miércoles, 14 de noviembre de 2012

BOSQUEJO DEL TEMA Y SUS CONTORNOS

 
CANCIÓN DEL SOÑADOR

Con los ojos cerrados
(a oscuras)
voy y planto mis sueños
¡Sólo el sueño es humano!
Con los ojos cerrados.
¡Sólo el sueño es posible!
Ver duele.
Lo mejor es soñar,
y decir
y clavar
y plantar
nuestros sueños de hoy
para verlos mañana
nacer realidad.

José Antonio MUÑOZ
 en AGUAVIVA: La Casa de San Jamás
happening musical, Madrid, 1975

         Hacer un camino con el pensamiento como compañero de ruta, importa más que una simple iniciativa de emprendimiento, tal como si fuera el de un camino cualquiera. Es necesario una preparación acuciosa del viaje que tenga en cuenta todos sus principios y circunstancias esenciales. El pensamiento es muy delicado y sutil como para ser dejado al azar de un andar expuesto a que aniden en él violencias, prisas, desaciertos, ya sea desde lo tecnológico ya desde lo ideológico.
         Los principios suelen ser marcados por la personalidad del sujeto total, el cual se ve inevitablemente constreñido y moldeado por los contornos objetivos de las cosas del mundo y de las imaginaciones colectivas: se trata de la irrealidad más real, la que reclama sin embargo llegar a la realidad histórica. Las circunstancias se encuentran al paso de los principios y los hacen sociales e históricos como contornos esenciales. Lo real social es indispensable, aunque sea como accidental ya sea un matiz medio escondido al que hay que averiguar; a veces es el que trae a la existencia el sentido pleno del ser irreal.
         Para no perderse en el ámbito de un pensamiento imprecisable, pero atrevido para incursionar por las sendas y vericuetos del escudriñar, se propone un previo ordenamiento de los recursos disponibles. Los criterios justificativos se refieren a los puntales configurados con los estados fenoménicos de lo real, los entendimientos del sentido conceptual y las apropiadas retóricas de la presentación pensante.

         1. Una fenoménica a establecer, como esfuerzo de búsqueda temática, constituye un orden pre-básico de la investigación. Aparecen recursos como la llamada “lluvia de ideas” provocada, las improvisaciones, ensayos y ocurrencias, las ambigüedades de todo comienzo, la crudeza de las posibilidades y las dudosas alternativas de la decisión. Se conforma un forcejeo de ansiedades, a veces de pánico que puede derivar en depresiones al encararse con la aparición, en el ánimo personal, de la derrota subjetiva.
Ante su demanda imaginativa, el sujeto siente que las cosas se presentan imperturbables, hasta ridículas, frente a la presencia interrogativa del investigador. Éste insistirá en colocar dentro de las cosas su alma, su pensamiento, y obtener a éstos de nuevo extrayéndolos de las cosas mismas después de haber germinado adentro. Obtenerlos, aunque sólo sea con la tímida cosecha de la identificación o formulación de un tema de investigación. José Antonio Marina (1995) nos coloca ante la indigencia del tema en su “Tratado del proyectar” (149-172), así como ante el esfuerzo de encontrarlo en “Las actividades de búsqueda” (173-193).   
Remontando este primer paso en soledad subjetiva, surgen los deseos e intereses intra-subjetivos que pronto sitúan las ideas en posición potencialmente ideológica cuando miran o se proyectan hacia las objetividades buscando la verdad explicativa de las cosas. Comienza la comulgación como un profundo intercambio de los científicos sociales con sus objetividades, necesitadas de ser trabajadas y después intercambiadas sus sustancias para el consumo de la realización social.
Una primera inquietud se despeja cuando se decide una orientación del tema al movilizarle en y desde su realidad. En esta dirección debe llegar a concretarse una problemática de posibilidad restringida, como resultado de la búsqueda y como signo de ella. Esta tentativa, que puede también ser ojalá inquietante ontológicamente, es lo que llamamos la tematización. El tema se canaliza, sufre una inflexión como derrotero fijado, señala una trocha a caminar, lo que significa que la práctica del sentido y/o el sentido de la práctica (según las disciplinas con que se puede trabajar el tema) conducen a decisiones diferenciales y a futuros laboreos conceptuales de precisión exigente.

2. Este primer enderezamiento del tema, ya turgente de teoría, explicita una conceptuálida. Es decir, un locus de producción, y, desde otra orilla, de una demanda, de proposición de conceptos. Esta producción-demanda se apoya en una proto-epistemología ubicada dentro de una ética primordial en la ronda de la mítica. Dependiendo de este detector infraestructural del sentido (tal es el mito), la ética que mira a la emergencia de lo científico, insiste en que la práctica científica tenga una orientación aplicada, ya a partir de sus esfuerzos inspiradores: que los modelos conceptuales en elaboración tengan una vocación pro-activa como exigencia de la criticidad a incorporar y por la que el emprendimiento con riesgo deriva y se autentica como innovación social.
Cuando formulamos esta instancia o puntal de entrada como conceptuálida, el interés es cobrar la distancia de ruptura de lo conceptual en su pureza de sentido con respecto a lo conceptuoso y lo conceptualista rezumantes de impureza de sentido: por un lado, una distancia de ruptura con relación a la tendencia o inclinación a expresarse lingüísticamente con la ostentación de un estilo conceptista, esto es, lleno de sentencias, agudezas, y de términos conceptuales que recubren los sentidos del enunciado propiamente conceptual. Esta práctica suele dar lugar a un conceptismo como artilugio retórico; por otro lado, una distancia de ruptura con un sistema filosófico, el conceptualismo, que defiende la realidad de nociones universales y abstractas en cuanto que son conceptos mentales. Esta práctica es propensa a constituir terrenos donde crecen las ideologías filosóficas y sociales. Según esto, intentamos mantenernos en una pre-estética (pre-retoricismo) pre-ideológica (pre-mentalismo) con la pretensión de establecer una identificación descriptiva: la del conceptuáculo o cavidad que contienen los órganos reproductores de  algunas plantas, como ocurre en ciertas algas. El sufijo a la manera griega que, como consecuencia obliga a construir un neologismo, quiere por su parte conservar intacta esta idea de una cavidad generativa también en la descendencia filial. En la historia y literatura griegas se tienen términos como pánidas, hijos del dios Pan, de atridas, los hijos de Atreo, patronímico de Agamenón y Menelao, jefes de los aqueos en su guerra contra la ciudad de Troya. Así se origina el de fatimidas, hijos de Fátima, la hija de Mahoma.
La conceptuálida constituye un conceptuáculo o locus teórico de germinación conceptual. En dicho núcleo de significación originaria, y presidido por la ética, es que el pensamiento se dota de sentidos de orientación y adquiere la capacidad de desplegar su acción en la lógica del deber ser  (ideal del yo a distancia del yo ideal). Imaginado como un dispositivo, una conceptuálida anuda la actitud moldeadora del trabajo que puede demandar desde el inicio una práctica científica.

3. Finalmente, se diseña el puntal de una genérica literaria o conjunto de géneros literarios de los que se necesita disponer. Es una necesidad que procede de las demandas diferenciales del trabajo de conceptualización, trabajo relativo a las secuencias de la presentación del problema, del desarrollo metodológico y de la conclusión demostrativa. Cada uno de estos procesos secuenciales de la investigación tiene unos objetivos propios, y su alcance implica una sensibilización expresiva en un texto discursivo. Se trata de una retórica que a veces en el detalle puede ser accidental, pero que debe ser ontológicamente sustancial tanto de la construcción conceptual misma como también del poder de maduración explicativa de los procesos conceptuales y su síntesis conclusiva final.
El empleo del género literario apropiado es un síntoma de la autenticidad de la investigación. Se implica en ello no sólo un arsenal lingüístico, sino también la imaginación humana con sus simbolizaciones, y los tiempos con sus diversas medidas acordes con las secuencias. Se necesita un vocabulario cónsono con la jerga terminológica del tema, pero también gramaticalmente creativo de acuerdo a las exigencias de la imaginación humana y su trabajo de la simbolización. Afincarse en el texto discursivo, jugar dialectalmente con él según un pensamiento relacional para conseguir la metáfora conceptual, moverse después lentamente según un pensamiento del desarrollo conceptual, acompañado del pensamiento de la aplicación técnica, y finalmente remansarse en un pensamiento rápido conceptualmente para intensivamente mostrar la demostración de un modo conclusivo, todo ello secuencialmente, representa una carrera para el pensamiento investigador-explicativo, que se pretende que el alumno aprenda como entrenamiento en el prácticum de investigación.
Se trata de que el principiante se entrene a saber caminar con competencia metodológica. Así el lenguaje, la imaginación y los tiempos a incorporar se soportan sobre un valor científico que tiene que ver con su realización social en la obra investigadora. Los géneros literarios, que como un mosaico de tiempos deben hacer vida en la investigación, son el recurso tecno-científico que hacen posible que la investigación como tal se comunique no sólo a la comunidad científica sino también a la sociedad toda.  Si cada concepto y cada secuencia conceptualizada demandan en su ser un género literario propio como consistencia de sí (valor en sí), también es preciso responder a la tarea comunicacional donde los intercambios del conocimiento dentro de la comunidad científica (Kuhn, 1971), así como dentro de los usuarios del pensamiento práctico (Bourdieu, 2008), se acerquen y perciban una sensibilización apropiada del texto hacia el colectivo social (valor para sí). Lukács ya construyó este modelo del valor en sí y del valor para sí con relación a la clase social, de inspiración hegeliana[1] (Lukács, 62); Hurtado (2008) lo recoge y desarrolla en su artículo de “El Valor de la Aplicación Etnocultural” con respecto a la identidad étnica (2008)[2]. Savater (1997) le da otra orientación en su acepción metafórica en su título: El valor de educar.[3]
En el asunto del tema, se tiene una situación de elección, selección o evaluación, pero también una opción de valentía, que supone no sólo un momento de emoción (psicología) sino sobre todo (y es lo que nos interesa aquí) de decisión (ontológica) que dice relación al valor. La vinculación inspiradora del tema, con respecto al fenómeno, supone el primer gran salto al proceso de investigación. Más allá de la impronta psicológica importa aquí la ontológica del valor-valentía. La valentía como un valor tanto de la decisión del sujeto consigo mismo en su compromiso, como en el atrevimiento de afrontar el riesgo de la investigación por anunciar. Tal es la valentía que se esconde en el término lingüístico con que se señala el tema y que denota ya un valor o valoración de la realidad. La selección pre-retórica del tema indica que “el hombre quiere vivir por encima del miedo” (Marina, 2007, 191) y alcanzar el valor de sí (en sí) y superar la angustia de cara al fenómeno, venciendo también ya sus ansiedades. El valor del tema como valentía semántica implica también que “no queremos vivir a merced de los sentimientos” (Marina, 2007, 191). 
El tema consiste en la operación de identificación (denotación) lingüística del fenómeno mirando a los alrededores (connotaciones posibles) para que no nos ocurra que nos metemos a nosotros mismos gato por liebre. Por eso el hombre inventó el término lingüístico con vocación de idea, que a su vez el concepto desarrolla como recurso del conocimiento. El género literario del tema tiene un talante denotativo, un señalamiento, una palabra o un par de palabras que pueden requerir una descripción ensayística para ser explicadas o entendidas. Decirlas (escribirlas) y después entenderse/desentenderse con ellas cuando venga su problematización con su otro género literario correspondiente. “La valentía se mueve, pues, en el campo de la inteligencia creadora, que aspira a superar nuestra naturaleza animal, a bailar sobre nuestros propios hombros, como decía Nietzsche” (Marina, 2007, 191). La selección identificadora de los términos del tema tiene que ser inteligente, y su género literario debe saber a valor ético, al cual puede incorporarse lo metafórico.
Si en un simple salto desde el fenómeno, enunciamos un término para identificar un tema, podemos tener conciencia de que el fenómeno puede atraparnos, y quedarnos en el desarrollo fenomenológico del término como una idea general. Pero la ontología del valor en sus distintas vertientes, la subjetiva y la objetiva del lenguaje, nos impone la tarea científica de constitución de una investigación social explícita. De este modo, una tematización es descubierta con un formato paralelo, colocando el proceso del despegue investigador en una primera gran problemática metodológica. Así se desmarca el tema del problema. El tema propone un modo de pensar no-científico, mientras que el problema presentará el decurso investigador de carácter científico.
García Bacca distingue las funciones del tema y del problema cuando se propone fundamentar una Antropología Filosófica: “El empleo de la distinción entre tema y problema, y digo: hasta la concepción moderna del Universo, por tanto, hasta la nuestra, el hombre ha sido tema, a saber: algo perfectamente determinado, según la fuerza de la palabra griega; algo definido, estable y permanente. Pero la concepción moderna del Universo, en la que estamos todos sumergidos y empapados, considera al hombre, y se siente, como problema, en todos los órdenes. Nuestra existencia es problemática, y nuestra esencia, problematicidad. Las anteriores: la griega, la medieval, son tema: algo bien puesto, firme, estable y permanente” (Morey, 11)[4].
De otra forma que la pretendida por García Bacca, lo que nos interesa aquí es la distinción de las realidades del tema y el problema. Más allá del tema, decimos que no puede existir un proyecto de investigación, si no se explicita un problema a investigar, y con ello a llevar a cabo su solución (explicación científica). El tema se encuentra en la situación previa a la existencia de un proyecto de investigación. El tema tiene el rostro de una ciencia física, fenomenológica, atinente al ser; el problema se plantea siempre con cara filosófica, porque siempre envuelve un problema del conocimiento, y con ello el problema ético de que debe ser bien planteado el problema en su ontología.   
La cuestión de cómo armar un proyecto de investigación desde la (s)elección del tema hasta la formulación de un problema concreto como compromiso ético, encuentra su respuesta en una elaboración o procesamiento del tema. Dicho procesamiento mira hacia las posibilidades que enuncia el tema, así como a sus limitaciones. De este procesamiento emerge una orientación determinada del tema que identificamos como tematización. La función de ésta es la del “tercer término” en la polarización de trayecto que va del tema al problema, del desafío (previo) al combate (comprometido). La tematización indica un primer género literario de tipo ensayístico que pretende mostrar la motivación y la persuasión con relación al despegue investigador, papel que debe jugar el planteamiento del problema. Todo este género literario del tema y sus contornos, llena buena parte de la introducción en la elaboración de un proyecto de investigación.
En conclusión, los tres puntales o instancias de una fenoménica, una conceptuálida y una genérica literaria colocan al pensamiento en una disposición firme que le permiten dominar con seguridad la dirección correcta, siempre provisional (en condición de viandante), en su hacerse. La configuración de dichos puntales explicita los resortes fundamentales de su existencia: el actor cuyo papel desempeñado es el de un autor científico o sujeto, como principio de la acción de la investigación, y, por su parte, las circunstancias de su acción que se vinculan con los contornos donde se consiguen los recursos del conocimiento, del mundo y sus cosas, de la técnica y de las ideologías, junto con la cultura social.
    
Bibliografía

Bourdieu, Pierre (2008): El sentido práctico, siglo XXI, España Editores.
Hurtado, Samuel (2008): “El valor de la aplicación etnocultural”, en Ángel
Espina Barrio (ed.), Antropología aplicada en Iberoamérica, Massangana, Recife, Brasil.
Kuhn; Thomas (1971): La estructura de las revoluciones científicas, Fondo
de Cultura Económica, México
Lukács, Georg (1975): Historia y conciencia de clase, Grijalbo, Barcelona.
Marina, José Antonio (1995): Teoría de la inteligencia creadora,
Anagrama, Barcelona.
Marina, José Antonio (2007): Anatomía del miedo. Un tratado sobre la
valentía, Anagrama, Barcelona.
Morey, Miguel (1989): El hombre como argumento, Anthropos, Barcelona,
Savater, Fernando (1997): El valor de educar, Ariel, Barcelona.
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Papel dictado en la asignatura de Pensamiento Viandante o Prácticum de Investigación en el Seminario de Investigación de la Línea de Investigación: Antropología, Cultura y Sociedad, Doctorado en Ciencias Sociales, UCV, 21 de octubre de 2012.


[1] Lukács en su obra Historia y Conciencia de Clase, en su estudio sobre el materialismo histórico, diferencia la clase en sí y la clase para sí. La clase en sí se encuentra a nivel de la situación de clase, en cuya situación a la clase no la es posible lograr el alcance de la totalidad de la sociedad: sólo puede cumplir con una función de clase dominada. Son clases con un valor en sí mismas, pero su función es históricamente limitada, así es la pequeña burguesía y el campesinado (Lukács, 56). En cambio la clase para sí se encuentra a nivel de los intereses de clase donde es posible la emergencia de la conciencia de clase. Esto significa que la clase, en estas condiciones, puede organizar la totalidad de la sociedad conforme a sus intereses. Se refiere a la burguesía y al proletariado como clases que se encuentran en un estadio de ser-para-sí.  (Lukács, 62). Sólo que la burguesía expresa la problemática consistente en que su situación económica no puede resolver los problemas que le presenta el capitalismo, según su propia situación e intereses de clase. De esta forma se origina su falsa conciencia (Lukács, 58), pues naturaliza de nuevo la realidad de las relaciones sociales que ha generado.  
[2] En su pretensión de apuntar a una teoría de la Antropología Aplicada, Hurtado se apropia del este modelo del valor para establecer la movilización que debe ocurrir en los modelos de la aplicación antropológica. En la identidad étnica en sí, “la identidad es un valor que se nos da como un fondo de capital, que siempre está ahí, que nos acompaña como humanos…sin tal capital de encaje o respaldo, no sólo nos volveríamos a la selva o a la sabana, también dejaríamos de ser homo sapiens (Hurtado, 159).  Por su parte, “la etnocultura pensada como una identidad para sí, opera como un reactivo o masa de energía significativa que puede modificarse desde sí misma…y movilizarse y emplearse para diversos usos, intereses o ideales”…”Un concepto de identidad étnica en sí, no permite una óptica que integre la etnicidad con la posibilidad de alcanzar a ver la acción social apropiada a la amplitud de lo humano” (Hurtado, 158). Una antropología aplicada que aspire a tener una producción teórica al servicio de la transformación social demandará una identidad étnica para sí: la que tenga el señalamiento de sentido de la identidad social con la que debe corresponderse. Es aquí donde se evalúa su valor de relación instrumental en orden a un proyecto de vida societal. (Hurtado, 158-159).
[3] Savater escoge un modelo de vivacidad metafórica extraordinario: el valor tiene vigencia en cualquier perspectiva con relación a educar: 1) Hay un valor consistentemente para sí en la educación como tal, 2) pero a su vez hay un valor referido a la valentía como valor ético en el desafío o atrevimiento en la proposición de un actor educando (Savater, 19). Es la ventaja del filósofo interpretativo-reflexivo, frente a los científico-sociales con su alcance analítico-explicativo. Esta ventaja del uso del pensamiento le permite al filósofo tener una entrada más directa para constituir sus propios géneros literarios en el decurso de su texto; en cambio, el científico social que tiene el recurso del uso del conocimiento está forzado a caminar con mayores andanzas laboriosas, según la copla de Antonio Machado, que citamos en nuestra disertación en “Pensamiento y Conocimiento: hilvanes de una relación”(Dictado de la Parte Teórica de la asignatura del Seminario de Investigación, de la Línea de Investigación: Antropología, Cultura y Sociedad, del Doctorado en Ciencias Sociales, UCV.
[4] En el planteamiento de la idea de un proyecto, Marina (1995) también diferencia entre tema y problema. Pero la redacción sale entrecortada porque se encuentra en el proceso de un planteamiento problemático: “¿cuál es la representación que el artista tiene de su objetivo cuando inicia una obra? Si hacemos caso de sus confesiones, los autores suelen comenzar teniendo una idea muy vaga de lo que pretenden conseguir. Tratamos con lo que los expertos en Inteligencia Artificial llaman problemas mal definidos. Desde hace mucho tiempo se sabe que la creación artística puede considerarse como la solución de un problema. Lo que oscurece el asunto es que ni siquiera el autor podría precisar el problema, que quiere resolver con su obra, ya que, de hecho, cuando la comienza sólo posee un esbozo vacío, casi un presentimiento. Es lo que me gusta llamar >” (Marina, 1995, 155). En medio de un párrafo tan aparentemente tartajoso se percibe bien la diferencia entre problema y tema, aunque lleguen a participar de un mutuo destino: el de los comienzos tortuosos con que se enfrenta un autor  al querer armar un proyecto de investigación. Si el problema padece de una falta de buena precisión, es porque quizá la idea del tema, que se tiene entre manos, es todavía insuficientemente entendida.

miércoles, 17 de octubre de 2012

EL VALOR DE LA APLICACIÓN ETNOCULTURAL (I)

CANCIÓN DEL PESCADOR

Tengo las redes llenas
(manos vacías).
Las redes son del amo,
las manos mías.

Estaba el mar vacío,
bajo la noche;
con sudor le llenamos
los pescadores.

Está el campo sombrío
de madrugada;
con las manos hacemos
la luz del alba.

Cuando será la tierra
tuya en tus manos;
tuyas la barca y las redes
y el mar tu esclavo.

Carlos ÁLVAREZ
En Aguaviva: La Casa de San Jamás
Happening musical, Madrid, 1975
                                                  
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El Valor de la Aplicación Etnocultural.

RESUMEN
La etnicidad es un ser que siempre está ahí. En la modernidad parece que se va pero regresa como el matorral o los lobos. Como identidad instrumental no se refiere a una ontología, ni a una uniformación, sino a una relación de objetividad o producción de significados particulares, los de un colectivo social. Es una herramienta específica que puede trabajar bien o mal en cualquier sentido, pero no debe hipocatectizarse, ni trabajar como devoradora de otras identidades o como un parásito. Su verdadera función es la de señalamiento del sentido de la identidad social, con la que debe corresponderse. Como la identidad social no es definida por una introspección de conciencia, ni por una ideología de dominación, sino por el porvenir de un campo de acción histórica, la identidad cultural debe servir para la confrontación de actores sociales, no corporativos. La posibilidad de que la identidad cultural sea aplicada defectuosamente a un campo de acción, se encuentra en los déficits de la teoría de la acción humana y en la falta de capacidad cultural de los actores sociales en llevarla a cabo. Tal ocurre en la antropología venezolana y en el nacionalismo etnicista del populismo venezolano por su carácter regresivo.

Palabras claves: Identidad étnica, identidad social, campo de acción histórica, teoría de la acción humana, regresión populista. 

Contenido General

-Mito y Etnicidad
-El Valor del Deber Hacer las Cosas
-La etnicidad Étnica en sí y para sí
-La Etnicidad para sí y la Memoria del Porvenir
-Cuando la Etnicidad Étnica en sí funciona hasta la mitad.
-Bibilografía


Ahora se puede apreciar con claridad mucho mayor la oposición existente entre la antropología aplicada clásica –es decir, práctica- y la antropología aplicada como ciencia teórica de la acción humana, sus leyes y sus límites. La primera entiende que la resistencia al cambio proviene del medio en que actúa y no de la antropología, con lo cual deja de lado toda una parte de la teoría de la acción que nos parece de enorme importancia” (Bastide, 1972, 204).

Contenido Parcial:

        -Mito y Etnicidad
        -El Valor del Deber Hacer las Cosas
        -La Identidad en sí y para sí.

         Hacer antropología no es una cosa simple. Si se decide orientar la atención hacia una antropología aplicada, la cosa se torna por demás complicada. Tal decisión contiene un desafío, no de verificar hechos, sino de conceptualizar un aspecto de la acción social. Se trata de elaborar un puente que lleve de una teoría general antropológica, bajo la especie de aplicada, a su inserción en situaciones etnográficas particulares donde se producen las especies de la aplicación conceptualizada.

Mito y Etnicidad.

         La tarea general de la antropología es dar alcance a los mitos, esto es, a los detectores del sentido (antiguo y nuevo) que luego se expresan en los rituales y la historia (Devereux, 1989, 13). Tales detectores son procesos de significación que inventan los colectivos sociales para interpretar la realidad. Así enfrentan de un modo primario el pánico que les causa lo real con sus problemas. Antes de “sociologizar” los mitos y convertirlos en ritos o historias a lo que se tiende en estos momentos científico-sociales, es necesario enunciar los principios que fundan la acción ritual o histórica.
         Esta prioridad que expresa el mito, convierte a éste en el objeto de una ciencia autónoma denominada antropología, porque atañe a una relación constituyente de la existencia del homo sapiens. Para explicar este problema, tal disciplina científica construye un modelo conceptual, el constructo de cultura en sentido etnográfico (Tylor, 1873). Sin armar suficientemente este modelo, no se logra organizar con disciplina el orden conceptual para dar alcance a los sentidos en que se realiza la acción social, y, por lo tanto, no se puede cumplir con la función de orientar sabiamente al especialista en una rama de la vida social, sea política, económica, jurídica, ideológica, etc., y su articulación con la vida total de una comunidad.
         Sin solventar el problema conceptual de la etnocultura, “los antropólogos todavía se encuentran teóricamente mal equipados para ofrecer a la antropología aplicada la base sólida sobre la cual ésta pueda apoyarse sin temor alguno” (Bastide, 1972, 124). Si como dice Bastide en otro lugar: “Tal vez no podamos hablar, en la actualidad, de una crisis de las ciencias humanas, pero sí, de un período de confusión” (Bastide, 1973, 9), entonces es necesario obtener una luz o tabla de salvación para detectar una clave de orientación.
Siguiendo los pasos de Devereux (1973), de cuya obra Bastide hace el Prefacio, dicha clave conceptual en antropología, y que justifica su campo de aplicación teórica, es el concepto de “cultura” (Devereux, 1973, 25). La etnología ha definido sistemáticamente este concepto, pero muchos antropólogos particularmente parece que no lo reconstruyen con suficientes insumos significativos para su haber conceptual y con ello ejecutar de un modo sabio la tarea de la aplicación etnocultural.
La delimitación de una problemática étnica y, por lo tanto, del universo de una etnicidad, tiene que ver con los reactivos de la masa significativa, contenida en un mito o cadena de mitos particular. Tal reactivo señala un ámbito de identidad étnica, socialmente reconocida. Identidad que sólo se completará con un valor agregado intelectivamente creado, es decir, con la exigencia que demanda de ser evaluada como una problemática social. Si la inteligencia funciona comparando, como decían los antiguos filósofos, la evaluación de una etnicidad precisa de una comparación con base en criterios de valores universales.
Lo espectacular en la historia de las ciencias es que tal operación terminó por apropiársela epistemológicamente la etnología con la invención del otro, de las etnicidades alternas (Todorov, 9). La identidad en sí misma no logra pensarse sino en relación de comparación con otra identidad, que cumple el papel de una función de alteridad. La otra o “áltera” la trae a la existencia diferencial, sin la cual no adquiere la capacidad de auto-reconocerse. Es un juego de relevos, que también se juega con el juicio sobre la capacidad de la mirada de retroalimentarse a sí misma, y como ocurre en la estética para reconocimiento de los colores y los matices de cada color, en la etnografía también acontece el reconocimiento de los matices de diferentes sentidos culturales. La elevación de este hecho al pensamiento es lo que constituye la etnología moderna, según Levi-Strauss (2000) y cuyo modelo sociológico con niveles diferenciados  ya acuñó Simmel (1969) en su obra de El Extranjero.

El Valor del Deber Hacer las Cosas.

No es una cosa simple edificar este hecho con base en el pensamiento reflexivo, y derivarlo hacia la aplicación antropológica en torno a la acción humana. Como historia, comenzó con los griegos y sus “bárbaros”. Como principio es un hecho de valor que es permanentemente necesario “constituir”. El hecho de valor o darle valor al hecho (cultural) se origina en un atrevimiento conjunto del pensamiento y la acción. Entonces se torna valioso por ser difícil acometer la aplicación etnológica a los hechos culturales. Lo que implica que hay que armarse de valor con la teoría general antropológica, es decir, de un modo esforzado. Y ello como un deber, un deber ético: tengo derecho y tengo el derecho a aplicar el derecho. Doble armazón, la del valor  o atrevimiento y la de la ética o derecho, donde el valor ético garantiza el valor del atrevimiento.
La fascinación de lo dificultoso origina el reto del atrevimiento al descubrir que tal problema, que demanda una intervención teórica para la orientación de proyectos sociales (Hurtado, 2007), es difícil por ser valioso. Entonces ocurre el hecho del valor a agregar que resulta del esfuerzo por remontar no sólo la antropología como un todo, sino además de transcenderla desde ella misma. Porque una cosa es alcanzar, descifrar y enfrentar al mito y otra cosa es actuarlo valientemente, no para domarlo sino para educarlo. Esto último puede soliviantar al mito y su detector de sentido y declarar a la educación como inmoral por motivos de desarraigo adaptativo e incultural. Pero una cosa es que se imponga lo que es, lo inmutable de la creencia y la costumbre, y otra cosa es el hacer, que enfila el cambio social y su demanda de lo que debe ser. Las preguntas de la antropología aplicada nos colocan en el tránsito de uno y otro punto, de suerte que sin dejar de “hacer la memoria del pasado” se debe mirar y “hacer la memoria del futuro”. Lo cual implica colocar la creación de teoría en la dirección de la posibilidad de transformar valientemente lo que tenemos entre manos. Con lo que tenemos en depósito (naturaleza étnica), vamos a ver qué hacemos, o qué debemos ser socialmente para culminar lo que somos. Se supone que ir o aspirar a más es una obligación (ética) del “homo sapiens”, para cuya cuestión la antropología general no nos proporciona por ahora la respuesta, más bien su teoría general nos remite todavía al pasado como tiempo lógico de las ideas de la práctica presidida por la razón instrumental, por lo que una antropología aplicada tendría aún su campo de acción clausurado en la expectativa del presente y futuro como tiempos lógicos de las cosas (in actu) y de sus manejos subjetivos de la acción humana: la preocupación ahora es lograr un campo tamático para el “homo moderator rerum” (Bastide, 1972, 174 y 206).       
El tratamiento de doma del mito o etnocultura suele quedar bien en manos del chamán o brujo. El tratamiento de la educación del mito como intervención de aplicación teórica es el antropólogo quien debe orientarlo y ello no puede ser sino en clave societaria. Es decir, la aplicación etnocultural si se atiende valientemente, encuentra su valor agregado en el horizonte ético, cuya objetivación es el proyecto societal, al cual pertenece la ciencia antropológica, como toda ciencia epistémica.
En culturas sociales, el tránsito de la etnocultura al proyecto social no sufre fracturas radicales negativistas, aunque siempre se produce el desencanto, según lo propuso ya Weber. En culturas narcisistas, para seguir el modelo de Levi-Strauss (1969, 575), como la venezolana, las fracturas son tan hondas que las consecuencias conducen radicalmente al negativismo social (Devereux, 1973): no hay lugar (“locus”) para el proyecto y toda práctica social se resuelve en clave etnocultural en sí misma. No es de extrañarse que surjan al tope los desórdenes etnotípicos. En esta perspectiva una posible aplicación etnocultural termina siendo ilusionista porque los principios teóricos se disponen  de cara a una autoadoración de la etnicidad. En las sociedades complejas este etnicismo se encauza en una contradicción que se bambolea en unos momentos como orgullo étnico y en otros como vergüenza étnica. El resultado constituye un pesimismo radical, expresado en el aquí no hay solución (social) a lo que somos (étnicamente). En esta ilusión etnológica (Bueno, 1987), la aplicación de una antropología aplicada se encuentra con un obstáculo que la integra ingenuamente a su racionalización, eliminando el problema en vez de incorporarlo al sistema descriptiva de alteración de lo real. Si se impulsa dicha dificultad problemática se la fagotiza y su resultado es regresivo como ocurre en una aplicación antropológica en los marcos ideológicos de una sociedad populista y comunitarista, como ocurre en América Latina.

La Identidad Étnica en sí y para sí. 

Para resolver este problema, distinguimos la etnicidad como un valor en sí y la etnicidad como un valor para sí. En la primera, la etnicidad es un valor que se nos da como un fondo de capital, que siempre está ahí, que nos acompaña como humanos. Es la etnicidad en su pureza original. Sin tal capital de encaje o de respaldo, no sólo nos volveríamos a la selva o a la sabana, también dejaríamos de ser “homo sapiens”. La etnicidad aún se esconda en el bosque como un lobo o se pierda en la llanura como un matorral, siempre puede regresar, y de hecho regresa, y no tiene más remedio que regresar(nos). Pero esta semántica donada y pura no es una esencia eterna. Por más que la nominemos como una identidad, no es sino una relación instrumental dentro de un proyecto de vida social o comunitaria. Al reducirla a su pureza etnológica, toda explicación en torno a ella se sumerge forzosamente en una teoría etnicista. Pero como fondo de capital o capital socialmente adelantado, debemos descubrir su existencia posible, es decir como una identidad para sí.
La etnocultura pensada como una identidad para sí, opera como un reactivo o masa de energía significativa que puede modificarse desde sí misma, sin perder su consistencia originaria, y por lo tanto, movilizarse y emplearse para diversos usos, intereses o ideales. No guarda ni se sustenta en un ontologismo, pese a la caracterización del mito como un relato de relaciones perdurables, o que el ethos cultural sea resistente a cualquier influencia social. Tampoco necesita de una ideología para expresar su semántica estética, pese a que el mito pueda expresarse en relaciones de representatividad, de añejamiento o de exquisiteces, según las diferentes circunstancias del principio del arraigo (Hurtado, 2006). Como relación instrumental no constituye una uniformidad como si fuera una camisa de fuerza para todos los sujetos de la comunidad que la producen y que la portan como un referente común. Si fuera un depósito de ontologismo, una luminaria de ideologías o una camisa de uniformados, tendría su capacidad de comunicación reducida, se expresaría con una modulación tosca o plastificada, sería un recinto de información al unísono. Con un puesto de observación teórica predeterminado tan rígidamente con referencia al pensamiento, la antropología aplicada tendría pocas maniobras o alternativas de trabajo y de productos transformados para el servicio de un proyecto de vida social, inteligente o estúpido (Marina, 2006). Un concepto de la identidad étnica en sí, no permite una óptica que integre la etnicidad con la posibilidad de alcanzar a ver la parte de acción social apropiada a la amplitud de lo humano.
Una antropología aplicada que aspire a tener una producción teórica al servicio de una transformación social desde las etnicidades, demandará una redefinición de la identidad étnica. En este sentido es necesario pensarla como una herramienta específica entre otras, para trabajar las relaciones sociales; no es una compulsión psíquica, ni una fijación genética, sino una relación de producción objetiva organizada por un grupo social a través de su experiencia mundana y su socio-historia. Puede que trabaje bien o mal en cualquier sentido, pero no debe hipercatectizarse, ni operarse como devoradora de otras identidades o encapsularse como un parásito. Su verdadera función es la de un señalamiento de sentido de la identidad social, con la que debe corresponderse. Es lo que nominamos como una identidad étnica para sí; como valor sólo estará garantizado en cuanto dice referencia a una identidad social, con la que se evalúa su instrumentalidad.
Como la noción de identidad tiene connotaciones metafísicas, es necesario despejar su ontologismo pasando a la acción de su “ser” posible. No tenemos más remedio que, en su segundo momento, “sociologizar” el mito para colocarlo en el camino del proyecto social. Esto es, debemos bajarlo al campo de acción histórica donde va a adquirir las impurezas del tiempo y del espacio, donde se debaten los actores sociales con sus contradicciones, conflictos, intereses, instrumentalidades. Como dice Devereux (1975) cuando trata de operar la identidad con el modelo de la personalidad, surge la necesidad de que la identidad baje del empíreo ontologista, de que deje de mirar al cielo contemplando en él las maravillas de las etnicidades puras. Su tarea se encuentra en la tierra historizada, donde las etnicidades adquieren impurezas contingentes. Para que de verdad esté al servicio de la inteligencia humana tiene que devenir una identidad para sí, túrgida de toda la energía social necesaria para los deseos, planes y deberes del ser humano que conforman un sistema de vida humana total.
Hay pues una identidad de lo que somos y una identidad de lo que deseamos o debemos ser. Esta última es una identidad colocada en el porvenir al que accedemos mediante la acción, generalmente esforzada, muchas veces signada por fuerzas contradictorias, en pugna mutua, llevada a cabo por  actores sociales opuestos en un campo de acción histórica. En 2002, las plazas de Bolívar y de Altamira en Caracas obraban con el mismo operador del sentido para dos planes políticos enfrentados. La sobrevivencia del “homo sapiens” compele la identidad social a la acción, y esta acción que sin remedio tiene que operar para culminar la obra de lo social en el “homo sapiens”, tiene resultados afirmativos o de regresión negativista, según se opte con inteligencia o estupidez (Savater, 29; Marina, 2006).
Lo social no coincide con lo etnocultural, ni termina en ello. Si lo etnocultural le ha sido dado al homo sapiens, lo social se le propone como desafío a enfrentar en cuanto obra a elaborar o meta a alcanzar, siempre inédita, para no tanto autenticar sino garantizar los dones etnoculturales. Lo social descentra, desfonda, lo cultural; de suerte que no se permite éxtasis con lo cultural, así sea con fines catárticos. Como la identidad social no se define por una introspección de conciencia, ni por una ideología de dominación, sino por el porvenir de un campo de acción histórica, la identidad cultural debe servir para la confrontación de actores sociales, sean individuales, grupales o los movimientos sociales, que no son exactamente corporativos. La posibilidad de que la identidad cultural sea aplicada técnicamente defectuosa a un campo de acción histórica, se encuentra en los déficits de la teoría de la acción humana y en la falta de capacidad cultural de los actores sociales en llevarla a cabo.      

EL VALOR DE LA APLICACIÓN ETNOCULTURAL (II)

CANCIÓN DEL JUSTO

Ya se nos fueron todos los puros.
Se fueron a un lugar
donde ser no es pecado
donde al mentir se muere
donde vivir se puede
y donde querer se debe.

Ya se nos fueron todos los puros.
Mas no marcharon solos.
Se llevaron:
retazos de tristeza,
heridas dolorosas,
semillas de esperanza.

Ya se nos fueron todos los puros.
Por eso…
aunque nos llore
precisamente,
ahora,
más que nunca…
Tendremos que ser puros.

José Antonio MUñOZ
En Aguaviva: La Casa de San Jamás
Happening musical, Madrid, 1975.
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El Valor de la Aplicación Etnocultural

Contenido Parcial:
-La Identidad para sí y la Memoria del Porvenir.
-Cuando la Identidad Étnica en sí funciona hasta la mitad.
-Bibliografía

La Identidad para sí y la Memoria del Porvenir.

 Bastide (1972) se detiene en su Antropología Aplicada y se queda mirando hacia atrás, como si la etnicidad se hubiera estancado en el pasado y su memoria de “antigüedades” y antepasados. Trata de mostrar que el pasado con su etnicidad opera y debe orientar casi totalmente el porvenir. La multiplicidad de vías del desarrollo humano y social se atenderá según los dictámenes de la etnicidad para que sea “auténtica”. Esta proposición se halla a mitad camino aunque anclada en lo social “in actum” o pro-activo del sujeto, según el sociólogo Gurvitch (Cf. Bastide, 203-204); le falta el momento de la memoria sobre el porvenir, el avanzar la pro-acción en la historicidad, tanto según Touraine como de los filósofos de la ética, para objetivar lo social en todo lo que se refiere a nuestros sueños o propósitos y no sólo sobre la mensuración o “moderación de las cosas”. “Sociologizar” el mito comporta revisar la propuesta de Bastide según la sociología de la acción. Exigiría atender a una Sociología Aplicada como una ciencia no de los medios con vistas a la práctica, sino “de hacer de la práctica de esos medios el objeto de una nueva ciencia autónoma” (Bastide, 1972, 167). Coincidirían ambas disciplinas en incorporar las “irracionalidades” de los sujetos a la racionalización de la práctica científica, según Gurvitch. La lógica de dicha aplicación disciplinaria consistiría en abrirse a “estudiar los y que habrá que enfocarlos como agrupamientos de individuos en interacción, ya que la metamorfosis de las ideas en fuerzas sociales puede realizarse únicamente a través del grupo y de la psiquis humana” (Bastide, 1972, 182-183). El determinismo antropológico de Bastide quedaría así modulado con el diálogo entre las disciplinas.
Por más duro que sea el ethos cultural, el pasado y su memoria están a merced de una cadencia que el provenir le demanda, le exige y al final le impone. La lógica de la acción cuyo objetivo es la sobrevivencia, y donde se inscribe el cambio social, supone una proposición de transformación crítica sobre las realidades, una de ellas la etnicidad. Las reglas de la tribu se juegan de una vez para siempre, dice Levi-Strauss; pero los filósofos de la ética le responden: con la modernidad, que es la autonomía de las cosas terrestres frente a las divinas (del mito), las reglas de todas las tribus tienen que jugarse de nuevo, le responde Savater, filósofo de la ética. La escena teórica la expone Alborch (1999, 177) a propósito de replantear el papel social de la mujer. No hay marcha atrás en el tiempo oportuno (carpe diem) de la sobrevivencia del “homo sapiens”. El proyecto de sociedad se autonomizó de la lógica étnica y se colocó en la del porvenir, que desafía permanentemente en un campo de acción histórica el papel de la etnicidad, con objeto de contar con ella al servicio de la identidad social.
Ahora el trajín de ubicación de una Antropología Aplicada moderna, se debe efectuar en un proceso de mirar tanto hacia atrás para hacer los análisis de la etnocultura y orientar la interpretación, como hacia delante con el fin de formular las proposiciones relativas a la transformación de los mundos que soñamos, motivo de la aplicación. El filósofo de la ética sugiere el modelo: “no podemos vivir sin que nuestros sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de nuestros sentimientos” (Marina, 2005, 191). Se parafrasea: no podemos vivir sin que nuestra etnicidad nos oriente, pero no queremos vivir a merced de nuestra etnicidad. La orientación definitiva se encuentra más allá, en la que queramos o debamos vivir según las exigencias del campo de acción histórica donde edificaremos las leyes y los derechos para la libertad.
Con orientación de Bueno (1987), inspirado en Hegel, se propone que la etnicidad puede existir sin soñar mundos sociales (proyectos), pero estos mundos no puede existir si no se apoyan y viven en una etnicidad. La etnicidad es fundamental como la vida misma del homo sapiens, pero no tiene capacidad de inventar proyectos de sociedad, como la agricultura no podía inventar la ciudad. Pero el proyecto garantiza esa vida que se encuentra en peligro de la asfixia de la guerra o animosidad étnica. El proyecto es un invento inteligente del “homo sapiens” porque para continuar con vida no tenía más remedio que organizar la convivencia en “tribal” (etnicidad) y entre las “tribus” (etnicidades).

Cuando la Identidad Étnica en sí funciona hasta la mitad.

La posibilidad de echar andar el proyecto se encuentra en las condiciones de originar un campo de acción histórica, donde las orientaciones se organicen tomando en cuenta los conflictos de actores sociales (minorías activas, movimientos sociales). El manejo de los conflictos se encuentra en la capacidad de impugnación de los actores sociales, en la que juegan sus dispositivos naturales, el psíquico y el étnico. La evaluación de proposiciones de una antropología aplicada en las sociedades complejas donde ya se  vive, no puede hacerse sino desde la episteme del proyecto de sociedad, no desde la etnicidad. Se trata de una antropología aplicada, no de un chamanismo práctico, por ejemplo, el de los babalaos. Lo que debemos preguntarnos es por la “capacidad étnica” de los sujetos sociales, que son los que tienen que llevar a cabo en la sociedad la aplicación crítica de los proyectos, para que las proposiciones no queden sustentadas en un vacío social y terminen siendo ideológicas si nadie conceptualiza con racionalidad etnológica la aplicación etnocultural.
En este marco teórico se inscribe el breve análisis de dos situaciones  en Venezuela: la academia antropológica y el sistema populista, el actor social y el contexto de ubicación del mito. Se selecciona la Escuela de Antropología de la UCV, como lugar muestral ponderado del colectivo académico nacional. Dará cuenta de ello una breve entrevista prospectiva a un pequeño corpus de población perteneciente a dicha  Escuela cuyo criterio de selección y enfoque crítico se refiere al Departamento de Etnología y Antropología Social. El corpus lo componen dos profesoras, una de dicho departamento y otra no, así mismo dos egresados profesionales de poco más de dos años, uno perteneció al departamento y el otro no; y dos estudiantes en tesis de grado pertenecientes a dicho departamento, que se hallan en relaciones laborales como empleados.
El campo de acción histórica en Venezuela se relaciona con un nacionalismo etnopopulista. Se presenta con una breve crítica cultural con el fin de obtener el campo de la acción histórica y la semantización de la actividad académica. No se acude a teóricos de la crítica cultural respecto del populismo venezolano (Briceño, 1994; Toro, 2005; Burgos, s/f.), sino a informantes de la entrevista que proporcionan puntos orientadores del orden cultural, que les servirán para la crítica del quehacer académico con referencia al proyecto de sociedad, tal como la Escuela de Frankfurt hizo la crítica cultural de la razón instrumental con referencia al capitalismo emergente de su tiempo.  
El rasgo cultural del placer inicia el discurso del sistema populista. Entre el principio del placer y la calidad de vida ocurre una inflexión, la del principio de realidad. “El venezolano no siente que la situación del país sea consecuencia de sus acciones. En este sentido tampoco siente que tenga que cambiar” (Kenica). El asunto pasaría porque a las ganancias colectivas (vía el proyecto social) el venezolano le sacara “algún provecho” individual (Diana), expresando al “aprovechado”. La desconexión con la realidad y el logro de una cosecha sin trabajar como lógica recolectora, representan rasgos esenciales del mito matrisocial venezolano, es decir, de aquel profundo complejo de dependencia materno-filial que baña toda relación social en Venezuela. En la lógica de este mito, el principio del placer (la vida despreocupada) coincide con el ser y la aspiración sortaria de la calidad de vida: “el venezolano se siente bien con lo que es, o mejor dicho, como él se ve, y tal es así que hace alarde de ello” (Anita). En definitiva, “él disfruta de gratis, no tenemos porqué esforzarnos, ni trabajar para conseguirlo” (Anita).
Sin embargo, todos quisieran mejorar sus condiciones de vida, y también tendrían ciertas aspiraciones que pudieran convertirse en oportunidades de mejorar, si un programa antropológico que se aplicara las concretara en  valores de confianza social. La cultura matrisocial desquicia esto y juega entre la desconfianza y lo confianzudo, desactivando la virtud de la confianza para el orden social básico. Con la sola emocionalidad y los regalos gubernamentales al pueblo, la aplicación antropológica no visualizaría el quehacer problemático del país: la política en las sociedades complejas canaliza fuertemente las conductas etnoculturales del colectivo social (Máxima).
Por fin, “para qué esforzarnos más si ya Bolívar, Sucre, Páez (héroes de la independencia) lo hicieron, seguimos viviendo de las rentas del trabajo de otros y lo conceptuamos como si fuera nuestro” (Anita). Esta esquizofrenia vivida con placer asombra cuando se observan aquellos resultados de cambio momentáneo de conducta bajo efecto del miedo a la sanción o de la amenaza individual, lo cual dista del cambio como efecto del beneficio colectivo. El doble código esquizofrénico “vivimos de lo que los otros trabajan como si nosotros nos hubiéramos esforzado” opera como un autoengaño para vivir felices. Y en sentido negativo descarga de sí las propias responsabilidades sobre su destino porque éste le da pánico. “Sospecho que si tuviera el conocimiento de que tiene que trabajar más y mejor para mejorar su calidad de vida, no lo aceptaría tan fácilmente dadas sus implicaciones, es decir, cuestiones como hacerse responsable de su propio destino le serían tan aterradoras que preferirían obviar ese conocimiento y continuar fuera de sí la responsabilidad de su propio bienestar” (Diana). Esta premisa suele profundizar resultados reversivos. “El venezolano sin más ni menos no va a trabajar más ni mejor, puesto que esto significaría reducir sus cuotas de placer y hasta puede entenderlo como un desmejoramiento de su vida y no lo contrario” (Engracia).
Tres rasgos culturales orientan la línea cultural: 1) la negación de la realidad pero aprovechada oportunamente, 2) la desconfianza social, 3) la esquizofrenia etnopsíquica. Esto muestra lo endeble del ser venezolano para impugnar el posible secuestro del poder público. Como efecto, está expuesto a que cualquier caudillismo, alentando el motivo del nacionalismo etnicista, persista en mantener al colectivo venezolano en su regresión etnocultural.
¿Qué hace el actor social de la academia antropológica?”Se sumerge en la fascinación de lo observado y ante una mala interpretación de la objetividad se satisface a sí mismo en la pretensión de que no pretende nada” (Kenica). Parece escaso el nivel  de aspiraciones, pues “no hay pretensiones de generar cambios sociales, lo que se hace en la Escuela es una antropología , ni siquiera teoricista. Da la impresión de que los antropólogos desconocen su rol de científicos sociales” (Anita). El asunto es que la práctica teórica se quede a la mitad del pensamiento, y su resultado sea una ideología medrosa, indicando la falta de valentía: del primer ingrediente del valor de la aplicación. “La práctica antropológica aún no tiene la capacidad suficiente para dirigir la transformación etnocultural del país. Se tendría que comenzar a trabajar sobre la barrera que la propia cultura nos impone, y ese es un trabajo que aún muchos investigadores no están dispuestos a asumir” (Diana)
La falta de explicaciones socio-éticas, asociada a sus investigaciones se compensa con la autocomtemplación del antropólogo. Pareciera que la Escuela de Antropología se justificara a sí misma. Su escaso conocimiento generado se limita a señalar algunos rasgos culturales, no a comprender el país. Está lejos de producir teoría, por lo que no fabrica ni dispone de herramientas teóricas para la aplicación de una antropología aplicada en Venezuela. El discurso se radicaliza cuando se afirma que la academia antropológica venezolana “no está yendo a ninguna parte…Que la mayoría de las personas asocien la antropología con la arqueología o con es un rasgo diagnóstico de ello” (Kenica).
Los resultados conclusivos son alarmantes en lo tocante a actores que se encuentran en el vientre académico y pueden ver tanto que ellos mismos explicitan su vergüenza. “Soy pesimista respecto a que exista una academia antropológica en el país”… “Como conjunto se me asemeja más al famoso del refrán criollo” (Kenica). Como desquite el antropológico se orienta al estudio de una etnicidad pura, sin trascendencia social. La falta de crítica científica hace que el antropólogo en vez de ponerse al frente de la etnicidad y orientarla en su quehacer, se deja llevar a merced de ella. Hay una confesión fuerte que se produce en la dialéctica entre el antropólogo y su práctica. Las secuencias son: 1) la carga de etnicidad pesa mucho sobre el despegue teórico del antropólogo en Venezuela, que termina por incapacitarlo para aportar insumos a la dirigencia orientadora del país; 2) hay un convencimiento de que “la práctica antropológica tiene mucho que aportar, y esto es una deuda que tenemos los antropólogos con el país” (Anita).
Esta serie argumentada de problemas la academia antropológica raramente se los plantea. Ubicamos en close-up, al Departamento de Etnología y Antropología Social, que a diferencia  de los Departamentos de Lingüística, Física y Arqueología, debiera ser portaestandarte de una teoría antropológica general para la elaboración de las proposiciones de la aplicación de una antropología aplicada. Un cortocircuito epistémico desconecta tal aspiración, pues la etnocultura de autocontemplación que porta la academia evita la producción de una episteme particularizada, como objetividad del proyecto socio-ético en el país. En consecuencia, la teoría de la academia  de carácter repetitivo sigue a merced del destino etnocultural, en vez de procurar una teoría de la aplicación antropológica que transforme dicho destino en insumo histórico para a dirigencia y su papel de orientar al colectivo hacia el esfuerzo por afianzar su identidad social.
Un etnicismo casi a ultranza domina la antropología en Venezuela. En la defensa de una tesis de grado, una profesora trató de anclar este etnicismo invocando a Hegel: la nación contra la ciudadanía, para indicar a la nación como el “locus” etnicista. El planteamiento fue zanjado al revés en la Alemania de los años 1970, en que los filósofos de la segunda escuela de Frankfurt proclamaron la constitución alemana como la identidad social por oposición a la nación alemana de los historiadores cuyas señales eran regresar a la proclama de la etnia como superior a la ciudadanía. El juego se trazó a favor de la identidad social subordinando a la identidad étnica.
Es plausible que los planteamientos etnicistas de la academia antropológica sean inalterables desde su inicial de los años 1970. El antropólogo venezolano Omar Rodríguez (1991) en su crítica al indigenismo en Venezuela lo constata con respecto a sus principales representantes: Mosonyi y Nelly Arvelo, como también se constata en los seguidores del mexicano Bonfil Batalla, profundamente etnicista, de quién hace también la crítica  Rodríguez. El departamento de Etnología y Antropología Social de la Escuela de Antropología se encuentra anclado en esta órbita, la de un pietismo a ultranza lleno de las ilusiones del buen salvaje y un etnologismo crítico que se embarca con facilidad en la nostalgia del mundo bárbaro. Ambas corrientes navegan placenteramente a merced del nacionalismo etnicista, propiciado por el actual neopopulismo venezolano. 
En este escenario neopopulista con el que la academia antropológica armoniza por ausencia de crítica cultural, la articulación de aquella identidad etnicista con la identidad social confronta un fuerte contratiempo. Los déficits de la teoría de la acción humana (por valor ético disminuido) y la muy sesgada capacidad etnocultural de los actores académicos (por la dura tendencia al pensamiento descriptivo) torna dificultosa la posibilidad de la aplicación de una antropología aplicada en Venezuela.
              
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Publicado en Angel B. Espina Barrio (ed.) (2008): Antropología Aplicada en Iberoamérica, Fundaçáo Joaquin Nabuco y Editorial Massangana, Recife, Brasil, 153-169.