miércoles, 29 de abril de 2015

MIRANDO AL CIELO. DESAMPARO DEL PUEBLO Y RESERVORIO POLÍTICO




 
"La  élite venera la modernidad, el pro­-
greso  y la ley. El pueblo venera a  las
deidades de la selva. La tradición legal
romana  es  uno de los  componentes  más
recios  de la cultura  latinoamericana;
de  Cortés a Zapata, sólo creemos en  lo
que  está escrito y codificado. Pero  al
lado de esta fe, hay otra que acepta  el
poder de un cacique capaz de estornudar
                                                           tres  veces  para  volverse   invisible"
(Fuentes, 77).

"Fuera  de algunas tempranas  tentativas
quedó reservado preferentemente a  nues­-
tros días el reivindicar como  propiedad
del  hombre, al  menos en  la  teoría, los
tesoros  que habían sido  desperdiciados
en  el cielo. ¿Pero qué época tendrá  la
fuerza  de  hacer valer ese  derecho,  y
tomar posesión de  ellos?"(Hegel, SW,Tomo
I, 209, citado en Habermas, 1989, 18).


Mirando al cielo puede significar espera por  ver señal de algo  en actitud estática o abandono por alguien que se  fue y  parece no va a volver. Aquí asumimos ambas como una actitud de desamparo,  que necesita salvación psicoterapéutica a partir de removerse  los dos desvíos mágico-religiosos de lo  político: la espera estática (no extática o mística) del "no hacer nada" y el abandono del trabajo cultural del pueblo por parte de la  élite. Este trabajo representa la "verdadera infraestructura de la sociedad" para decirlo con Carlos Fuentes (1993, 92).

De  la exposición convergente de los seis estudios se  pueden extraer algunas conclusiones referidas a la relación de lo popu­lar en clave interpretativa para pensar una antropología políti­ca latinoamericana.

1. El pueblo, como reverso del estado (Cf. Clastres, 1974), es un actor protagónico en la historia de las sociedades latinoame­ricanas. Como expresión de la diferenciación de los procesos sociales, los ejes del estado y el pueblo privan como sujetos  de mayor  dinámica que el eje de las clases sociales (Touraine,  81; Acosta y Gorodeckas, 127 y ss). No sólo como actor de la sociedad  civil que gravita con participación esencial en el  sistema político; también el pueblo detenta o representa otros accesos al estudio de lo político, tanto a través de los registros  mágico-religiosos, como a través de los procesos etnopsiquiátricos. La acción  socio-cultural del pueblo amplía el ser y la práctica de la acción política, a la vez que demuestra que la acción política es y  debe ser un acto de salvación de la  sociedad.  Este  acto salvífico tiene que persistir, vivencial y explicativamente en los mitos, idéntico a sí mismo (tradición) a través de recrearse en el teatro de los sueños y en los rituales festivos representados ante la faz de los dioses y los santos. En breve, el concepto de pueblo enriquece las relaciones políticas y purifica también el concepto y prácticas de lo político.

2. Las relaciones populares en cuanto dominadas políticamente por la élite, puede ser y de hecho son manipuladas por los deten­tadores del poder político. Como el poder procede del pueblo, el grupo  que organice a éste puede sustraerle a su vez todos los márgenes importantes del poder social, y ejercer el poder  aunque sea  vicariamente (en  nombre del pueblo) como un monopolio social. El caso del populismo venezolano se acerca a esta  proposición. Frente a ello, el pueblo marginado (abandonado) se  puede refugiar,  resistir, criticar y luchar, desde  prácticas mágico-religiosas que expresan unas formas de ejercer la política  como contra-política, pero que lo sitúan, aun en su desvío populista, en el corazón de lo político. En la situación de abandono, dichas prácticas pueden catalogarse de inmensas reservas de energía política acumulada.

3. El tipo específico de inconsciente político, así como  las estructuras socioculturales y etno-históricas, representan escenarios de acción, procesos en desarrollo o recursos a  instrumentar por parte del pueblo para lograr su camino de realización socie­taria. Frente al magullamiento podrá existir una  reconstrucción, frente  a  la  expoliación una liberación,  frente  al  trastorno socio-cultural  ocasionado  una regeneración, una  curación, una resurrección popular. Ningún proceso es irreversible culturalmen­te, aunque se mantenga la dificultad de la regresión etnopsiquiátrica. La cultura sana por sobre todo, aun de los  desequilibrios etnopsíquicos.  El problema consiste en que la  regresión  psico-dinámica, la distorsión cultural o desorden étnico, la enajena­ción o extrañamiento político, retrasen considerablemente lo salvífico  popular,  disminuyan sustancialmente la  capacidad  de rebelión  ritual, amordacen la autenticidad cultural del  pueblo  deteriorándola como populacho.

                4. La medicina popular es también una medicina sociopolítica. La educación popular debiera ser informativa y de  procedimientos técnicos, pero por sobre todo ello más formativa a partir de  los principios  de  lo civilizatorio. No es la informática, ni las técnicas como tales, las que soportan el desarrollo de los  pueblos.  Por  encima y transcendente a aquéllas deben estar las relaciones  sociales, en el sentido societario o de  construcción de la sociedad. Abandonada y por construir la sociedad, le queda al  pueblo latino-americano proseguirla con cuidado propio en la realidad de su imaginación y fantasía, en sus fiestas y su fe, en sus mitos y rituales.

Si el poder está en el pueblo, la salvación también se en­cuentra en él. Es necesario devolver el poder al pueblo, o que éste lo  asuma conflictivamente como tal. La educación popular tiene  que  ver, no con lo culturalista, sino con la  cultura que hace civilización. Lo salvífico popular no es posible en otro escenario. La categoría de pueblo (el demos en la polis) surge con lo civilizatorio y su desarrollo histórico corren  paralelos, dentro de una demopedia, es decir, de un esfuerzo por elevar el gusto cultural de la gente con miras a unos objetivos socialmente ideales. Es lo contario de la demagogia (Véase Gruson, 86). Es lo que la modernidad acuña con el término de sociedad civil, como propuesta a la sociabilidad popular.

La antropología política latinoamericana aún por hacerse no puede desentenderse de estas categorías (Cf. Briceño Guerrero, 1994). De lo contrario nos quedaríamos en una antropología desconocedora de los substratos de lo latinoamericano y su potencial de  realidad, es decir, del mito, ritual e historia. Este es un  reto  de la antropología  social  latinoamericana, por  cierto  acometiéndose actualmente  con  mucho  éxito en otras  latitudes, según Winch (1994,  80), que aprovecha para subrayar la importancia de esta práctica  disciplinaria para comprender la vida de una  sociedad. La exigencia de detectar esta vida social  latino-americana proviene de por lo menos el año 1942, cuando el norteamericano Kingsley Davis decía: "América del Sur es el  continente  negro, sociológicamente hablando. Su organización social es más ininteligible  para  nosotros que la de los nativos de África".  Esta ceguera sociológica del norteamericano, a nosotros se nos revierte como ideológica en el sentido de que nos creemos lo que no somos, especialmente esta ceguera es de la élite latinoamericana que ve más a sus países con la óptica exterior europea o  norteamericana que con la óptica interior o propia. De ahí el abandono o el desamparo de la gente latinoamericana. Los fracasos de las diver­sas  políticas del estado, referidas a lo  popular, suelen ser estruendosas, porque además se percibe y se interlocuciona con el pueblo  como un menor de edad, como una mujer veleidosa, incapaz de entrar en los objetivos generales de la sociedad, ni de entenderlos.  La élite política, distanciada del pueblo,  ratifica su desconocimiento de las dinámicas populares, demostrando con ello que el éxito en su propia dinámica social no tiene interés para aquél. Se confirma la epistemología de Maquiavelo, enunciada en  la Presentación: el Pueblo, Pieza Hermenéutica de lo Político, que conocer la situación del pueblo (el desamparo) permite conocer a su vez quién y cómo es el príncipe.

5. Un desafío fundamental para la teoría y para la  práctica, en  el medio popular latinoamericano, consiste en cómo hacer que emerja con más fuerza la consistencia de la sociedad  civil. En cuanto a la teoría, pensamos que las relaciones mágico-religiosas y las prácticas etnopsiquiátricas, si no se utilizan como sucedáneos,  como  opio  adormecedor de la dinámica social  o  espera estática,  deben  no sólo acompañar a la  madurez sociopolítica popular, sino también son y deben ser fuente de fuerzas políticas,  que  se desarrollan como prácticas transformadoras de lo social. Lo mágico-religioso con carácter psicoterapéutico también puede y tiene que alcanzar su propia salvación dentro del proyecto social, autenticado por el pueblo. Es decir, lo político  en tanto proyección secular o laical de la religión detenta un poder salvífico,  que como entendieron y practicaron los griegos envolvía, atravesaba, comprometía a todo el ser social del pueblo (Meier, 1985), ente político por excelencia.     

A  través  de la práctica política, en  Atenas coincidía  el pueblo con la polis o cívitas (sociedad civil), y en la moder­nidad, la revolución francesa demuestra que el pueblo francés  es la  nación francesa. En América Latina "pareciera" que el  pueblo no  coincide exactamente ni con sociedad civil ni con la nación (moderna). La esquizofrenia social (en Venezuela, Sardi, 1993) no sólo fragmenta las relaciones sociales en las sociedades  dependientes de América Latina, sino también produce la fragmentación en la ideología, sobre todo en la élite, que produce el "abismo cultural latinoamericano" entre la élite y el pueblo, según Roa Bastos (Fuentes, 77). Pero también conlleva un enorme obstáculo, que debe identificar la teoría y salvar la práctica, que imposi­bilita la entrada, la percepción y la participación plena del pueblo, que históricamente tiene una experiencia acumulada de inserción política. Esto es, que es "viejo en los usos de la sociedad  civil", ejercitada por Sancho Briceño y a la que  alude como herencia latinoamericana su tataranieto el Libertador  Simón Bolívar.  Hasta no salvar dicho obstáculo, el "poder (estará)  en vilo" (Maestre,1994)  en relación al pueblo, y éste  se  quedará "mirando  al  cielo" tratando de enhebrar la trenza  que  permita traer  "Sobre la misma Tierra" (Gallegos) un poco de maravillas del cielo.

BIBLIOGRAFIA

ACOSTA, N. y H. Gorodeckas (1985): La Adequidad, Análisis
 de una gramática política, Centauro, Caracas.
BRICEÑO  G., J. M. (1994): El Laberinto de los Tres
 Minotauros, Monte Ávila, Caracas.
CLASTRES, P. (1974): La Société contra l’etat, Les Editions
de Minuit, Paris.
FUENTES, C. (1993): Geografía de la Novela, FCE, México.
GRUSON, A. (2005): “Cultura e Identidad”. En Café con Leche,
Simposio sobre cultura, migración e identidad, Goethe
Institut, Caracas, 79-88.
HABERMAS, J. (1989): El Discurso Filosófico de la Modernidad,
Tauros, Madrid.
MAESTRE, A. (1994): El Poder en Vilo. En favor de la política,
 Tecnos, Madrid.
MEIER, Ch. (1985): Introducción a la Antropología Política
de la Antigüedad Clásica, FCE, México.
SARDI, M. (1993): Venezuela Esquizifrénica, Centauro, Caracas.
TOURAINE,  A. (1978): Las Sociedades Dependientes, Siglo XXI,
 México.
WINCH, P. (1994): Comprender una Sociedad Primitiva, Paidós,
 Barcelona. 
.................................................... 
Conclusión del libro de Samuel Hurtado Salazar: Tierra Nuestra que estás en el Cielo, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1999.

jueves, 19 de marzo de 2015

CONFLICTO SOCIAL Y DIOS DE POR MEDIO

Cristo de Velázquez
 Plantear el asunto divino con el sufrimiento humano del país, en que nos metió la declaración presidencial con el “Dios proveerá”, nos convoca a detenernos a pensar en este tiempo de Semana Santa. Si el país está mal, ¿cómo me va a ir a mi bien? La marcha del colectivo social pauta las condiciones en que los problemas de cada uno deben subordinarse al problema de todos. Como en Venezuela nos está yendo mal a todos, la salvación viene si actuamos juntos. De lo contrario, aquí no se salva nadie, ni Dios como dice el argot que recoge el poeta Blas de Otero: ME LLAMARÁN. Entonces Dios se convierte en nuestro problema-límite de salvación. El Corifeo toma la palabra de cara al poder de dominación: SALVAR A DIOS EN VENEZUELA. Como el poder tiene un tremendo aliado: nuestro narcisismo cultural, nos sobreviene el problema en NARCISISMO Y SOCIEDAD de cómo luchamos contra nuestra fuerza antisocial con que nos arropa nuestra cultura matrisocial. El problema es gravísimo porque invocar a Dios impunemente, suena a un resuello mítico negativo: el poder va a impulsar el sufrimiento hasta donde llegue: al infinito, porque el poder es insaciable.

 ME LLAMARÁN


Me llamarán, nos llamarán a todos;
Tú, y tú y yo.
Nos turnaremos en torno de cristal ante la muerte,
y  te expondrán, nos expondremos todos,
a ser trizados…¡Zas! por una bala.
Bien lo sabéis.
Vendrán por ti, por mí, por todos,
y también por ti.
Aquí no se salva ni Dios; lo asesinaron.

Escrito está, escrito está,
tu  nombre está ya listo,
temblando en un papel.
Aquél que dice:
Abel, Abel, Abel o yo, tú, él.

BLAS DE OTERO, en PACO IBÁÑEZ: La Poesía Española de Ahora
y Siempre, Madrid 1975, Polydor, estéreo 24 67 016,
Música y canto: Paco Ibáñez
Vista y pintura: Ortega.


SALVAR A DIOS EN VENEZUELA

Guernica de Pablo Picasso

Semana Santa 2015. Estamos en la vía dolorosa del martirio de un pueblo. Es el lado terrible de su Pascua. Lado que ha sido producto de nuestro encantamiento mágico, resuelto como populismo. Dicho talante ha dado ocasión a ensayistas, poetas y novelistas para imaginarnos siempre con los antifaces de la fábula y lo real maravilloso.

Para colmo, la terca realidad nos conduce a la trampa de vivir culturalmente en el paraíso cuando en serio no podemos regresar a él como desearíamos según nuestra organización recolectora (conuco), y aún de no poder pensar dicho deseo para salir de tal delirio (matrisocial).

Así de la nostalgia pasamos al resentimiento, que nos impulsa a la búsqueda de una víctima propiciatoria, esta vez desdoblada en la identificación de un culpable exterior que cargue con nuestras penas, y un redentor interior para que él a su vez cargue con nuestras responsabilidades. El paraíso debe seguir; es nuestra profecía cumplida culturalmente según nuestros autoengaños, evasiones y complejos matrisociales no resueltos.

Yo me propuse, con un pensamiento compasivo, es decir, justo, acompañar a Venezuela para descubrir con ella sus problemáticas, mediante un proyecto de vida asociado a un proyecto de investigación antropológica a largo plazo. Desde las cumbres alcanzadas de tesis de grado y en trabajos de ascenso en el escalafón universitario, miraba en el espejo retrovisor para evaluar el camino andado. Y siempre me dirigía a otra cumbre, hasta darme la posibilidad de llegar a la última cumbre, para lograr como el poeta Gerardo Diego[1] ver casi completa, desde el pico de Urbión, los horizontes de una realidad que le competía.
                                                
Es la cumbre, por fin, la última cumbre,
y mis ojos en torno hacen la ronda,
y cantan el perfil, a la redonda, 
de media España y su fanal de lumbre.

Fue desde la cumbre de la tesis doctoral (1992)[2] sobre la hondura de la etnocultura venezolana observada en la estructura familiar como matrisocial, a la que conectaba (en sentido metódico) la tesis de maestría (1982)[3] sobre lo profundo de la organización sociopolítica detectada en las barriadas de Caracas como populista, cuando me salió de mis entrañas comprometidas (Eureka) aquello de que Venezuela iría a ser un país más atrasado que cualquiera de los de África. Fue en un foro acontecido en la Sala E de la Universidad Central de Venezuela. Y lo hice como una interpretación del texto que Kinsley Davis dirigía a los norteamericanos:

                               América del Sur es el continente negro, sociológicamente hablando. Su
                               Organización social es tan ininteligible para nosotros que la de los nativos
                               de África.[4]

A mí me esperaba la última cumbre para aclararme al fin lo ininteligible suramericano. Ocurrió en el trabajo de ascenso a profesor titular, con el título: Élite Venezolana y Proyecto de Modernidad (1998)[5]. Era, por su parte, el último ascenso reglamentario del escalafón. El tutti final de aquella sinfonía metodológica estaba presidido por el Populismo y su contraindicación de la Verdad. Su motivo clave era el Lazarillo de Tormes en la reflexión del alemán Niewöhner, respondiendo al Precio de la “invención” de América[6]: solo con el autoengaño se vive a gusto (no significa mejor).

Después de 30 años exactos de esfuerzo vital y científico-social, doblo las páginas del texto, y me quedo mirando a mi interior imaginario con los ojos perdidos entre los anaqueles de mi biblioteca: ¡Es la última cumbre! ¡Mi Urbión! ¡Mi Pico Naiguatá! ¡Por encimita de Caracas! ¡Todo el hermosísimo valle al perfil total de mis ojos!

Desde aquel año (1998) a estos años (1999-2015) del nuevo régimen político, como radicalización adeca[7] , que lleva a cabo el llamado Socialismo del Siglo XXI, de inspiración castro-comunista, se ha acelerado el desgaste y la explosión social de Venezuela, colocando a ésta por detrás de cualquier país latinoamericano y aún de algunos de África. El populismo como organización recolectora (redistribución donde no se ha trabajado), lleva a que el salario mínimo en Venezuela sea de 32 dólares, y que a un profesor titular en una universidad venezolana se reduzca a 85 dólares.

En estos años he venido comprobando aquella visión de la última cumbre. En Contratiempos entre Cultura y Sociedad, (2013)[8] se van rematando las ideas en torno a diversos tópicos interpretados en las categorías que presiden la introducción y la conclusión: Del robo de los bienes culturales a las ruinas de la sociedad.

Asomarse a las páginas de la prensa, oír las tertulias de opinión en la radio, repasar los noticieros en la web, nos dan cuenta, desde la otra acera contrapuesta (por supuesto de pensamiento) al poder de dominación, de la destrucción sistemática de la sociedad venezolana. La ruina de la política motoriza la ruina del aparato productivo. Los sueldos cada vez más lejos de su capacidad para responder a la oferta de productos y servicios. El 15% de incremento del salario muere al nacer tragado por el aumento de la gasolina (donde el gobierno no habla del petróleo regalado a Petrocaribe y Cuba), y la ingente devaluación del 68% (en alimentación el 110%).

¿Cómo, además, llenar las ollas con la escasez de los alimentos, aguantar las colas al sol tropical frente a las puertas de los supermercados para conseguir lo que haya de esencial (harina, arroz, pan, carne, pollo, pescado, café, azúcar, jabón, pañales), esperar al día de semana que te toque ir a hacer cola de acuerdo al número que termine la cédula de identidad, cómo esperar a la muerte por la escasez de medicinas urgentes (70%), quién nos restituye el tiempo perdido, tiempo que constituye nuestra dignidad de seres humanos?

¿Quién nos compensa los apagones de luz, el racionamiento de agua, la muerte impune de un familiar (de 50 a 60 muertos todos los fines de semana sólo en Caracas durante el ya largo período del Socialismo del Siglo XXI), cómo pagar un secuestro, volver a restablecer lo que me robaron en el asalto al autobús?

Pierden mucho los que se van (emigran); pierden todo el país con su paisaje donde crecieron, con la calidez de la vida familiar, las emociones con los amigos. Pero pueden llevarse la nostalgia, cosa que los que nos quedamos resistiendo, no podemos sembrarla, ni auparla a nuestra emotividad en ruinas.

Perder el país estando dentro del “país”, es vaciarse en la nada, quedarse sin señoría y sin sueños. Todos, Venezuela adentro, estamos a merced del secuestro, del robo en el automóvil y del automóvil mismo, del despojo de todo lo que llevas en la calle, oficina, aula de clase; hasta la muerte te ronda como un toque de suerte.

¿Quién nos libra de los narcos, de la violencia de grupos armados progubernamentales que tratan de poner un toque de queda a la protesta ciudadana?: sólo en el mes de enero de este año las protestas fueron 518. Un aumento del 17% respecto del enero del año pasado. La tendencia es hacia el aumento de las tensiones sociales: en 2014 esas protestas aumentaron el 111% con relación al año 2013[9]. ¿Y quién sale a detener los insultos contra la población desde la alta esfera del poder y el trato de enemigos que se endilga a los adversarios? En esta situación de violencia generalizada (expresa, no latente), al enemigo se le saca el relieve del rostro, no existe para el beneficio posible de la política pública; si aún se hace sentir es para restarle existencia política, económica, social y cultural. Todos los derechos de la segunda y tercera generación.

En un ambiente de inseguridad total, todo se resuelve como pérdidas.

¿Acaso Venezuela tiene en su destino el jugar a perder? ¿Se ha entregado la sociedad o lo que queda de ella, al poder taimado del totalitarismo? Así lo cree el poder cuando nos lanza la solución del “Dios proveerá”. Pretende condenarnos al eclipse de Dios, porque el desahucio social programado por dicho verdugo lo decreta para que ni Dios pueda responder, ni siquiera salvarse. Acudir a “Dios proveerá” por parte del poder condensa la mayor amenaza a las víctimas (los enemigos), porque muestra hasta donde de infinito puede llegar nuestra tortura. La eliminación de Dios, con esta forma de jerga carbonera, es el remate de los procesados por condena injusta.

¿Cómo salvar a Dios?     

La Semana Santa, en su lado sufriente, nos coloca a Dios en su suprema debilidad. Viernes Santo y crucifixión. Pero no para expresar el poder del sistema de dominación (Roma y Poncio Pilatos), sino para realizar la fuerza de nuestro testimonio del sufrimiento. Al final, la salvación que Dios puede proporcionarnos depende de los testigos dolientes, es decir, de los humanos que la procuran con su verdad de justicia.

Estos testigos son los que se harán cargo de Dios, a que realmente exista de parte de los oprimidos, excluidos, expulsados del país. Dios necesita testigos que tengan la osadía de hacer preguntas en torno a la responsabilidad por el sufrimiento de los venezolanos. Porque este sufrimiento no puede dejar de incidir en la consistencia moral del ser humano, que es a su vez la posibilidad de que veamos la justicia de salvación a otorgar al Dios necesitado del Viernes Santo.

Dios no puede hacer nada sin nuestro permiso. Por eso nos creó libres. Ese Dios, el de la justicia plena, que todos buscamos, se ha consumado en nuestra historia vital. El Dios de Jesucristo se hizo ya esa historia para acompañarnos, y demostrar así lo que somos: ruina y miseria, si nosotros no contamos con su referencia. Él se nos adelantó en el camino, para darnos seguridad, mediante el aprendizaje de la fe revelada, de que llegará nuestra realización como humanos.

Desde la última cumbre veo que salvar a Dios en Venezuela no puede consistir en el milagro o encantamiento mágico con el que acertemos a toparnos, como es el petróleo y su renta, sino el trabajo de nuestra realidad, mediante el cual nos encontremos también a nosotros mismos de un modo trasparente, y concluir que no se puede tener ni patria, ni país, sólo con base en una renta. De no tener país, Dios no es el culpable y por ello ser reducido a la impotencia dentro de un Viernes Santo ateo. La tenencia de país depende sólo de la responsabilidad de los hombres, que de ese modo es que pueden salvar al Dios de los que sufren injusticias, y hacer de la religión un perfil de la ética.

CODA: ¿Salvar a Dios? El momento doloroso de Venezuela, me permite trascender el sueño, durante mis estudios salmantinos, aquel sueño intelectual de mantenerme en el tour (ida y vuelta) de Atenas a Jerusalén, y comprender (realizar) la fecundación recíproca de la fe revelada y la razón lúcida.


[1] Poeta nacido en Santader (España) en 1896. Ha pasado a la historia por sus obras de tendencia lírica, como Soria, Romance del Duero, El Ciprés de Silos, Cumbre de Urbión.
[2] Matrisocialidad. Exploración en la estructura psicodinámica de la familia venezolana, ed. FACES, UCV, Caracas, 1998.
[3] Dinámicas comunales y procesos de articulación social: las organizaciones populares, ed. Trópikos, Caracas, 1991.
[4] Citado en Mayone Stycos, Familia y fecundidad en Puerto Rico, FCE, México, 1958.
[5] Élite venezolana y proyecto de modernidad, Ed. del Rectorado, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2000.
[6] F. Niewönher: “El Emperador y su último sirviente. O bien: Sólo el que se engaña a sí mismo vive a gusto”. En Mate y Niewönher (eds.), El Precio de la “invención de América, Anthropos, Barcelona, 29-41.
[7] Es el argot vulgar de accióndemocratista. Se refiere al miembro o cualidad perteneciente al partido Acción Democrática, ubicado en la socialdemocracia o socialismo general. Es el partido del pueblo en Venezuela. Dicho partido inició y desarrolló el populismo en el sistema político venezolano, contaminando el período democrático de dicha lógica.
[8] Contratiempos entre cultura y sociedad, Ediciones FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2013.
[9] Datos recogidos en Emilio Cárdenas: “La pobreza en Venezuela”. El Nacional, 15 de marzo de 2015. Artículo basado en investigaciones de tres universidades venezolanas independientes: Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello y Universidad Simón Bolívar.