lunes, 17 de noviembre de 2025

DUELO DE LA MEMORIA parte 1a.

 

¿Acaso existe algo llamado país? ¿Más allá de decirlo, será posible hacer país como invención creativa? ¿Cómo se sitúa el entendimiento ante el muro de perplejidad que supone saber lo que es y/o debe ser un país para acometer su desafío pro-activo? Ya el uso múltiple del vocablo indica la confusión y también la pérdida de orientación en el peso y medida del ser de ese algo para que el entendimiento lo precise y comenzar a saber. Se percibe que en los diferentes usos se juegan los sentidos geosociales en que se inserta la noción de país, según los colectivos humanos y sus modos de organización, con referencia a la historia y la política, el territorio y la cultura, la emoción y la memoria.

Son usos de aplicación unas veces ubicados en niveles etno-políticos, otras veces geo-espaciales, y a veces se llega a un proceso de interiorización social y ético frente a los niveles superficiales de lo político y lo étnico identitario; dicha interiorización aparece como problema cuando se cruza con vivencias que tienen que ver con la proyección de lo social donde la memoria se juega su capacidad simbólica-real en hacer país y constituirlo. En seguida emergen las dificultades de hacer país según los datos que hemos develado en el trascurso de nuestra investigación diseñada respecto de las primeras décadas del siglo XXI relativas al país especificado como Venezuela.

En los traqueteos de cambio que han afectado a este país por parte de su población se han encontrado vaivenes profundos en su sentimiento, que llevan a una complejidad de saber el país, combinándose a veces con el saberse del país; del país que duele con la entrada a sentir y formular el duelo de país; del país que se va con tal fuerza que obliga al que se queda a introducir al país a su animosidad y sentirse con el país arrojado a un exilio interior; del país en desesperanza se pasa a un país migrante de sí mismo; del país soñado en diáspora, el pensamiento se esfuerza por mantener la esperanza sumergiéndose en desvelo de país. Son textos colocados en otros libros, especialmente el de Hurtado, Duelo de País en Contramarcha, 2023.

En dicha cornisa histórica, el pensamiento debe sortear el contratiempo que genera el encuentro de los conceptos con función dispareja de cultura y sociedad: el ser de la cultura actúa con un sentido contraindicado respecto del deber ser de la sociedad; en esta encrucijada el hacer país se halla contrariado de sí mismo a partir de permanentes contramarchas de la política, la economía, la educación, hasta de su misma identidad étnica e histórica. No es extraño que el pensamiento llegara en sus pesquisas hasta la averiguación del país como ausente aunque formal, la de un no-país real en Venezuela, de algo nunca hecho o acontecido aunque pendiente en una memoria enajenada de sí misma; por oposición a la propuesta de un ex-país pensado en el salto negativista de “antes sí ahora no”, anunciando una existencia precaria de país[1]. 

Pese a todos los cuadros de país anteriores, cuando se pretende por depresión social desentenderse del país, y lanzarlo al olvido, surge la esperanza que no cesa de perseguirnos cada día como nostalgia, aunque se sienta como apesadumbrado guayabo de país; también emerge la valentía a partir del testimonio y de ofrecerse el país como algo valioso sea en su movimiento hacia fuera sea en su sentimiento hacia adentro. Aún en esa posible derrota en ambas direcciones, aparece aquello de levantar el ánimo, y decir aún existimos como país ya en la diáspora exterior ya en una diáspora interiorizada. Siempre quedan los rescoldos de país a punto de prender de nuevo la llama viva de país, aunque sea en sobrevivencia. Por eso duele su memoria como asunto de vida total referida a una realidad que se siente más allá de los tiempos y espacios de la historia; entonces hacemos valer el mito de país, es decir, de sonsacar el sentido de lo que hemos sido (pero que no hemos hecho), y la pretensión de volver a seguir siendo. Es cuando la memoria llama al pensamiento a retomar la capacidad de imaginar y empujar a la realidad para soportar aún el duelo como un asunto de afirmación de país.

¿Pero qué es un país para poder sustentar el desafío de hacerlo?

Debemos situarnos en el ser como deber, para poder contestar con justeza conceptual, a aquel nivel de referencia que decimos arriba de ética y su objetividad societal como proyecto. No son suficientes los criterios de la sola territorialidad, por su simpleza, ni de su identidad de conciencia regresiva, sea por natividad (nacionalidad), por originariedad (etnicidad), por autonomía de política regional (etnicidad tribalesca o de localidad indigenista)[2]

Un país es una institución con principio de entendimiento para indicar su soberanía social, institución que tiene que desarrollarse, para que encaje bien su autenticidad dentro del concierto con otros países, y ello con la adultez social que supone pasar del familismo semi-clánico, y trascenderse hasta llegar a asomarse a los márgenes o fronteras ajenas y reconocer a los otros países iguales en su dignidad; para finalmente lograr alcanzar al mundo entero que siendo ajeno, sentirlo como propio. Para ello es preciso integrar sus recursos y su historia para que adquiera peso y medida universales para mostrar su autenticidad seria de país. Nos inspira en este argumento Hugo de San Víctor: en el último despegue, el de la universalidad, la realidad de país consigue el lado perfecto en que llega su ser social. Nosotros indicamos la manifestación en lo que formulamos como la autenticidad de un país serio. A este planteamiento se acercan en sus remates las investigaciones de Levi-Strauss al concluir los “principios del parentesco” y Richard Sennett también en su conclusión de “cuerpos cívicos”[3].

Ciñéndonos al contenido estructural de un país en su nivel de dignidad ética tenemos que hablar de su equilibrio social donde la justicia en las relaciones sociales y su equidad avalan la seriedad de un país. Dicha inspiración la otorga Pablo de Tarso cuando escribe a los Romanos sobre el reino de Dios como paradigma de una sociedad; y el poeta Antonio Gamoneda cuando se encuentra en la estación ferroviaria como punto de llegada de los obreros al trabajo en la mina; es el punto de final del poema, donde apura la imaginación poética para indicar que sin país no hay patria auténtica; ¿dónde se alcanza a ver la realidad de país? Allí donde las relaciones sociales contienen las virtudes de la justicia y la paz[4].

En este marco del modelo ideal, comienza el juego de pensar a fondo la experiencia etnopsiquiátrica del entrar y salir de ser país. Así conseguimos en un capítulo que se dice: Cuanto más lejos estoy del país por hacer, éste se me hace más presente en su posibilidad de hacerse desde dentro de mí. No puedo evitarlo como energía de agua que rebrota. Como un mito me monitorea en cada esquina de mi vida y permanece en mi memoria ¿Será esa memoria que lleva a refugiarse en las alcándaras de la imaginación donde ya sólo quedan el hueco del “recordar es vivir”, o la posibilidad de la memoria organice una sublimación creativa donde sólo el pensamiento  conduzca la activación del país como un “nuevo comenzar”[5], o el intento de creación sociológica de “hacerlo de verdad”? Es desde esta tricotomía planteada donde debemos, de entre los espejismos mezclados, entresacar el auténtico ‘hacer’ país.

¿La memoria puede ayudar a re-hacer país? ¿O se limita a desempeñar la función de una carga de energía que tiene como fin el descargar y desaparecer, o es una energía acumulada que se descarga y su función de vida es activar la conmemoración de lo real en su porvenir?    

Ya la memoria misma es una realidad, que pensada como realidad energética puede activar desde sí a otra realidad trascendente como hacer presente al país reprimido. Su complejidad es mayor, porque puede concebirse cómo la memoria como principio de otra carga energética como es el país en su realidad reprimida. La concepción de la “crisis de pueblo” que plantea Briceño (1971) referida al país venezolano puede indicar la represión en que éste se halla respecto a su propia ausencia de realidad. Es importante plantear a la memoria como aparato en que se represa la energía de un país, energía que pide ser reintegrada en el proceso histórico del país, en la realidad de su porvenir.

Como avance, necesitamos una actualización del país en su historia; el despegue de ese proceso requiere un salto con sufrimiento con el fin de autenticar la verdad del país por hacer. En Venezuela estamos por este motivo en el frontis de celebración que indique el duelo de la memoria. El duelo implica enfrentar la realidad para sanar de verdad las heridas. Sin san(e)ar al país de las mismas, aclimatadas por años, aún por siglos, de cultura antisocial[6], no es posible poner manos a la obra acudiendo sólo a los recursos y vivencias sociales a reactualizar como simbólica sublimación creadora. Porque todavía en nuestra historia con siglos de dicha etnocultura, todo ello revuelto en la fuerza mítica de la que hemos llegado a ser y a actuar el problema de ‘hacer’ país sigue pensado y actuado desde dicha cultura.

Pensándolo bien, un país lo construye una memoria a inventar(iar) con el propósito de liberarlo de la pesadumbre en que está sumido en sus lastres problemáticos de realidad. Lo que se plantea se refiere a la base por establecer desde la negociación política, el trabajo económico, y el cobro en obras de conocimiento. Si esta conjunción de realizaciones no deflagra, se está en disposición de solucionar las dificultades que se le presentan a un colectivo humano en su quehacer existencial para el logro de su justicia y paz.    

La memoria oscurece y al mismo tiempo alumbra. Es oscurana y nos obliga a mirar hacia atrás, a marchar en retroceso; es regresiva. Pero si la apuramos con calor de energía positiva nos lleva a inspirarnos hacia el futuro, a crearnos perspectivas, a proyectarnos. ¿La eliminamos de un soplo? ¿La mantenemos en duelo? Depende de nuestros trayectos históricos, donde el mito necesita ir más allá del ritual para no repetir como automatismo el mismo sentido de vida. La memoria nos ha traído desde el dolor hasta provocar nuestra valentía, pero hemos encallado siempre en el caos que nos ha mostrado nuestro desorden cultural y nuestra ninguneidad societal. Nuestra experiencia a que nos lleva la memoria ha sido el de un pensamiento oscurecido con el que la acción vaga en el vacío, o en la nada, ante el incumplimiento de la norma social con que irrumpe nuestro desorden vital.

¡Duelo de la memoria! Es necesario terminar con el duelo como destino cultural y entrar en un punto de inflexión como significación histórica que es importante merecer. Demasiado tiempo hemos pasado, casi toda la existencia como pueblo, siendo el negativismo social nuestra queja social, y lo hemos venido haciendo con el bosquejo de nuestra etnocultura, esa que nos mantiene en el regazo de la familia matrisocial, en el tiempo del consentimiento y de la desgana social. Es preciso clausurar ya de una vez por todas (apas) el duelo de país, con que nos carga nuestra memoria regresiva y/o negativa de crear país. La esperanza que contiene nuestro trasfondo de ser pueblo exige vigilar nuestra energía de dolientes para remontarnos con ella a las esferas del poder, y así hacer país en un drama de condiciones en que la misma etnocultura se vería compulsionado positivamente, esto es, a vencerse a sí misma. Una nueva constitución del poder respecto del sentido de realidad, reconfiguraría nuestro ‘hacer’ como creadores performativos del país imaginado en los estándares de los países del mundo.   

Un país lo construye una memoria inventada (=creadora) con base en la negociación política, el trabajo económico de sus pobladores con acuerdos de sociedad, y el cobro o pago en obras de conocimiento para alcanzar su independencia en la soberanía nacional[7]. Si este entramado de realizaciones no falla, estamos en disposición de solucionar las dificultades que se le presentan a una aglomeración humana o colectivo social en su qué hacer existencial para el logro de su justicia y paz. Si esto se obtiene, el colectivo ha creado como invención objetiva lo que propone como proyecto cuyo resultado es el de una sociedad[8]. Un país se configura con su territorio con el adentro de una sociedad, y este conjunto se valida con su permanente y serio proyecto de vida y salud (=salvación). El colectivo ya advenido societal que ha logrado la apropiación conveniente de sus recursos territoriales y su intercambio al interior como comunidad, está en situación de un deber para con su memoria. Por su parte, la memoria que está en trance de no saberse a sí misma, no puede responder a su misión de alertar a la sociedad sobre la falla existente en la constitución de su país. El resultado es el de un duelo de la memoria en el llamado que le hace la historia.



[1] Los autores se encuentran con la pregunta sobre la existencia de país en Venezuela. Nosotros lo manejamos como el problema como de ausencia de país, ya en nuestra primera investigación sobre los ferrocarriles y el proyecto nacional en Venezuela en 1980, problema que se profundiza en los años 1998 y 2015. El criterio es la ausencia de proyecto de sociedad como contenido faltante en la forma de país en Venezuela; el vaciado de dicha forma es clave para indicar la ausencia crítica del ser de un país (Hurtado 1990; 2000; 2017). Agustín Blanco Muñoz, director de la cátedra ‘Pío Tamayo’ del Instituto de Investigaciones en la Facultad de Economía de la Universidad Central de Venezuela, persiste en la formulación del ex-país, a partir del planteamiento del conflicto de clases en la estructura social y desequilibrio en la estructura social (Blanco Muñoz, 2000).

[2] En este punto nos referimos a los niveles que asume la medida y peso del uso del vocablo. Así tenemos país nacional, referido a la nación moderna, donde a veces se integran o deben integrarse otros países de menor medida y peso social y político. Por ejemplo, dentro de España, como país nacional, existen otros países  como el país vasco, país valenciano, países catalanes… y con motivos económicos y culturales se habla de país de las espacias, del país de la plata, et… así dichos, con criterios de etnicidad, localidad, superioridad social, economía o cultural… que se inspiraron en la época romántica y se mantienen en el criterio de lo múltiple en la postmodernidad; surgen así sus objetivos de identidad cultural con la pretensión política del nacionalismo, independentismo, hasta la justificación del terrorismo, y por otra parte como motivos de dominio económico y/o cultural,  etc. El criterio geosocial es el de uso más común sin mayor pretensión y referido al criterio de territorialidad como cotidianamente sensible.

[3] “El hombre que encuentra su patria dulce es todavía un tierno principiante; aquél para el que cualquier tierra es su tierra natal es ya fuerte; pero quien es perfecto es aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero” (Hugo de San Víctor, Didascalicon, citado en Edward W. Said, Orientalismo, 344). Lévi-Strauss concluye su investigación: “Hasta hoy la humanidad soñó con captar y fijar ese instante fugitivo en el que fue permitido creer que se podía engañar la ley de intercambio, ganar sin perder, gozar sin compartir. En los dos extremos del mundo, en los dos extremos del tiempo, el mito sumerio de la edad de oro y el mito andamán de la vida futura se contestan: uno, al situar el fin de la felicidad primitiva en el momento en que la confusión de lenguas transformó las palabras en la cosa de todos; el otro, al describir la beatitud del más allá como un cielo en que las mujeres ya no se cambiarán” (Lévi-Strauss, 575); y trascendiendo la inicial del parentesco para llegar a la civilidad, Sennett también concluye su investigación: “Pero el cuerpo sólo puede seguir esta trayectoria si reconoce que los logros de la sociedad no aportan un remedio a su sufrimiento, que su infelicidad tiene otro origen, que su dolor deriva del mandato divino de que vivamos  juntos como exiliados” (Sennett, 401). El mito nos persigue para indicarnos la meta imposible por ahora cuando lo impensable está en juego: la conformación de un verdadero país que necesita de un fondo consistente como es el de una sociedad como proyecto para que se genere y se asegure una patria de convivencia y de solución de problemas. La reflexión llega al súmmum de proponer la perfección como meta a alcanzar en su desarrollo; esta modelística resulta importante por sus criterios de orientación, con lo que se refresca el pensamiento para mejorar su labor en precisar el entendimiento sobre las organizaciones de país, de sociedad y aún de patria. 

[4] “El reino de Dios no es una comida ni bebida, sino justicia y paz, y gozo en el Espíritu Santo, pues el que en esto sirve a Cristo es grato a Dios y acepto a los hombres. Por tanto trabajemos por la paz y nuestra mutua edificación” (Tarso en Rom 14: 17-19).

“Esto es un pueblo; se construye a base

de paciencia y tierra.

………………………..

España es también una tierra,

pero una tierra sólo no es un país;

un país es la tierra y sus hombres.

Y un país sólo no es una patria;

una patria es, amigos, un país con justicia”.

(Gamoneda, 35-36).

[5] Se trata de que la memoria recoja los materiales antiguos reprimidos en el inconsciente colectivo y los  trascienda más allá de la historia acontecida. Se define como un duelo creador, donde la ansiedad de la ausencia, símbolo de la oquedad que espera en el cumplimento del deseo, se piense como un momento o tiempo de creatividad en advenir, para señalar el comienzo de la realidad nueva. Se trata de una nueva reconfiguración transcendente de la historia de Venezuela aspirando a ser un país bien macerado y vertebrado. Esta versión psicoanalista puede ayudarnos a imaginar las posibilidades de la memoria en el colectivo social a partir de la metáfora del envejecimiento, pero que en nuestro caso se trata de una nueva creación, no desde la ansiedad de la muerte, sino desde la represión de la ausencia (Cf. El Faro Interior, 2025). 

[6] Nos referimos a la cultura conceptualizada como matrisocial. La matrisocialidad es un concepto general, organizado a partir de la estructura psicodinámica básica de la familia venezolana en la que la figura materna contiene la clave significativa. Está constituida por la fuerte dependencia materno-filial, tan invertebrada que orienta también los asuntos sociales del país. La sociedad no es una familia, pero en Venezuela la sociedad se proyecta con los valores  familistas fundados no en la alianza matrimonial sino la alianza sororal en la que la familia consiste en el conjunto de las hermanas con sus hijos. El problema comienza con el mito de la sobreprotección materna que impide al hijo, siempre un niño, confrontarse con la realidad, cuyo resultado es considerarla como una cosa de poco valor. Se conforma así una cultura de la desidia o abandono de la realidad cristalizada en un complejo cultural, el matrisocial. Dicho complejo genera un sentido negativo sobre la sociedad y el país, es decir, de no tematizarlo bien, por lo que se instala en una idea endeble sobre la realidad, en este caso, el país (Cf. Hurtado, 2001: 109-110).

[7] “Recordemos de paso que ningún país puede aspirar a una vida científica independiente si no tiene investigadores puros: y el país que no tenga una vida científica independiente tampoco podrá aspirar a una auténtica independencia política o económica o social. La historia de la ciencia demuestra la utilización inesperada de muchas investigaciones puras en trabajos posteriores donde fueron utilizados esos estudios” (Pardinas, 125, cursiva nuestra).

[8] Cuando hablamos de elaborar ‘sociedad’, base de la vida existencial de un país, nos encontramos dentro del criterio de pertenencia de lo que hablamos. La sociedad se inscribe dentro de una realidad objetivable. Para acercarse a ello, hay que colocarse en un trasfondo ético de comunicación auténtica, como regla del pensar. Los asuntos societales y su ética no son alcanzables por la ‘community’ o ‘gemeinschaft’, ni por una mera convivialidad interactiva. Lo societario en cuanto material, objetivable, demanda fundamentalmente un proyecto, un laborioso esfuerzo por crear relaciones sociales instituidas. Si hablamos de ‘proyecto’ no quiere decir que hablemos de capacidad de maniobra para adaptarse (sin voz, ni discusión) o sólo para impugnar (criticar por criticar sin dar soluciones) al proyecto. Tampoco podemos hablar sólo de cultura, como si el hombre no existiera o como si la sociedad fuera únicamente una ampliación de la cultura (comunidad). Un proyecto exige siempre tanto la existencia de un sujeto que lo produzca o diseñe, como responsable de la obra hecha, como de la constitución de racionalidades en cuanto un ’stock’ de recursos o existencias para llevar a cabo la obra ideada. Más allá de esto, debemos contar con la dinámica social, principalmente conflictiva, porque en ello se juegan diversas orientaciones del hacer, y en términos hermenéuticos coherentes pensar la sociedad como ‘proyecto’ en cuanto refiguración de lo social permite pensar que la sociedad no está hecha por ‘héroes culturales’ o prohombres (sabios, exploradores) como idea historicista, sino por el conjunto de las relaciones sociales a las que se quiere asistir y ser interpelado por ellas. Contar con la hechura de una sociedad apropiada indica la seriedad que estamos dando a la posibilidad de pensar país cuando pretendemos o nos dirigimos exactamente a cómo ‘hacer país’ (Cf. Hurtado, 2000: 20-23).

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 Presentación del libro de Samuel Hurtado Salazar: ¿Podremos hacer país? La sobrecarga de la cultura matrisocial anubla el pensamiento de país. Caracas: Doctorado en Ciencias Sociales, Universidad Central de Venezuela, octubre 2025, parte 1a.(por publicar).

LA GARZA BLANCA COMO TOTEM LABRADO

 

Monición: se trata de observar cómo se fabrica un totem, en este caso el de la garza blanca y en la circunstancia de la garza blanca del amanecer en nuestra trayectoria de investigación social. El motivo está tomado de la canción “Vestido de garza blanca”, con letra y música de Pedro Felipe Sosa Caro, con interpretación popularizada de Cristóbal Jiménez, y el género de música llanea venezolana. Mi opción es reducir el motivo la describir el desafío de arraigo incondicional referido al permanente comenzar no sólo en la etnografía sino  también en el pensar el modelo conceptual que implica la actualización del comenzar en el hacer ciencia social en América Latina desde Venezuela. Tal es la metáfora del amanecer como especie de la alegoría en la garza blanca.

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Un totem es un símbolo (o señal) de reconocimiento de un héroe, de un país, de un autor, de una tarea…

Conseguido en una experiencia histórica del objeto a reconocer y a reconocerse. El símbolo suele ser una planta, animal, u otro símbolo de la naturaleza,  ésta como originaria tiene la facultad de fijar el comienzo del proceso del reconocimiento  en el evento social como un apax (como de una vez para siempre, según su tiempo etnológico).

Nuestra breve consideración despega de sentir el símbolo animal, y, en este caso, el animal avícola, con su figura, espectacular, tal como la ha fabricado el cantautor en el acontecimiento del trabajo del ordeño al amanecer. El fenómeno a estereotipar es el comienzo de iniciar una tarea de creación, y sentirla como una expresión de la totalidad de un país, a partir de ser pensado; por lo tanto se trata en aras de un autor de pensamiento, de saber cómo comenzar a pensar y/o que supone el comenzar como artilugio de un ambiente cultural en que éste es propicio para la inspiración del pensamiento en una realidad nueva (civilización cultural. filosofía, ciencia, literatura, arte).

Nuestro totem se originó en la autobiografía del pensamiento en el desarrollo de éste para calibrar su país ulterior, en este caso Venezuela. En ese vuelo de la cuenca del río Duero a la cuenca del río Orinoco, la trasmigración viene dada por un ave insignia en que ocurre la llegada y su permanencia de trabajo. Por otro lado, el esfuerzo de imaginación instituyente nos vino desde la comparación con la tradición occidental que se origina ya en la salmodia bíblica (salmo 102)

 

Soy como búho en el desierto,

como lechuza entre las ruinas,

gimiendo insomne,

como, en tejado, solitario pájaro.

 Así llega a la trastienda de la filosofía moderna con Hegel, cuando el pensamiento se encomienda a la oscuridad de la noche para trabajar descansando, como el búho al anochecer

Se prolonga en la sociología francesa de Touraine, como alondra, que desarrolla el pensamiento con toda la claridad del mediodía bajo el bochorno de la siesta cartesiana.

Surge con su efecto totémico en Antonio Machado

 

Un rubio mozo que sueña

con caminos, en el aire, de cigüeña,

entre montes, de merinos,

con rebaños trashumantes

y vapores emigrantes

a pueblos ultramarinos

……

Las cigüeñas de las torres

quisieran verlo embarcar

 Puede prologarse en otras experiencias más diversas como la teología vital de Díez-Alegría, que como una cigüeña se pone a vender retales teológicos desde la espadaña de la iglesia de Vallecas en Madrid. Toda la observación y el trato de los gustos en los compradores dependen del garabato que significa una oferta gratuita y bajo el motivo de las rebajas de otoño.

Un totem como una alegoría no pretende decir todo lo que esconde el fenómeno a pensar, sino subrayar las líneas de interés del problema escondido, y echar para adelante con la tarea que se inscribe en el proceso el pensamiento que va a necesitar un punto de reconocimiento o una referencia de lo que se quiere mostrar.

El autor decidirá conforme a los vericuetos del imaginario instituyente en que se ve metido el pensamiento epistémico para lograr al fin anidar en un ave totémica que le permita al imaginario establecer el imaginario constituido. Ello implica remontarse en largos y permanentes sobrevuelos en y desde la realidad.

En la autobiografía de nuestro pensamiento y desligándonos

-del cansancio que supone haber llegado con el búho al anochecer  como un final,

-dejando atrás a la alondra  del mediodía que ofrece la claridad del bochorno de lo que el día llegó a su plenitud,

-o viendo, como la cigüeña desde la torre, el cierre del negocio en la caída del año por el otoño y sus rebajas en el intercambio de experiencias de la fe,

-nosotros nos ubicamos en la ‘garza blanca del amanecer’, inspirado en la canción del ordeño en las haciendas de los Llanos venezolanos, la región geopolítica del país, la que expresa la cuenca de la orilla norte del río Orinoco, y es la referencia cultural de la imaginación venezolana. En el trópico, el amanecer con su brillo de luz y desenvoltura como inicio de vida de la realidad, pro-voca al pensamiento a trashumar deseos, actitudes y ensoñaciones de ser. Habíamos llegado a anidar en los caños y en los esteros, donde las aves señorean el comienzo de realidades de país. Allí la imaginación pensante dejando al país su inspiración.

 

Vestida de garza blanca

la brisa de la mañana

trajo en el arpa viajera

para celebrar contigo

el día de tu cumpleaños

mi muchachita llanera.

……….

Y como no te traje nada

para que vivas conmigo

en las alas del romance

te dejo mi inspiración

 

El pensamiento no tenía otra alternativa que comenzar de nuevo en su trasmigración y hacerse nativo (to go native) en el sitio, como nuevo natural del país que quiere trabajar. Sin pensamiento no hay país posible. El nuevo país significaba un país ulterior, para aprender a saber comenzar de nuevo a pensar, y hacer de la herencia que llegó de allende los mares, una realidad universal nueva con lo que vino y con lo que estaba.  Ello significaba un esfuerzo por asumir esa realidad lejana junto con la cercana y evitar todo lo vergonzoso que pudiera presentarse como prejuicio de propaganda extraña a la historia del país. La buena calidad del pensamiento venezolano propicia ese aprendizaje del saber comenzar de nuevo inspirados en nuestro nuevo acontecer reconfigurado como un totem en la garza blanca del amanecer. 

 

“Nuestra historia no es,  como creyeron ciertos demagogos,  una aventura castrense que tomase arranque  con  los fulgores de  la guerra de Independencia. Historia de trasplante y de confluencia,  la nuestra es la prosecución del viejo drama español en  un  medio geográfico  virgen,  donde  coinciden, para formar nuestro alegre y calumniado mestizaje, la aportación del indio absorto ante los caballos y la pólvora, y la del esclavo negro, traído entre cadenas  desde su viejo mundo selvático.  Sus símbolos  no  son  ni el  tabú  africano  ni  el  totem  aborigen. Sus símbolos son una transfiguración, con sentido de mayor universalidad, de los símbolos hispánicos  (M. Briceño Iragorri:   Introducción y defensa de nuestra historia.  Caracas: Monte Ávila, 1972, 77-78).

 

Junto a Briceño Iragorri, podemos arrimar a Ángel Bernardo Viso con Identidad y ruptura, y a José Manuel Briceño Guerrero, con el Laberinto de los tres minotauros. Nuestra trayectoria de investigación y pensamiento venezolanos está cobijada bajo la orientación de estos grandes intelectuales cercanos, para luego ahondar el saber comenzar con la intelectualidad que merece el país ulterior.

 

“El significado de País Ulterior como obra venezolana constituye el aporte a

la conceptualización societal (universal sub specie de proyecto de sociedad) de las culturas, y, en particular para Venezuela, hacerle madrugar el pensamiento que debe presentarse con una inteligencia de innovación societable, no como la lechuza del anochecer centroeuropeo, de Hegel, ni como la alondra del mediodía francés con su bochorno, de Touraine, sino como vestida de garza blanca la brisa de la mañana, tal como lo canta el ambiente de trabajo en el amanecer de Los Llanos tropicales venezolanos” (Samuel Hurtado: País Ulterior. Más allá de las fronteras del conocimiento las cumbres del pensar trashumante. Saarbrücken (Alemania): Editorial Académica Española, 2022, fragmento del Ultílogo).   

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Referencias

Briceño Guerrero, José Manuel (1994). El laberinto de los tres minotauros. 

            Caracas: Monte Ávila.

Briceño Iragorri, Mario (1972). Introducción y defensa de nuestra historia.

             Caracas: Monte Ávila.

Díez-Alegría, José María (1980). Rebajas teológicas del otoño. Bilbao:

             Editorial Desclée de Brouwer.

Hurtado Salazar, Samuel (2022). País ulterior. Más allá de las fronteras del

            conocimiento las cumbres del pensar trashumante. Saarbrücken

             (Alemania): Editorial Académica Española.

Machado, Antonio (1962). Poesías completas. Madrid: Espasa-Calpe,

             Colección Austral.

Sagrada Biblia (1958). “Salmos”. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

Touraine, Alain (2005). Un nuevo paradigma. Barcelona: Paidós Ibérica.

Viso, Ángel Bernardo (1983). Identidad y ruptura. Caracas: Alfadil

             Ediciones.

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

LA ESPERANZA NUESTRO VIAJE AL FUTURO DE PAÍS


 

De todo lo que hemos trasegado en los apartados y capítulos pareciera que queda no ya la esperanza de país sino el país esperando la posibilidad de una esperanza para sí mismo. A veces la espera se torna en esperanza cuando se sube a la imaginación del querer de país, y otras veces la esperanza en ciernes se desactiva y se torna no ya espera, sino desesperanza dentro del negativismo social a que expone a la gente su etnocultura matrisocial.

Es crucial el aparte de Esperanza en Expectativa para encontrar una vereda a la crítica que puede asomarse por encima de los hombros éticos del colectivo social. Los interrogantes de ¿cómo hacer con su andadura (la del país ante sus movimientos de cambio)?, ¿Qué hacer con la esperanza (que se va y se viene con el país en movimiento centrífugo de sí mismo)?, y cuando comienza a internalizarse en los sentimientos de los actores sociales en la metáfora del exilio, ¿cómo es estar afuera quedándote adentro? ¿O pensarse desde dentro que te estás yendo afuera, y además cada vez estás más adentro como ejercicio de insistencia en el rechazo de irte afuera? La recursividad psicoanalítica se torna como un fantasma apareciendo en la vida común de la gente.

  Toda pregunta sobre la esperanza de país parece que debe arrancar con la responsabilidad por el país mismo ante la diáspora que se presenta como el sentimiento de que se está vaciando el país. Es un sentimiento peligroso porque anularía todo posible deseo de encender el futuro del país como esperanza. Sobre este problema nos encontramos en la encrucijada metódica de mirar: o por la medida del volumen de población que puede caer en ese abismo sentimental o por la medida del significado de casos de la población que pueden indicar la hondura del significado a que se está asistiendo al sumergirse en el foco del acontecimiento.

Hay la posibilidad de lograr los dos tipos o estilos de información a la que se pretenda acceder según los objetivos de la audiencia interesada: la información cuantitativa buscando la superficie social a diferencia de la información cualitativa buscando la profundidad social que pretende conseguirse con la calidad informativa. La presentación de esta encrucijada metódica no quiere sino señalar los límites a que se ha llegado con esta investigación teórica, límites de un final que se convierte en comienzo que puede inspirar el esbozo de una investigación a doble rasero, combinando la información cuantitativa con la cualitativa.

Lo que anima a la aproximación teórica presentada, a falta de una observación técnica a partir del diseño de un corpus informativo, es el interés por generar los motivos de la esperanza de país con todo lo que significa para la existencia del mismo en sus logros sociales y en su base de independencia social y política. Algo de lo que queremos asumir y así aportar con criticidad con toda la racionalidad investigadora, de suerte que aspiramos a que se obtenga una autenticidad de país[1]  El propósito que formula el gerundio alentando focaliza la acción del querer de país que se propone este planteamiento. El sujeto llamado a esta aventura de la esperanza es la gente identificada como pueblo en cuanto un todo. A este sujeto es al que se le insta a ser social, es decir, a proseguir el viaje a la sociedad, en cuanto dimensiones que definen la existencia auténtica de un país. Tiempo y espacio están definidos por la intervención ética del deber de país, indicado en la propuesta de la ‘debida’ travesía histórica.

El dar aliento con una respiración teórica se organiza con la mirada de expectación construida teniendo en cuenta las dificultades que ofrece la cultura matrisocial que porta el colectivo social. Esta cultura permite ver la distancia que existe todavía en el sí mismo inscrito en el ‘igualismo parejero’, de carácter tribalesco, con relación al nos-otros, de carácter societal, cuya autenticidad se encuentra en los esfuerzos diferenciales de la equidad social ética. La variable de la etnocultura permite operar con una mirada originaria, cuya calidad a su vez de original, termina siendo creativa después de eliminar todo lo que entorpece como ideología el uso de la historia.

Cuando esa mirada enfoca el futuro por construir como deber de país nos afianzamos en la expectación que tenemos por delante porque viene del porvenir como existencia a imaginar, a deglutir. Tal expectativa que aspira a concretarse como esperanza no defraudará porque la estima o amor de país está inscrito en nuestros anhelos de libertad, que nos da nuestra historia. Por su parte, una historia se autentica, si la hacemos como pueblo responsable de su vida; según esto, la esperanza se llena de energía adquirida y desarrollada en la mirada expectante del porvenir atinente a nuestro ser de pueblo.  

Si no se tiene el hecho de dar cifras de la esperanza de país, empero se dispone del aliento que demandan los deseos del lenguaje para ‘concebir’ la esperanza. Es el trabajo del lenguaje lo que nos permite no fracasar en el intento de entender con pensamiento crítico nuestra situación de crisis por desorientarnos entre la esperanza fructífera y la espera desasosegada. El apoyo a la esperanza no se sostiene con el vano deseo de la espera. Si solamente disponemos de este deseo vacuo, terminaremos haciendo un país viejo, o avejentándose; esquivar este desvío de la esperanza, importa trascender parte de la historia que tenemos reprimidas a partir de los fracasos en que hemos venido incurriendo. Sin esperanza no es posible la sublimación creativa de país, y el duelo pretendido creador, que nos salvaría en la historia de los pueblos, tendría una energía desactivada (Cf. El Faro Interior, 2025).

Es preciso llevar a cabo una sublimación creativa de la misma, para impulsar la integración de lo fracasado al éxito que nos otorgue un duelo creador; aún así integrar los fracasos como un momento de aprendizaje según su propio tiempo de creatividad (El Faro Interior, 2025). Por su parte, la experiencia es, como realización, la de un viaje en el tiempo de la etnocultura (Marina, 83-84). En esa travesía no se trasmite información, sino alma de vida, en la medida de ir actualizando al pasar a otras experiencias de éxito que nos proporcionarán un alma de vida más plena, en nuestro caso, como pueblo[2]. Es la soledad con que se encuentra cada pueblo para comunicarse con su interior, y desde aquí poder solidarizarse con autenticidad con los otros pueblos del mundo[3]. Este es un trasunto energético que nos debe llevar a depurar nuestro presente para, como resultado, obtener un tiempo de más autenticidad, que es el apoyo que necesita el poder tener y acrecentar la esperanza de país. Abandonamos la inercia como negatividad del deseo, para que la esperanza de país empreñe su realización de ser. Esta obra, como texto, tiene ese propósito de alentar el interés por la esperanza como dimensión colectiva en la expectación de país.

Al final, debemos despojarnos de los autoengaños y de los disgustos. Son motivos propicios en la seducción con promesas que no se van a cumplir. Porque se trata de enfrentar el miedo con el fin de tenerlo sometido y así empleado en su capacidad de fortaleza como defensa frente a los obstáculos; también, para aguantar los rechazos de acontecimientos porque entran en el sentimiento de aborrecidos en cuanto sentidos como fracasos ajenos, y de ninguna manera propios. Gustos y promesas, inercias y estupidez, nos descolocan de la buena expectación del futuro que se anuncia por sí mismo. Volverán las resilientes esperanzas a anidar en el corazón del país, aborrecido en tiempos a ser trascendidos; así entre púas y bajo lunas menguantes se depurarán aquellos autoengaños y disgustos para alimentar la plenitud a la que debe llegar a ser el país. 

 

Bibliografía     

 

El Faro Interior (2025): “El apoyo en la vejez, no es tu familia”.

Video, escuchado el 13 de julio. Domingo, 11:30 a. m.

Marina, José Antonio (1999). La selva del lenguaje. Introducción

a un diccionario de los sentimientos. Barcelona: Ed.

Anagrama. 5ª. Edición.

Pardinas, Felipe (1977) [1969). Metodología y técnicas de

investigación en ciencias sociales. México: Siglo XXI.

17ª. Edición.

Savater, Fernando (2000) [1981]. La tarea del héroe. Elementos

para una ética trágica. Barcelona: Destinolibro, N°316.

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Conclusión del libro de Samuel Hurtado S. (2025). Esperanza de país con mirada expectante. Alentando a un pueblo hacia su debida ‘travesía’ histórica. Caracas: Doctorado en Ciencias Sociales, UCV (en publicación) 


[1] “Recordemos de paso que ningún país puede aspirar a una vida científica independiente si no tiene investigadores puros: y el país que no tenga una vida científica independiente tampoco podrá aspirar a una auténtica independencia política o económica o social. La historia de la ciencia demuestra la utilización inesperada de muchas investigaciones puras en trabajos posteriores donde fueron utilizados esos estudios” (Pardinas, 125)

[2] “Experimentar significa ‘hacer un viaje’. Pues bien, cada uno va construyendo su mundo en las vueltas y revueltas de la experiencia”… “Ex-perimentar significa lo que se ve en un viaje. Pues bien, el vehículo  de ese viaje es la palabra… Toda información está ofrecida a mi mirada…La palabra nos permite analizar la imagen aprovechando todos los recursos de nuestra memoria lingüística. Algo semejante ocurre respecto a nuestra experiencia interior. Sin la ayuda del habla interna, nuestra subjetividad permanecería inarticulada,  empastada y borrosa” (Marina, 35 y 84). Vimos en el capítulo 2 la importancia del uso del lenguaje y la educación, indispensables para constituir la infraestructura firme que sostenga la fuerza de la esperanza; porque “la esperanza es un acto de resistencia que nos impulsa hacia un futuro mejor. No se puede renunciar a ser libres; esta verdad es una necesidad que te va a costar cada minuto de tu vida. Ese deseo no te va a dejar en paz, ni que te atrevas a olvidarte de él… Con la esperanza siempre tendremos la capacidad de hacer fecundo lo más estéril y árido”. Son recomendaciones escuchadas al veterano periodista César Miguel Rondón en la tarde de noticias repitiéndonos una vez más que los venezolanos “somos como un corcho”. 

[3] “su solidaridad de solitario, la única verdadera, va siempre hacia aquello que en el hombre permanece invariablemente solo. Es la soledad de fondo de cada hombre [de cada pueblo]…Su nombre clásico ha sido ‘alma’ y no parece fácil hallarle otro mejor” (Savater, 164, los corchetes son nuestros). Es la autenticidad del ser la que se consigue desde su soledad para forjarse cada pueblo su vida, su independencia, y originarse en ella su esperanza de ser.