miércoles, 9 de abril de 2014

LA PERSONALIDAD DISMINUIDA O LA RESTAURACIÓN MÍSTICA DEL GRUPO

La reconstrucción de la personalidad disminuída, a través del trance místico, tiene un efecto terapéutico en el grupo  social. El  análisis que sustenta esta proposición procede, en primer lugar, de que el trance místico constituye un fenómeno cultural normal (Herkovits, 1974; Bastide, 1976, 76). Levi-Strauss  (1971, 17-18) introduciendo la obra de M.Mauss dice que el mago se capta en los estados normales de neurosis, aunque  se  recluta entre enfermos, extáticos, nerviosos, feriantes. El carácter normal del fenómeno tiene que ver con una patología no individual, sino de talante étnico, es decir, las virtudes mágicas no se deben al carácter  físico individual, sino a la actitud tomada por la sociedad con respecto a un determinado problema. El  brujo  en trance no se percibiría como un hecho patológico, sino normal, pues intervienen en él elementos aparentemente comunes a los no-enfermos (Levi-Strauss,1971, 19).

En segundo lugar, el trance místico como las danzas  sacras, los cultos africanos, el discurso catalíctico del  manosanta, tiene lugar y eficacia dentro de un grupo minoritario, arrinconado, o en una sociedad culturalmente desacreditada, o en una clase social  desheredada. Su eficacia se vincula con un  proceso  de ajuste  o equilibrio social de diversos sectores de población  en crisis de deterioro (Cf. Levi-Strauss, 1971, 19-22; Bastide, 1976, 72). Tal ajuste o equilibrio es fundamentalmente psíquico para el colectivo, y, por lo tanto, ya implica una cura o salvación mental para resistir o hacer frente con resultados positivos a la situación crítica grupal.

Los casos estudiados por Franz Fanon en Los Condenados de  la Tierra, como puntos de lucha ocasionados por el período de depresión colonialista en la Argelia de los años 1960, focalizanlo normal de la enfermedad mental a través del período de  desajuste de la sociedad argelina (Fanon, 228 y ss). Moffatt  cuenta que los santuarios de Tibor Gordon, Don Desiderio, Jaime Press, La Difunta Correa, etc., tienen una gran repunte después de la primera caída de Perón, y cómo las conductas y gestos de estos agrimantes guardan composturas con las de Perón, es decir, con las expectativas y controles de la sociedad descalificada  (Moffatt, 143 y ss). Del mismo modo, cuando se persigue policíacamente a  las hermandades de grupos negros en Brasil se incrementan  las enfermedades mentales (Bastide, 1976, 76). No es de extrañar  que si se persigue a los que en Venezuela realizan cultos en  Sortes, a  los que practican la brujería en Barlovento, y a otros  grupos minúsculos, aún atípicos como los Peregrinos, ocurrienran fenómenos psíquicos parecidos.

Caro Baroja resume al final de Las Brujas y su Mundo, que el hechicero, el manosanta, y especialmente el brujo, suelen presentar una personalidad rara, alocada, estrambótica, al que no se puede negar toda realidad, pero cuyo ser hay acaso que aminorar considerablemente. Su conducta nerviosa, sujeta a grandes crisis, temida y despreciada, llena de fantasías y ensueños, "sin embargo, casi siempre refleja una hipertrofia particular de la personalidad"(Caro B., 317), es decir, personalidades que pueden estar empequeñecidas en  su propio ambiente, o haber fracasado  en  su profesión, o habérseles pasado el tiempo de su oficio público, fracasado en el amor o en su vida matrimonial, y entonces introyectan dichas cualidades a nivel espiritual o  se creen algo distinto y superior a lo que son, o tratan de compensar su marginalidad social con el desempeño de un papel de curanderismo social. De todas formas, siempre está presente el fenómeno de inversión de los elementos sociales en las personalidades psicóticas, que, no obstante, tratan de reconstruirse  socialmente a través de implementar la salvación (o condenación) al grupo social, en expresión mágico-religiosa.

En consecuencia, el culto de posesión y el trance místico en las sociedades de pensamiento mágico, por una parte, están conexionados normalmente con las condiciones sociohistóricas en que ocurren y fuera de las cuales no se explican o comprenden, y, por otra parte, son fenómenos normales, puesto que están organizados y controlados dentro del grupo social y sirven a la existencia ajustada del mismo. En este sentido, las grandes epidemias místicas de Occidente tuvieron que ver con los cambios de estructura política  y social en la Baja Edad Media, que desbordaron las posibilidades de control social del grupo: se pasó de una  clase dominante a otra (de la nobleza ociosa a la burguesía laboriosa), hubo revolución en las fuerzas productivas que algunos llaman la primera revolución industrial, como Gimpel. Mientras que los fenómenos  de posesión en asociaciones africanas antes de la colonización se daban en estructuras de equilibrio  económico, social y político (Bastide, 1976, 77). Es decir, el fenómeno de la personalidad mística siendo un fenómeno universal, tiene, sin embargo, diversas expresiones según cada sistema social y distintas articulaciones dentro de cada sistema. Lo que equivale a decir que cada grupo social, de acuerdo a su situación  socio-histórica, soluciona  diversamente su problema de consistencia social.

La reconstrucción de la personalidad, debido a las deficiencias, no puede comprenderse, sino a través de una  reconstrucción del grupo o sociedad. La modificación de una nota hace todo el acorde  nuevo, pero es en la reconstrucción del acorde nuevo que se permite una nueva significación musical. El fenómeno de la reducción o especialización de la personalidad -identificación con un santo, con una técnica mágica, con el gusto por una profesión- no puede engañarnos a este respecto. La pérdida de elementos o estrechamiento histórico del problema no se limita únicamente al efecto terapéutico de la iniciación o momento de la primera crisis posesiva. Hay que plantearse también el condicionamiento de la iniciación en que ésta tiene lugar y observarla dentro de un sistema conformado por el grupo. La reconstrucción de la personalidad, advenida mística, que va a expresarse en un símbolo patógeno, indica un paso o transformación al interior del grupo.

En  tres  perspectivas, Bastide (1976) intenta comprender el problema:

1)  La  perspectiva funcional-psicoterapéutica: en  los países  colonizados puede entenderse cómo la  culpabilidad, consecuencia del abandono de las tradiciones, permite ubicar la comprensión del fenómeno de la reducción como  un trance místico. El superyó de los dominadores causa grandes trastornos anímicos en las personalidades más lúcidas del grupo, de suerte que los deslumbra, los enloquece,  reducidos a sus ansias místico-populares.

2) La perspectiva genética o causal: no pudiendo la psiquiatría resolver por sí sola el problema de la  culpa, es necesario pasar a las singularidades de los factores sociales de la misma que sólo el estudio cultural  permite observarla. La situación culpabilizante diferirá según que la crisis se manifieste en una lucha  política,  sexual, familiar, etc. (Cf. Bastide, 90).

3) La perspectiva sistémica: la posesión, observada  como sistema, puede ofrecer las variaciones desarrolladas por el fenómeno, y al menos así tipologizarlo para encontrar su explicación. El sistema institucional, por ejemplo, ayuda a observar cómo la desintegración de las instituciones sociales:  cofradías,  jubileos, entronizaciones, coronaciones y distintos sistemas de iniciación o de paso, conducen a observar cómo se desintegra la personalidad anterior y se reagrupa o se estructura en una nueva integración a partir de un nuevo sistema, que ha de estudiar el científico, según los elementos arcaicos y una red de elementos comunicantes creada para restablecer una visión global.

El sistema de los estados psíquicos se refiere a una cantidad de elementos dispares: comportamientos de ceremonias colectivas, actos de posesión en reuniones  semi-privadas, actividades de participación diversa de la población, etc., que constituyen  un conjunto heterogéneo que no se sabe a que pueden responder, si  a una liberación pulsional individual (sexual, agresiva, emocional) o a unas situaciones sociales determinadas, ya que nunca  existe un  ritual de posesión sino en relación con un público y con una expectativa de conductas concretas. Aquí el estado del ritual  de paso sigue siendo la pauta de cómo son comprendidos los  elementos,  de su disociación de la personalidad a su ‘resociación’, on objeto  de constituir un sistema o grupo de transformaciones. La reconstitución de la personalidad al reingresar en las expectativas del grupo o público tiene perfectamente un efecto terapéutico.

Para  percibir el locus teórico de este problema se tiene que ir más allá de la psiquiatría tradicional que ve  locos por todas partes, y más allá de la antipsiquiatría o pensamiento de la contracultura que no ve locura en ninguna parte, pues el mundo está  henchido de símbolos naturales hechos a base de magia como facultad privilegiada de la imaginación. Sin embargo, la enfermedad mental es a todas luces, frente a todo relativismo cultural, un fenómeno patológico que requiere una intervención psiquiátrica, pero también en cuanto desviación o desadaptación social requiere una comprensión por una parte de la cultura, esto es, de la ciencia antropológica (Cf. Laplantine, 1979, 71-73). En cuanto proceso de regresión psico-afectiva, la enfermedad mental es una tentativa desesperada de reorganización de la personalidad. Como tal, la mediación del público es fundamental para la recuperación del enfermo. Pero requiere que el público se ponga en movimiento, que acepte y se abra a incorporar los nuevos sentidos que  trae consigo el enfermo, para que se logre una redistribución de  la locura,  según  Moffatt (1974,239) o en términos de Laplantine (1979,80-81) "la enfermedad mental es una deculturación" en vías de ser reinterpretada (salvada) culturalmente (2).

La posibilidad mediadora del público tiene una coherencia lógica en sociedades de pensamiento mágico, pues lo patológico y lo sagrado se aproximan mucho de acuerdo a que ambos participan de la estructura del mysterium tremendum et fascinans. Las perturbaciones mentales no son reconocidas por el grupo o público como estados patológicos que hay que exorcizar sino como signos benéficos de una elección que tiene que ser aceptada y aún cultivada. Los santos dedicados a obras de caridad ven en los enfermos la presencia de Dios, bienhechora para el grupo social si éste sabe asumirla como señal salvadora. En este sentido social,  el  trance mismo se convierte en acto  psiquiátrico por excelencia, esto es, la relación de los signos se hace por relaciones in absentia: los signos son asociados por el grado de semejanza entre lo visible (enfermedad) y lo invisible (divinidad). La elaboración del enfermo como metáfora de Dios, produce la transfiguración o epifanía milagrosa del sentido curativo. El chamán o santo, se despreocupa de sí, se abandona al  proyecto sociogrupal invitando al enfermo a internarse con él en una locura compartida. La posesión extática deviene  terapéutica en la medida en que se reconoce en ello lo patológico por lo que es; pues el grupo lo ha provocado y lo interna socialmente a través de considerar a veces al médico o curandero como un  loco más,  aún emparentado en ese momento con el enfermo. La enfermedad se transforma en la oportunidad de  superación  que otorga el grupo al enfermo.

Otra actitud, muy distinta, es la representada por el público cuando  la  enfermedad es considerada no como natural o normal, sino causada por una agresión. El universo psiquiátrico se convierte radicalmente en dualista: el paciente es recuperado, si el mal espíritu es simplemente ahuyentado por el curandero o  especialista del grupo en enfermedades. Se trata de reubicar los elementos desordenados en su lugar, según las expectativas del grupo. De todas formas, la función de la crisis, de la enfermedad mental y/o  experiencia mística consiste en permitir al grupo restaurar todas sus fuerzas a las cuales tiene alcance y que debe apropiarse para mostrar su poder y su existencia.

Lo místico, lo loco, lo mágico, tienen que ver con una experiencia personal profunda, que debe acaecer en un entorno natural del colectivo o en un marco festivo, litúrgico o teatral. La vivencia  mística del pueblo no se da en interiores de alcobas o de retiros intimistas, como quisiera el gnosticismo y el pietismo burgués, sino en las dimensiones de la expansión pública de las celebraciones, como los tiempos de máxima significación de lo comunitario, del potlacht, del derroche, del don y contradon, de la deposición de las armas y del perdón de toda ofensa, de exorcizar todo el desorden de lo social, incluído lo mental.

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De nuestro libro Tierra nuestra que estás en el Cielo, Caracas: Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, Universidad Central de Venezuela, 1999.


viernes, 7 de marzo de 2014

SENTIMIENTO DE LA PLAYA

Esta vez
            he colgado a hombros la playa
como última frontera,
y he permanecido inmóvil, hasta que
mi cuerpo fue fundiendo su piel
escaldada
con la piel de la arena cruda.

Cuando llegó la puesta de la tarde
ya no sentía la playa,
pero la veía hundida en la luz
oscura del último mar.

No escuchaba otro sonido
que el de un surtidor de pájaros
 ciñéndose a mi sien
en reposo de trasparencias labradas;
con las montañas del poniente, percibí 
que el mar se llevaba mis ojos
tras el postrer trayecto
de mis pesquisas imaginarias.

¡Tan excesivo el mar, tan enjuta la playa:
Ha sido suficiente este sentimiento
para tremolar mi intrepidez!

No sé si he pifiado con mis alumnos:
la ola signa las solvencias de la playa traslúcida,
mas la ola implota –zizagueante el rizo, indeciso trecho.

Mi verdad pesa en la serenidad de la ola.
Mi discurso comulga con la resaca y la espuma.
Mi pensamiento de país desguaza con desvelo
            castillitos de arena desmayada.

Trayecto de frontera
la playa activa mi resorte de fascinación;
el temor queda para mi propia sordina.

La Caranta, Pampatar, 21 de febrero de 2014.
A publicarse en Imágenes de Villorido, 25 de marzo de 2014.          

A TEMPO COREADO

EL ARROJO HACE LA INTREPIDEZ

La trayectoria es el tema hoy, el trayecto vital siempre vivido como frontera, que se traspasa, se supera. Se ha ideado un proyecto. Lo que queda es transitarlo. Pero siempre que se enfrenta (reflexivamente) un problema del proyecto, se vive como último trayecto, casi como un finisterre de cara a un mar desconocido. La imagen de arrojar (-iaciare), de lanzar a la vida, que vincula tanto al proyecto como al trayecto, se observa bien en el mito de Adán y Eva. Dios arroja a éstos fuera del paraíso y los lanza al desierto, a la tierra cero (0). Pero no los arroja a la nada aniquiladora, sino a un vacío creador de libertad. Vacío dispuesto, apto para la construcción de la habitación humana.

Más que el castigo de la teología judeocristiana, el desierto representa la oportunidad-desafío para que el hombre se supere a sí mismo: el ser humano tiene por delante la tarea de construirse como social. Tal es la interpretación de Savater,  filósofo moral, en su libro La Tarea del Héroe. La metáfora del héroe recoge los caracteres sacros, aun en ausencia de dioses de por medio, como son la fascinación y el temor, que ocurre en toda relación social en construcción. (Toda relación social es gratuita, porque está llena de gracia, y no se puede pagar). Esto me ocurre en la trayectoria de actor-autor social en el barrio y en la universidad, donde acontece ésta en la relación de profesor-alumno. En el cuadro siguiente del blog se reflexiona sobre este transitar con ocasión de un breve discurso relativo a un premio a la trayectoria de investigación universitaria.                       

A FAVOR DEL TRANSITAR

                         "Por que hacer el camino
(de Santiago) andando es
estar en todos los sitios”.
                                                        Las Edades del Hombre,
Catedral de Palencia, 1999. Vídeo.

Me ha gustado siempre la imaginería que conlleva un trayecto.
Es como deslizarse en un espacio,
Es atravesar fronteras, y pasar umbrales,
Es colocar un hito, un fin de camino, de cumplir
con una promesa, un interés, un proyecto.
No sé si ese gusto o estética por el trayecto es porque siempre vengo y voy atravesando preocupaciones sociales, problemas de vida, experiencias que llegan y revientan como olas, detrás, después de que uno les ha surcado su vientre.
Es posible esa causa.
                        A los 11 años salí de la familia para iniciar
la travesía de la vida.
                        A los 25 llegué a Venezuela que se presentaba
como el teatro nuevo, original, de mis trazados.
                        A los 33 comencé la Línea de Investigación
sobre Venezuela.
Este trayecto de la investigación tiene doble vertiente:
-          la del actor social en el barrio El Triángulo
      de Caracas
-          y la del autor académico en la Universidad
Central de Venezuela.
Desde este primer momento público se “maridaron” estos dos personajes del auto sacramental de mi vida venezolana.
. .  . . . . .
Porque el trayecto invita a Hacer el caminar, mientras que el proyecto es Idear el camino, y con ello está el afán del saber orientarse en el hacer el camino.
Por supuesto que sin proyecto, el trayecto resulta vacío de contenido, sin ideas, al fin, sin sentido.

Este modelo de trayecto-proyecto (iacio, iactum) indica que algo se arroja a la vida, al quehacer debido. Tal es el origen filológico latino, para mostrar el arrostramiento de una historia vital. Una indicación más sociológica (práxica) que el íntimo pro-yectarse de las ciencias del psi.

Por eso, el sólo mencionar el trayecto supone más que un simple invitar, es ya una performance, como decir, es ya una disposición y su hecho en consumación, esto es, de lanzarse (arrojarse) al cumplimiento de un propósito in actu (que está haciéndose o realizándose).

Si hacer el camino implica el poder analizarte, antes que interpretarte, hacer el camino significa también poder comprobar cómo va el camino y cómo te va en el camino en cada paso que andas, en el sentido de un bosquejo de un proyecto que estás  experimentando.

En el fondo de mi trayecto hay un entramado de dos proyectos:
           -el trayecto personal
          -el trayecto de la universidad que está en mí pero que corre paralela a mí, 
              es decir, me trasciende.
Trayectos dialécticos que se juntan, se superponen, avanzan con estímulos a distinto ritmo, a veces con sonidos inarmónicos, pero que se compenetran
Yo tengo identificados, en mi trayecto de investigación social, cuáles son los hitos cruciales, o señales de referencia esencial, que significaron de un modo decisivo remontar la montaña llamada Venezuela, o que significaron también orientarme en los empinados intríngulis de sus encrucijadas, y decir que he, al menos provisionalmente, solucionado tal problema teórico, y por lo tanto que el transitar de su etnografía, dejo un algo de teoría y pensamiento que hace historia en mi trayecto.

El trayecto representa la puesta en acción de mi proyecto, lo que implica saber donde uno está parado, para hablar con el argot criollo. Por eso no puedo decir que me hundí en el medio del Atlántico, sino que recorrí y permanentemente recorro playas de allá y de acá, las recorro por que las llevo en los hombros, y además son las que han hecho subirme sobre mis propios hombros, es decir, superarme, sobrepujándome con mi proyecto.

No puedo dejar de incorporar, por que sería incompleto, a esa trayectoria a la Universidad Central de Venezuela, la cual significó para mi desde mi primer ingreso originario, el de estudiante, el comienzo de mi travesía académica venezolana, una travesía de resultas permanente hasta el día de hoy. Esta travesía, no está motivada por la arquitectura (siendo Patrimonio de la Humanidad), ni por las autoridades (con sus responsabilidad); no son ni siquiera las amistades y su mutua dilección. Son mis alumnos, mi quehacer con ellos. Si puedo permitirme una licencia familiar, son el fuego encendido de mi travesía, aunque ellos no lo crean. Con ellos, en el esfuerzo de trasmitirles mis cosechas de conocimientos, soy yo el que más aprendo. Ellos son mis obras, más que mis obras de investigación escritas y publicadas. Acaso éstas no sean otra cosa que para pulimentar aquéllas y reafirmarlas en su propio camino.

Esto me trae a la memoria, la escena de los tiempos oscuros en que vive la sociedad venezolana y que la Universidad tiene que orientar mediante una producción de conocimiento agregado. Este agregado podíamos metaforizarlo como una luz. La Universidad debe aclarar los trayectos de la sociedad, de lo contrario perdería la razón de su existir.

Pero, ¡ay! a veces la Universidad se queda atrás, retrocede, se oculta, y es la
sociedad la que, para colmo, la interpela desde voces tan comunes como la de un ama de casa, de un buhonero, o un profesional cualquiera. La comunicación de esas voces viene vía los propios alumnos que las recogen en la calle, en su familia y en su trabajo. La universidad no logra a veces ubicar su puesto en la sociedad, y no sabe alumbrar el camino de la sociedad. Tanto así que cree que puede darse el lujo de desentenderse de la sociedad. Pero la universidad no se entiende sin la sociedad donde está insertada, tanto que sin su sociedad pierde la referencia de su existir, y cómo debe ser ese existir de acuerdo a momentos que tiene que ir por delante alumbrando y al mismo tiempo por detrás comprometiéndose con la sociedad.

De aquí que el saber universitario no es un saber más o un saber cualquiera. Tiene que tener un valor agregado, un saber que le otorga la fuente ética de su episteme, productora del pensamiento societario.
  
Un trayecto universitario debe tener sus cimas de consumación, una de ellas el reconocer los méritos al trabajo científico. Esto es importante en un ámbito de país cultural, como el nuestro, pues ese reconocimiento suele caer en la tentación de ser pensado como un don o gracia que otorga la universidad. Hay que reivindicar la cultura del trabajo en el colectivo social,  signado culturalmente por el placer, la magia, el privilegio, que suelen expresarse en las trayectorias circunstanciales, por ejemplo, del arribismo, es decir, en un no trabajo, cuestión que sin éste se esfuma la consistencia del mérito, mostrado en el valor agregado.

Cuando la universidad no responde a su función societaria, la misma sociedad puede interpelarla, aún desde el pensamiento concreto de algunos de sus actores sociales, que a veces lo hacen en son de queja. Es entonces cuando la sociedad urge por ese valor agregado, con que la universidad aclare con sus luminarias del conocimiento los trayectos que la sociedad venezolana debe transitar para constituirse como la sociedad que demandan las señales de los tiempos. El saber universitario tiene que ir túrgido de pensamiento para garantizar el agregado del saber, que es el reconocido en la evaluación de los méritos al trabajo.  

Tener una asociación, identificada por su evaluación de trayectorias de méritos académicos, representa de entrada ya un valor agregado de la Universidad. Lo que queda es ya mostrar, en estos tiempos oscuros y de una universidad ensombrecida, por donde se encuentras las luces.

Termino con el final de mi artículo La Universidad Ensombrecida, encomendado por el Vicerrectorado Académico:

“La Universidad, aún ensombrecida, nunca puede ser un mero reflejo del país, siempre existirán testigos que iluminarán la senda del futuro de la sociedad, pese a las circunstancias difíciles. A esos testigos, sobre todo en tiempos de extravío y confusión, hay que dar con ellos. Ellos son los garantes cualificados”.

Para dar con ellos, pongo a la orden mi trayectoria de investigación, y a partir de este Premio, también para dar con ellos, identifico también a la Asociación para el Progreso de la Investigación Universitaria (APIU).
Buenas tardes.
--------------
Discurso del Profesor Dr. Samuel Hurtado Salazar como representante de los ganadores del Premio a la Trayectoria de la Investigación Universitaria
“Francisco de Venanzi”
Auditorio de la Facultad de Farmacia, UCV, 28 de Abril de 2006.
Reconstruido a partir del bosquejo de apuntes el 2014-01-29