lunes, 18 de noviembre de 2019

LO DESALMADO FEMENINO Y EDIPO ADOLESCENTIZADO

Habamos de la cultura matrisocial venezolana



La escena:


“No soy feliz pero tengo marido”. Se ha desprendido de los medios de comunicación venezolanos, a veces con origen también colombiano. Lo dicen mujeres como una frase discursiva como comodín para rematar su situación de vida inconforme, y al oírlo de ellas se siente también como desquite por la insatisfacción que experimentan en sus deseos afectivos, llenos de miedo y complejos inconscientes como el complejo virginal de una relación silvestre, bárbara: el marido no me hace feliz pero ahí vamos con esa insatisfacción, rebeldía e irreverencia con que se enfrenta la vida, que al mismo tiempo aplaudimos y aún culturalmente disfrutamos.



Junto a esta vivencia cultural obtenemos el testimonio de tres mujeres venezolanas que han considerado la relación marital, una desde su imaginación literaria, Teresa de la Parra, con su novela Ifigenia, otra desde la crítica cultural, María Fernanda Palacios, con su Mitología de la doncella criolla, en su reflexión sobre la misma novela, adonde se introduce su experiencia personal como mujer y su testimonio cultural, que recoge la entrevista de otra mujer, la formidable periodista, Milagros Socorro. Las tres están en torno a la pregunta de Milagros y a la respuesta de María Fernanda:

“Estamos acostumbrados a ver la obra de Teresa de la Parra como ese mundo íntimo, lindo, nostálgico de la casa criolla, con sus mujeres sacrificadas, envuelto en una añoranza por una Venezuela que se fue, la Caracas de los techos rojos… Y los que se identifican con eso piensan que esto contradice y excluye el otro ámbito, el de esa cosa desalmada llamada ‘el país’, la política, los héroes, lo maluco. Pero, mientras más leía a Ifigenia, más claro se me hacía el horror que le espera a César Leal (el denigrado ‘novio’ de la protagonista) cuando, después de ‘vencer’ y casarse, se encuentre en su casa con una mujer ‘sacrificada’ y resentida, casada con un hombre a quién desprecia, ¡pobrecito! Lo que trato de decir es que, además de la novela íntima, llena de mujeres que bordan y cocinan, hay allí otros ángulos desde dónde percibir el drama de la protagonista, entregada a un sacrificio con uñas, detrás del cual hay algo tremendamente desalmado, donde se ve la parte oscura y cruel de lo femenino. En la novela ella ‘dice’ que se sacrifica y con eso convierte su sentimiento de fracaso en una ‘renuncia heroica’, algo muy peligroso. Quise mostrar cómo, cuando lo virginal es lo que domina, el sacrificio no trae renovación, porque hay algo que no se entrega. Y allí pareciera que la retórica entra en escena: una retórica del sacrificio que nos blinda para impedir la entrega.



-¿El verdadero sacrificado termina siendo César Leal?

-No lo sé. Ojalá yo pudiera escribir la novela de César Leal, de quien no sé sino lo que me deja ver la novela, lo que María Eugenia me dice”


El esquema de análisis:


El resentimiento es la nota común de ese inconsciente que llevamos por dentro y por fuera, donde lo desalmado, la falta de entrega, lo rebelde e insumiso campean en la vida social venezolana. Tal dato tiene una consideración científica en la tonalidad matrisocial de la cultura venezolana, tal como hemos teorizado en nuestras investigaciones. El diseño del edipo, al mismo tiempo que su reformulación desde los estereotipos etnopsicoanalíticos (sub specie materna) de la estructura de la familia venezolana nos dan los siguientes resultados en la construcción etnográfica del dato.

(1)  MADRE GENERATRIZ
-Consentimiento (con)[1]

-Resentimiento



(a)  Con este modelo se expresa el edipo como amor/odio muy primitivo, primigenio o enterizo. Cuando en Atenas esos sentimiento están madurados o macerados en lo societal.

(b)  Se focaliza el mito de la sobreprotección materna y la derivación de la negación de la realidad (el negativismo social)

(c)  En la dimensión de la cultura se siente una sobredosis sensible del consentimiento y se trata de esconder el resentimiento. Pero en la dimensión de la sociedad se siente más el resentimiento sobre todo surge la sobredosis en tiempos de la madre mala, donde aparecen con toda fuerza el abuso y el aprovechado.

(2)  MADRE VIRGINAL
-Complacencia (con)

-Regresión



(a) El actor sociológico es la abuela: sus hijos no los ha parido y por eso resultan 
 con más

méritos de consentimiento que los engendrados. Se amplifica la actoría a toda hembra del parentesco, por lo menos, sobre todo las que no han engendrado aún: hermanas, hijas, nietas, sobrinas…

(b) La sobreprotección como consentimiento deriva hacia el mito de la complacencia y/o

condescendencia, y su vuelta a los tiempos sin realidad o historia debido a la compulsión regresiva que produce como polo de realización la complacencia. Su resultado de sobre-dosis es el complejo de inferioridad que aparece en una de sus polarizaciones como la megalomanía y su falsa compensación. 

(3)  MADRE MÁRTIR
-Sacrificio (con)

-Desprecio



(a)  El actor sociológico es la mujer (=juntada con marido), cuyo modelo sentimental es el  aborrecimiento del marido, al tiempo que se sacrifica por él (lo atiende o cuenta con él al menos como proveedor).

(b)  El mito que surge es el del rechazo al varón, como deriva del desprecio del marido. El sacrificio envuelto en resentimiento conduce al desprecio que convierte al otro en ajeno

(c)  La fatalidad, como destino, de la mujer (como hembra con obligación de ser madre) es que el mito se recrudece con el destino materno como rechazo del hijo-varón, en doble juego: -retener al hijo como la principal compulsión de su maternidad (no perder al hijo)

-tener que rechazarlo como varón.

Es el modelo del juego de la fatalidad familiar, primero de la madre, y como recursivo en segundo lugar del mismo hijo, juego melodramático demostrado en el rito de paso.

(d)  Es una fatalidad que muestra el juego de lo cruel o perverso de lo femenino: el de la hembra contra el macho, similar a la mantis religiosa (matar al macho después de eyacular en ella y hacerla madre). Una perversidad que María Fernanda Palacios (2002) a propósito de su análisis de Ifigenia, la novela emblemática de Teresa de la Parra, no duda en calificar como lo desalmado femenino en la cultura: Ifigenia después del sacrificio y el resentimiento por su marido, que al fin éste con increíble esfuerzo logra juntarse con ella, le desprecia.

Evaluación sucinta:


1)    El denominador común es el “resentimiento”, aún en sus versiones de regresión y desprecio.


2)    La representación de entrada como foco del complejo mítico, se inicia con el consentimiento, cuya deriva esencial es la regresión como resultado sustantivo y con el remate de ésta en el desprecio al otro, a la sociedad, que en términos de sexualización machista (=y su versión hembrista) es el rechazo al varón. El hijo queda como atrás (regresivo) para presenciar al varón como lo otro opuesto que hay que trabajarlo como social, y no de rechazo como natural o selvático (según el improntus de lo virginal que lo antecede en la etapa edípica). 


3)    Hay que enfatizar la "legitimidad” de lo natural como lo biológico (más que un soporte, para tomarlo como principio de las compulsiones, y así el arquetipo de la hembra cede el puesto al arquetipo de la madre como hechura realizada de la fémina). El ser matrisocial es profundamente natural, virginal, de la selva, y así opera con razón de rancho y conuco, y aún como inicial más primitiva: monte y culebra, según el dicho de Caracas es Caracas y lo demás (la provincia) monte y culebra. Esto demuestra que en la “madre mártir” convergen lo más terrible del sacrificio con el resentimiento y el desprecio, fundamentado así lo desalmado femenino como fatalidad social (contra la sociedad y por supuesto la propensión antisocial) de la cultura matrisocial.


4)    El modelo conceptual de lo “desalmado femenino” dibuja bien la falta o despojo del almo o alma. Esta ausencia expresada en el prefijo des repercute inmediatamente en la desidia y abandono de la realidad y su trabajo, y, por lo tanto, se encuentra en el vector del radical (libre) cultural. Un breve análisis lexical del vocablo de almo y/o alma permite precisar su semántica para lo que nos interesa:


-almo, alma: es un adjetivo de uso poético. Significa criador, alimentador, vivificador, propicio. También tiene la acepción de excelente y de digno de veneración, que debe venerarse. Así se usa con todo lo poético y lo social en la formulación de:


-alma mater: madre propicia, y digna de veneración para referirse al título por excelencia de la Universidad.


-almo pater: padre propicio, nutricio… para distanciarnos socialmente del padrote natural que no cuida como sociedad, que no sabe qué es eso de educación. Y el padre es el símbolo por excelencia de iniciar al hijo en los espacios exteriores de la familia, como es la sociedad. Es su función principal como alma pater.   


En conclusión, el vocablo des-almado indica en su semántica esa privación y despojo de lo vital o vivificante de lo que parece no detenta la mujer matrisocial, por no haber crecido o macerado como mujer encantadora (liberadora del hombre varón) ni como cónyuge (liberadora de marido con potencialidad de padre). La alma mater de lo que carece la madre por estar anclada en retener al hijo con el consentimiento y mantenerlo en regresión en los principios de la selva (virginalidad).


5)    Si la cultura maquina contra la madre como mártir, la misma cultura la restaura para su equilibrio existencial con el principio de la compensación, el de otorgarle, en la cultura y en su sociedad natural, todo el poder del sentido y su detección bajo la especie de lo materno (sub specie materna), es decir, todo en el país suena y está bajo entonación del sentido materno, único principio de línea parental, porque si el ‘padre’ pertenece al grupo de familia no es por la filiación sino sólo como descendencia. Así la madre llega a tener el sentido y vida de una diosa (magia) para con el hijo y la familia, con tal eficacia que no deja crecer al hijo como ser social, ni al grupo familiar con vínculos de alianzas sociales. 

Al fin el edipo queda como hechura adolescentalizado, al mismo tiempo que estancado en la analidad. Superamos así para la matrisocialidad la fórmula de edipo infantilizado que consigue Roheim (1973) para la cultura de la isla de Normanby, vecina de la isla de Trobiand. Con este deslinde, desvelamos la etapa anal de la matrisocialidad con sus peligros sociales: como el poder caciquil (caporal) y lo incestual (Hirigoyen, 114-115), las directrices necesarias para su avance narcisista afirmativo, según Igor A. Caruso (1979: 138-145) y el logro de su verdadera auto-estima, superar el complejo de inferioridad y la ideología del yo ideal de acuerdo a cómo opera el complejo matrisocial.


Referencias:

Caruso, Igor A. (1979). Narcisismo y socialización. Fundamentos psicogenéticos de

la conducta social. México: Siglo XXI editores.

Hirigoyen, Marie-France (1999). El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida

cotidiana. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica.

Palacios, María Fernanda (2002). “Frente al complejo de lo virginal”. El

Universal/Verbigracia, Caracas, sábado 23 de febrero de 2002. Entrevista por Milagros Socorro sobre su libro La mitología de la doncella criolla.

Roheim, Geza (1973). Psicoanálisis y antropología. Buenos Aires: Ed. Sur-

americana.



[1] Son dos elementos con entonación contradictoria, pero con el hiato entre paréntesis (con) se puede establecer con los dos términos la formulación de una proposición con doble código etnopsiquiátrico, como lo establece la enseñanza de G. Devereux, cuyo ejemplo coloca al macho que ronda y se satisface con varias mujeres, entonces los machos de la población generan un discurso con doble código: le critican con envidia. 

lunes, 21 de octubre de 2019

CORDÓN UMBILICAL Y RELACIONES PRIMARIAS

cuidado del cordón umbilical



-“¡Y qué vamos a hacer sino encomendarnos a Dios!... ¿Tú sabes cómo están los precios en el supermercado?... Con razón ahora están llenas las estanterías… ¿Y si no nos encomendamos a Dios qué vamos a hacer?...”

Así cotorreaban dos amigas saliendo una del supermercado y encontrándose con la otra en la calle.

Si no nos encomendamos a Dios qué solemos hacer la gente en Venezuela…, encomendarnos a la inercia, a la nada, y hasta podemos festejarla, si el gobierno nos la ofrece con holganza y reposo. ¿No ocurrió en la ampliación de los días de Carnaval y después en Semana Santa? Todo el mundo se acogió alborozado a dichos dictámenes de la dominación, que no gobernanza.

Así disfrutamos nuestra ausencia de ser, y lo que sintamos como problema  de ser se lo dejamos a Dios. Que Dios resuelva. Pero algún día llega(rá) el juicio de Dios, y en Venezuela ya llegó y está en pleno proceso, largo proceso sin terminar aún. Porque nos tiene en el banquillo de los acusados por nuestra encomienda a la nada, y sin saber de estar acusados. Entonces el régimen político, el de la dominación, se aprovecha de todos los recursos y nos obsequia las bolsas CLAP y los reposos largos de fiestas prolongadas.

-¿Cómo enfrentarse a esta añagaza en la que el poder se aprovecha mientras el otro disfruta con el espejismo signado por la seducción esperada a que le somete el poder?

-¿Será posible que el que está seducido por la gozadera ofrecida aprenda desde el principio de su debilidad existencial a ser social, aún sobreviniéndole el escarmiento?

El venezolano, el país y su cultura, están anclados, además de enredados, en las relaciones primarias, a partir de un complejo cultural que le impide romper el cordón umbilical con dicho vientre primario.

Romper la conexión con ese vientre implicaría salirse del encanto de una sociedad maternal, consentidora, que tanto placer otorga. Las entrañas (lo entrañable) tienen un inmenso poder supremamente acogedor, tanto que es el poder más soberano que se instaló entre nosotros por su sentido de naturaleza (divinal). En la sociedad venezolana se realiza la profecía que se auto-cumple bajo la observación del ángel enviado por Dios en esa misión encantadora (Hurtado, 2011: 54), y que en forma de poder descubre el filósofo como el más absoluto que se tenga sobre la faz de la tierra (Canetti, 2007: 262-263). 

Tal situación opera como el gran muro de contención para el advenimiento de la sociedad. La política intelectual de la Ilustración del siglo XVIII tenía el objetivo de luchar contra ese poder inconmensurable anidando en el ser maternal abierto al viaje hacia la sociedad, pero el sentido cerrado de familia al mismo tiempo deniega de ese viaje (Lévi-Strauss, 1974: 49), entretenida en el reposo de su narcisismo (Lévi-Strauss, 1969: 575).

El objetivo lo cumple el pensamiento en su compromiso de acción política y societal y logra, al menos abrir un boquete en dicho muro, es decir, fracturar la personalidad social en el desencanto producido en la sociedad occidental. Lo sigue demoliendo sin piedad, quiéralo o no ya, mediante la invocación al trabajo de todos los días (ya desde antiguo con Hesíodo). Es el trabajo el que hace la economía, y no la tecné, y es la economía la base de origen de la libertad y la posible sociedad como invento en el ser humano, prosiguiendo su humanización ahora en sociedad.

Hay que tener claro en Venezuela, que el trabajo no es de un día ni para un día; es y debe ser permanente, porque permanentemente se empeña la selva en rebrotar; a la que ayuda el gobierno de las comunas en la medida que nos da la vacancia como encanto de realidad, y nos ayuda a invocar a los dioses de la tierra para que nos alimente nuestro salvaje exterior e interior.

Es preciso reconfigurar una cultura social que nos desvíe del estado de primariedad como índice de la primitivización a que nos conduce una cultura étnica del placer entrañable.

Aquella medida de mente corta y acción inmediata placentera de lo familiar  y lo comunalista, necesita ser colocada en otra medida de una dimensión de relación secundaria, que logre estar abierta al acuerdo de sociedad y asegurar una convivencia civilizada para la solución de los problemas, no sólo de los precios en el supermercado, sino de todo tipo de relación económica, política y cultural.

¿Cómo es el problema al final de este andar el camino conversando?

Que nuestro anclaje, y nuestro enredo en ello, se encuentre en unas relaciones primarias cuyo complejo cultural se halla apesgado a una pulsión biopsíquica que lo fija en la razón encorsetada de ésta. Es decir, nuestra gana y nuestro goce, colmados de placer, supuran dicha pulsión, tanto que su medida se queda aún en una situación de pre-primariedad vecina a lo genético (los genes). Tal como lo dice la explicación émica fenomenológica.

Allí no sólo está clausurado el deseo de ser, también lo está el poder ser, y por supuesto el deber ser. Sin el ser, la nada no puede fructificar. El estado político se queda así con todo, fagocitando a la posible sociedad: ¡Viva, pues, el populismo!

Entonces, las consecuencias con objetivos de sociedad se consiguen a la aglomeración social en medio de un planteamiento de problema muy duro. Porque todo nuestro ser se agota en la relación primaria de lo social, y su pulsión con disfrute no permite emerger ni al deseo de ser como inicial de la ética. La invocación para una encomienda a Dios para que nuestro problemas se resuelvan, termina siendo mágica, de corte inmediatista, compulsiva, tanto que todo intento aun siendo serio, chocará con esa tendencia regresiva que tanto nos caracteriza como lo es entrañable. Si no se rompe, o rompemos, ese nuestro cordón umbilical con la relación primaria, tan placentero por otra parte, es muy difícil generar la transcendencia de nuestro ser fenomenológico hacia lo transcendental que inventó el pensamiento con el concepto de societalidad.   

Referencias
Canetti, Elías (2007). Masa y poder. Madrid: Alianza.
Hurtado, Samuel (2011). Elogios y miserias de la familia en Venezuela.
            Caracas: La Espada Rota.
Lévi-Strauss, Claude (1969). Las estructuras elementales de parentesco.
Buenos Aires: Paidós.
Lévi-Strauss, Claude (1974). “La familia”. En C. Lévi-Strauss,
Melford E. Spiro y K. Gough, Polémica sobre el origen y la universalidad de la familia, Barcelona: Anagrama.      

LA FIESTA INTERMINABLE - EPÍLOGO




Epílogo breve de la crítica tripartita


He aquí la posibilidad, que luce negada, del proyecto de país en Venezuela después de una terrible crítica inmanente de su cultura, de un esfuerzo titánico de la transcendentalidad del concepto de matrisocialidad que la explica, y ahora con el afán de llegar en bajada libre hasta las conexiones físicas y emocionales  de su apetente constitución de ser, es decir, de llegar a las dinámicas que se encuentran en lo presocial y aún precultural. Llegamos así hasta el instinto o apetencia de la constitución de ser venezolano de un modo no histórico, sino genealógico, hurgando en la realidad del ser en búsqueda de las claves que abastecen el sentido del presente venezolano.

En términos éticos hemos estado, desde la referencia de lo sociable con su núcleo de poder llegar a ser, buceando en el predeseo o deseo con pulsión de ser. Porque quedaba ya lejos, en catexis, el deseo asociado al querer hacer para ver lo que se puede averiguar del ser venezolano evaluado desde el deber ser como proyecto de sociedad. Al final la averiguación nos dejó caer en el territorio del instinto de la apetencia, dejando desnudo, corito, al deseo como un apetito, tal como lo dibuja un antojo, un capricho, un me da la gana, y aquí de que se goza, se goza, como un deseo de naturaleza primaria.

Lo que hemos conseguido aquí con la crítica tripartita (la de las tres partes del estudio: lo sociable, el deseo y la apetencia) está a nivel del pensamiento, y en éste sólo cuando se mira a sí mismo en centrífuga como su propio auto-desafío, o sencillamente, cuando el pensamiento se quiere realizar, a despecho de la realidad misma, y encontrándose al fin consigo mismo, mira en retrospectiva de sí mismo para observar su propio camino recorrido sin más carga que la de sus deseos de poder servir a la explicación de la constitución de Venezuela desde la cultura y la sociedad. Qué más puede hacer(se) en una sociedad encantada, que dejarse llevar un poco por lo encantador de su festín de consumatum est de la realidad, como principio de muerte o pérdida consumada, que a veces se obtiene como una maravilla de gracia social, pero la mayoría de las veces es de penumbra y desasosiego, y que como aliciente de la sociedad habría que seguir y constituir a ésta aunque sea a modo de sobrevivencia. 

El argumento con pizca de brevedad se resumen como en encrucijada del pensar la señal de lo sociable con poder de ser, el deseo con pulsión de ser y la apetencia con constitución de ser. Un esquemático epílogo para ver con claridad, entre las columnas del argumento fundamentales colocadas en los subtítulos de la tripartita, las perspectivas de cómo se ha trabajado la idea de la fiesta como lugar de la crítica transcendental de la matrisocialidad. Es decir como relato en que lo sociable como el acceso a la posibilidad de ser social se estanca en su misma posibilidad. Porque además lo cierra con tranca la compulsión que se apesga al deseo regresivo de ser con la intención inconsciente de no encontrarse con la realidad para no transformarla, y como resultado de dicho cierre compulsionado, el deseo retrocede y como inercia sirve el miedo como recurso de resistencia primaria. Deseo compulsionado que al fin tiene la salida de expresarse aún como instinto en la apetencia de ser social constituyente, es decir, a un ser social por constituir, en lo que mientras tanto, la ansia de ser social se agota esperando una promesa seductora con palabrería de coba.

La constitución apetente se torna dificultosa por su contradictio in términis. Sin desánimo en el pensamiento científico nos abocamos a lo utopiano con la pretensión de identificar al desorden originario que deja ver con asombrosa realidad, desmontado, todo tipo de apetente constitución y asociarle una estrategia de explicación con el invento conceptual del radical libre cultural. Radical libre tomado a préstamo de la ciencia médica para indicar que hay elementos antisociales atentatorios no sólo con la emergencia de lo social, sino también con sembrar de muerte y destrucción aún nuestras ansias de sobrevivencia. Radical para indicar  lo originario, lo inédito de una cultura, de principio de realidad antes del principio, es decir, antes del caos y de la nada del ser. Radical como desorden para indicar la falta de capacidad para controlar donde la ausencia es lo permitido de ser. Así la nada es más productiva que el ser mismo.

Porque el deseo fijado en la compulsión y éste asociado con lo instintivo, no sólo no logra desarrollar la capacidad para fundar e iniciar un principio social de la constitución de ser de pueblo y país, sino que nos topamos con una cultura de la destrucción de la realidad, de la pérdida de ésta, hasta de la ausencia como ninguneidad de la realidad. La apetencia fijada aún a la pulsión no permite dar pasos a la libertad, y obrar conforme a ésta para buscar y lograr las alternativas posibles del deseo y del proyecto, es decir, de la afirmación de lo sociable y del deseo de querer hacer algo como comienzo de condensar consistentemente las raíces ontológicas de lo constitutivo venezolano. Sirva este estudio como un esfuerzo y un afán para remitir ese comienzo, aunque sea al pensamiento inquieto de los intelectuales venezolanos. Porque lo sociable tan expresivo en la superficie del ser venezolano posterga su capacidad para desarrollarse como societable, es decir, con la posibilidad de constituirse como proyecto de sociedad hasta nueva orden de la cultura y sus circunstancias de historicidad.

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Es el epílogo de nuestra obra de investigación recién elaborada,cuyo título es La Fiesta Interminable. Crítica inmanente y transcendental de la matrisocialidad. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Doctorado en Ciencias Sociales, 16 de octubre de 20019.