen, nos vemos, en el país ulterior, obligados a sostenernos desde adentro del sí mismo. Como náufrago en alta mar la esperanza que flota en torno a sí, sólo tiene como referencia sobrevenida al horizonte del país visto a lo lejos, como un propio país extraño. Esperanza de náufrago de mar in altum que lo que también le queda es sostenerse a sí mismo en el naufragio del doble exilio, exterior e interior.

Se activa aquí la presencia del mito, según Kolakowski (2006), en la expectativa de pensar que la vida en Venezuela ha terminado encuadrada en la realidad de un país también extraño de sí mismo, y que, más allá de su exilio hacia afuera, ha quedado sin remedio aceptar su exilio interior con la esperanza de retornar de su extranjeridad a la vida propia de un país reconciliado consigo mismo.

Mientras ocurre ese retorno al país con la vida normal, no podemos sino alimentar la esperanza desde ese interior de nosotros mismos con base en actos performativos: prorrumpir en canciones para troquelar la memoria que nos sostenga en el ser. Son las canciones con carácter de etnicidad que el ángel del destino cultural aún permite su existencia aunque sea en escombros como objetos de consideración o de la mirada, como dice el poeta Rafael Cadenas.

Así con cánticos bulle la esperanza de país en los momentos ordinarios de cocinar la yuca (mandioca), de pelar la batata para la dulzura del caldo de pollo, de colocar la arepa amasada en el budare, de arreglar los tubérculos (zanahoria, papa, apio, auyama) y sancocharlos mientras se mezclan en la olla de la sopa. En cada tiempo del cocinar desarrollamos un fondo de canciones, que asume la ‘función técnica’ de proclamar la vida conmemorativa del país en la vida personal. Son canciones de adolescencia y juventud, representando su pertenencia de raigambre a la etnicidad perdurable, que al no morir, salva a la nostalgia de su negatividad social.

Emerge de este modo Cantabria con el canto de A la mar fui por naranjas cosa que la mar no tiene, Andalucía con De la sierra morena vienen bajando los cuatro muleros vinculada a García Lorca, Cataluña con la sardana de Una noche en la ermita de San Miguel, Galicia con San Campio y la Vixen de Guadalupe, Castilla con la serenata de Aquí estoy porque he venido, aplicada luego al happening de Los Comuneros por el conjunto del Nuevo Mester de Juglaría, etc. O se canturrean los kyries de la misa de Notre Dame de Lucien Deiss, de La Virgen Milagrosa de José María Alcácer, de la misa Luba africana o la criolla argentina; otras veces son las canciones de las tunas de las universidades de Salamanca y de Santiago de Compostela; y más allá los villancicos navideños, donde los aguinaldos venezolanos gozan de prioridad… Sobre todo resuena en la garganta el libro de la Consolación desde el Super flúmina del salmo 137, con música de Miguel Manzano:

 

Junto a los canales de Babilonia,

nos sentamos a llorar,

de los sauces de las orillas

colgábamos nuestras cítaras…

¿Cómo cantar un cántico del Señor

en tierra extraña?

Si yo me olvidare de ti, Jerusalén…

que se me seque la mano derecha

que se me pegue la lengua al paladar

si de ti yo me olvidare, Jerusalén

en la cumbre de mi alegría. 

    

                Si ahora experimentamos que el país normal luce como extraño ¿cómo será la forma de nuestros cánticos para mantener la esperanza de país como propio? ¿Podremos cantar de verdad y con verdad lo propio como extraños? Si nos han desmontado nuestras emociones, como dice desde la psiquiatría, Rebeca Jiménez, con aquél estado de bournout (‘ya no puedo más’) cuyo síndrome es el de agotarse o consumirse[1]  ¿cómo seguir manteniendo nuestras vivencias para poder rescatar al país de su duelo de agonía? 

Es en los aguinaldos venezolanos, que recreamos la primera gran memoria experiencial del país, y, por supuesto, en las canciones populares como la andina Brisas del Tormes y Luna de Margarita de Simón Díaz, reviviendo la primera vivencia venezolana de los años de 1970 con los que fuimos haciendo raíz en Venezuela. ¿Será posible no perder la raigambre cultivando la memoria activa de este país ulterior a donde llegamos como destino? El repertorio del país está adentro en nuestro inconsciente cultural como señal de vida que no muere, y donde hay vida, aún en el exilio interior venezolano, hay esperanza, como interpreta el refrán en nuestra vieja lengua de Castilla, es decir, en el ser humano siempre persiste una reserva moral que permite su total reconstitución.

                Desde la invención literaria podemos ver que el síndrome del bournout no se resuelve como definitivo agotamiento. En su Bosque Real (Kingwood), López Ortega nos encuentra en lo último de nuestro ser simbólico:

 

“En esta crisis nos han quitado mucho, casi todo, menos los sentimientos más íntimos. En esa reserva personal, si se quiere moral, yace la base de lo que eventualmente podemos reconstruir o recuperar. En este sentido, no se trata de rehacer la vida perdida, porque ya no está, sino de crearnos otra, una nueva, pero sobre la base de valores culturales que siempre han estado en el ADN venezolano: sentido de libertad, de igualdad, de pertenencia, de participación, de derechos” (López Ortega, 2019).

 

En esta encrucijada de psiquiatría y simbolismo literario, nos hallamos con el exilio de la desmontada, de la pérdida, de la disolución, del pesimismo y el desaliento, para ir a parar a la extrañeza, a donde nos expulsaron, cargando aún con las emociones y los sentimientos más íntimos, con lo personal que se hace extensivo en el vaciado de lo moral (social). La psiquiatría apunta a una situación de salida como exilio de lo nuestro, situación grave para nuestra existencia de país, donde parece que apenas nos queda el desengaño, según López Ortega.

Habrá que aplicarse a vivir el desengaño con la autenticidad que comporta aprender a salvar lo mejor de la vida como son los logros concretos y palpables alcanzados. La deriva negativa posible es la de caer en el autoengaño para vivir a gusto, cuyo atajo abandona el mantenimiento de nuestro afán interior, y desaprovecha también lo posible de constituirse de nuevo.                

Cuando el canturreo durante el quehacer doméstico nos mantiene vivo lo interior profundo del país, exiliado doblemente en las gestiones públicas y en las labores privadas ejercidas por reemplazo familiar, nos preguntamos ¿cómo va a ocurrir la siembra de la esperanza de un país demolido? Este reto nos lleva a atinar con ciertos diagnósticos de venezolanos que permanecen con su vida en el país y que esta circunstancia les obligará al esfuerzo de constituir de nuevo lo propio,  remontando desde su exilio interior forzado.

Nuestra trayectoria de investigación nos indica que las hipótesis que sobre lo social y lo étnico venezolanos llevan a cabo psiquiatras y literatos, necesitan de un análisis sociológico para no caer en diagnósticos apresurados. Como marco, la estructura social nos permite aterrizar en la vida normal y precisar el momento en que el exilio interior está cargado aún de recursos sociales y económicos para cifrar en lo conveniente la esperanza de país en Venezuela.

Hay obstáculos a salvar como el referido a que el venezolano detenta un sueño húmedo de que la revolución se va a conseguir dentro de una democracia participativa y protagónica, y que el exilio interior a que nos ha llevado la revolución chavista, tendremos que cargarlo (sufrir) como un mal menor y abandonar la esperanza de constituir el país como otro mundo a soñar. Además la revolución es eficaz en armonizar su normalidad con el modo inercial de darse las cosas en la etnocultura venezolana: como vaya viniendo vamos viendo; sentido étnico que a su vez deniega los valores societales de nuestra civilización occidental, de que alardea López Ortega. Poco a poco nos han ido arrinconando en lo propio como extraños, y además haciendo que los sentimientos más íntimos y cercanos, colaboren en aceptar la extranjeridad del país como propia.

¿Por dónde anda la condición de tal exilio como lugar para mantenerse en la esperanza? Es una dura demostración de la existencia porque resulta de una condición de despojo. “Que una profesora gane más dinero limpiando casas que dando clases no es que se reinventó o que está emprendiendo. Es que trata de sobrevivir, porque el régimen invirtió los valores de la sociedad y menosprecia al que estudió” (Graterol, 2022). De igual manera, no se trata de ver a la emigración como una aventura más, sea para la inspiración de locos o de poetas, ambas como motivos de la modernidad (Foucault 1972: 7-9).

Aunque la persecución o prosecución de la verdad trata de aproximarse a una verdadera aventura por asemejarse en su lógica transcendental a la utopía de dar razón de la estructura histórica en su inquietud por conocer (epistémico)[2]. Es como pretendemos ensayar la idea de “Detrás de un joven de izquierda que quiere cambiar el mundo, hay una familia de derecha que paga las cuentas” (Harris, 2022). Así la verdad constituye en proceso de pensamiento sobre el que se describen los niveles diferenciales de la realidad para saber dónde estamos y qué estado de ser hemos procurado con el esfuerzo que preside la equidad; lo contrario es contentarse con la comodidad (o flojera) de estacionarnos en la igualdad, y allí “lo que es igual ¡sí es trampa!”(Jaimes Branger, 2022)[3].

Sin verdadera aventura de verdad no hay lugar para la libertad y por lo tanto para la esperanza. La posibilidad de que los sentimientos en exilio no secunden a la “deriva reaccionaria en la izquierda” (Ovejero, 2018) nos viene a cuento el dolor de la memoria conseguido en la confluencia que podemos establecer con las metáforas del exilio y el túnel, porque los dos lugares terminan en el silencio de la verdad. En el exilio interior se pretende que desaparezca el orden, que nada se clasifique, que se cumpla con una gran desorientación, que desaparezcamos. Pero la esperanza está ahí anidando en su misma espera de ser anunciado su existir como lugar en que se origine el conocimiento del país, y éste, como Lázaro, surja de la tumba o túnel más pronto sea enunciado su nombre.

Mientras tanto están las dudas fecundas de la verdad que hay que hacer fructificar. Los escritores nos enseñan mucho a través de su imaginación pensante. Así es como “Arturo Muñoz escribe limpio. Escribe sincero. Escribe con linterna hacia delante de ese túnel que es siempre el dolor de la memoria”[4]. El exilio interior se acoge en su explicación a ese túnel del silencio para expresar ese tránsito en que nos ha colocado la política del país venezolano mediante el cual lo vivido se quede a oscuras entre el presente y el futuro; allí se pretende que se callen las culpas, las cicatrices, lo que está sucediendo tanto en medio como en los márgenes de ese exilio. Para colmo, ese es un proyecto, el del chavismo, que es lo que destroza la nación y el país.

 

“Al chavismo puede tocarle otro boom petrolero, pueden quitarle las sanciones, pueden devolverle el control total de todos los activos de la nación, y el país jamás mejorará. El caos de hoy comenzó en abundancia y sin sanciones. Lo que destroza la nación es el proyecto de país del chavismo” (Rodríguez Linares, 2022).

 

Un valor se configura con los ingredientes de un significado y de un sentimiento; es un significado con emotividad que a su vez constituyen un juicio objetivo. El exilio comporta ya un significado sin base económica consistente, mientras el régimen crea la ilusión de que se arregló el país. También comporta una emotividad que signa un contenido de vida interior, cuya orientación evaluativa pretende referenciarse con un espejismo dentro del túnel de la verdad. Esta valoración significativa puede cundir en un inconsciente distraído bajo la propaganda del régimen político, “porque en términos económicos no hay ninguna recuperación, sino elementos de rebote, por una expansión en 2021 que si se compara con 2014 evidencia que el PIB aún no recupera el 80% que ha perdido”, aseguró el doctor en economía Alberto Castellanos en entrevista con Panam Post…”El circo de ese contexto le funciona al régimen porque esquiva los problemas sociales, económicos y políticos. Su mayor esfuerzo es distraer a la población con eventos populistas que no apuntan a garantizar bienestar, justicia, mucho menos desarrollo” (Moreno, 2022)[5].

El desvío de los valores merced a una táctica de desinformación y distracción populista nos estaciona en un exilio con indigencia social e intelectual, pero también económica y política, y que la situación sea favorable a un proceso socialista con democracia ensombrecida. “No en vano muchos como Thomas Mann, previeron que el bacilo del fascismo estará latente en el cuerpo de la democracia de masas”…”No es fantasía que el fantasma de ese fascismo está amenazando nuevamente a nuestras sociedades y la realidad es que las democracias liberales en la región corren el riesgo de convertirse en su opuesto: democracias de masas privadas de comportamientos democráticos” (Aparicio Otero, 2021).

En la experiencia del exilio interior se carece de un estado de sociedad, es decir, de un estado que da las espaldas a la gente, a sus necesidades y a su garantía en los servicios públicos. La legitimidad política anda totalmente desviada, porque es la gente la que debe poner y dar las posibilidades de su ser al modo de constituirse el estado y que la capacidad de éste pueda sustentar la legalidad entre la gente. Legitimidad y legalidad: he aquí el terreno de edificación de las instituciones sociales que hace felices a las gentes. Es la sociedad como existencia real.

Cambiar el signo de orientación de la gente vía al funcionamiento de la sociedad, conlleva un proceso de reversión desde dentro, desde el interior social. De sujetos que hacen funcionar las instituciones, y sujetos que saben recibir los beneficios de éstas. La gente que se fue bajo señal de exilio exterior puede ayudar en ello, pero su relación será insuficiente, y es mejor no contar con los que se fueron, porque simbólicamente expresan destrucción y rechazo del país “Esta destrucción como rechazo y exilio, no es de la que estamos hablando, sino de los jóvenes que han quedado y tienen que pensar y hacer que el dinero tiene que ser productivo” (Guerrero, 2022).

Si es verdad que se necesita una infraestructura financiera para mover ese país interiormente exilado, la cuestión de que se trata es de mover el mundo social desde ese interior que se aplica con la cabeza y la manos de la generación joven, es decir, de la inteligencia y de la técnica que son necesarias para construir de antemano el punto de apoyo y al mismo tiempo la barra que impulse el movimiento de los significados y de los sentimientos. El reto es interior, y debe comenzar desde dentro.

Ahora la dificultad gigantesca. Porque el exilio interior configura un estado de desamparo que implica un desafío de gigante, cargando como Atlas casi con el mundo entero (el país). Una actitud de resiliencia es fundamental para impulsarse con el país desde dentro, impulso que es trascendente a uno mismo. Se necesita como principio restituir el orden de confianza de que están dotadas las cosas en su existencia originaria. La osadía resiliente depende del restablecimiento de la confianza; ésta ha sido una de las primeras pérdidas que despliega el exilio en su desamparo[6] con la enseña del perder toda esperanza.

La confianza es la piedra angular del edificio de la sociedad, lugar de la libertad y del consuelo para adquirir la educación hacia el orden social[7]. “La confianza en otros seres humanos y el sentido de pertenencia son transcendentales en el aprendizaje” (Fuster, 2021). En la situación desestructurada que implica el exilio interior, la escuela parece que llegará tarde para inculcar dicho aprendizaje social. A las reuniones de la comunidad educativa no suelen venir los padres de los niños con problems o si aparecen lo que hacen es culpar a la escuela.

Nos queda el aprendizaje de la esperanza de país que rescatará a éste del desengaño y le otorgará la educación sobre el propio orden social. Debe brotar la emotividad del país, la propia autoestima. Como para los túneles del silencio y los exilios interiores, la memoria no tiene medida, al cuerpo y al alma se le van los recuerdos. En ese vacío de ser, y mientras caen en escombros los ídolos de barro que erigen los poderes –el social y el político—, el inconsciente se purifica en su interior con la esperanza que brota en el otear la posibilidad del proyecto de sociedad. El país exterior con su exilio así como las instituciones, completarán la hechura de tal proyecto en su interior. La memoria, llena de confianza, es una fiera para el indeciso, pero una confidente para el que espera que el mundo propio no sea un país de auto-extraños ni auto-engaños.

La caída de la memoria en olvido indicaría el miedo escondido a la sociedad y con ello al país, a que no existan los sujetos creadores de una y otro. Entonces para la mente no habría más memoria, ni más conmemoraciones, que un exilio interior de terror, donde una intimidad atemorizada de reapropiarse a sí misma, sería su último desamparo. Si hoy nos sitian los poderes que tiranizan, pensemos confiados que la esperanza de país nos enseñará a aprender aún más la vida como un exilio de universalidad, que indica su extranjería transcendental.

No habrá puertas ni ventanas que nos introduzcan a otro mundo como extraño porque al ser de todos, devendrá como un mundo propio. La esperanza de país nos enseñará a ver que la señal del exilio eliminará los sentidos de exterior e interior: allí todos nos apropiaremos de todo con equidad. En estos tiempos otros, la esperanza de país en exilio interior nos invita a comenzar de nuevo a pensar, y a plantearnos las cosas con cariz innovado como de otro mundo.   

 

Referencias.

 

Aparicio Otero, Jaime (2021). “El fallido espectáculo del Grupo de

Puebla en la OEA”. Panam Post. Columnistas. 23 de octubre.

Berenstein, Isidoro (1981). Psicoanálisis de la estructura familiar. Del

destino a la significación. Buenos Aires: Ediciones Paidós.

Foucault, Michel (1972). Las palabras y las cosas. México: Siglo XXI.

Fuster, Joaquín (2021). “En el aprendizaje nada sustituye al estímulo

del maestro”. Madrid: ABC, XL Semanal, 1 de enero.

(Entrevista por Carlos Manuel Sánchez.

GBursutil. “Por un túnel de silencio” Madrid: @pepitasedditora

Reseña en Zenda, 14 de junio de 2022.

González Briceño, Humberto (2022). “A elecciones, sin garantías

ni condiciones”. Noticiero Digital. Opinión. 22 de noviembre.

Graterol, José Amalio. @JoseAGraterol 8 de junio de 2022

Guerrero, Alexandre (2022). “Destrucción y creación. Una perspectiva

desde Schumpeter”. Conferencia en Zoom. Caracas: CEDICE,

8 de noviembre

Harris, George. @ElGeorgeHarris 8 de junio de 2022

Jaimes Branger, Carolina (2022). “Lo que es igual ¡Sí es trampa!”.

@cjaimesb 12 de junio.

Jiménez, Rebeca (2022). “Al venezolano lo han desmontado

emocionalmente”. Caracas: El Nacional. Reproducido en

APUCV, N° 74, 16 de mayo.

Kolakowski, Leszek [1972] (2006). La presencia del mito. Buenos

Aires: Amorrortu.

López Ortega, Antonio (2022). “Esta crisis nos ha quitado casi todo,

menos los sentimientos más íntimos”. Caracas: La Gran

Aldea, 19 de abril (Entrevista por Milagros Socorro).

Moreno, Gabriela (2022). “Venezuela se arregló…sólo para 5% de la

población”. Caracas: Noticiero Digital. Economía y Política.

Caracas 20 de abril.

Ovejero, Félix (2018). La deriva reaccionaria  de la izquierda.

Barcelona: Editorial digital, Tidvillus.

Reed, Lawrence W. (2022). “Cuando la igualdad se convierte en

maldad”. Fundación para la Educación Económica, 07 de

noviembre (artículo en Google).

Rodríguez Linares, Leandro. @leandrotango 13 de junio de 2022

 



[1] Rebeca Jiménez: “Al venezolano lo han desmontado emocionalmente”. El Nacional, aparecido en la Asociación de Profesores de la Universidad Central (APUCV), Boletín N° 74, 16 de mayo de 2022.

[2] “El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como una ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una atención, de un lenguaje, y sólo en las casillas blancas de este tablero se manifiesta en profundidad como ya estando ahí, esperando en silencio el momento de ser enunciado” (Foucault, 5). Ese orden de las emociones es el que nos han colocado en el exilio, y por lo tanto vagamos en busca de nuestra auténtica otredad, pero nos han cerrado la puerta para ver el mundo verdadero del otro con el que nos identificamos bajo diferencia moral. Por eso nos han llevado a la participación y protagonismo de que “La historia de la locura sería la historia de lo Otro –de lo que, para una cultura, es a la vez interior y extraño y debe, por ello, excluirse  (para conjurar un peligro interior), pero encerrándolo (para reducir la alteridad); la historia del orden de las cosas sería la historia de lo Mismo— de aquello que, para una cultura, es a la vez disperso y aparece y debe, por ello, distinguirse mediante señales y recogerse en identidades” (Foucault, 9). He aquí la tragedia de un interior exilado: agotarse en la identidad con apariencia y estar en dispersión por falta de alternativas de ser.

[3] Ver Lawrence W. Reed (2022)

[4] @GBusutil reseña “Por un túnel de silencio” @pepitaseditora, 14 de junio de 2022.

[5] “Para quienes no siguen secuencialmente el tema Venezuela o quienes reciben confusas informaciones en otros países, es preciso dejar bien claro que en Venezuela, a diferencia de otros países, no hay un estado nacional que represente los intereses de la nación, sino más bien un estado chavista que se atribuye potestades legales para actuar en nombre de los intereses de una mafia política y militar” (González Briceño, 2022).

[6] Estamos hablando de un desamparo lindante con el desamparo originario. “El desamparo está asociado a la indefensión frente a las necesidades de autoconservación y también frente a los propios impulsos agresivos, ligados luego a la representación de objetos destructivos desmesuradamente poderosos. Creo que el registro del desamparo nunca abandona al ser humano y retorna en situaciones extremas de gran infortunio o de pérdida significativa” (Berenstein, 206-207).

[7] “Por algo decía Cajal que la labor del pedagogo es crear cerebros originales. Porque el abuso de los dispositivos los priva del esfuerzo mental. Pierden así creatividad y espontaneidad…El ciclo emocional y cognitivo se retroalimenta en la educación. La emoción influye en el aprendizaje. Y el aprendizaje, en la autoestima” (Fuster, 2021)