corro y torre de San Juan en Paredes de Nava Palencia (Castilla y León)
Introducción.
El biógrafo expuesto
a ser auto-objeto de estudio.
Nunca
me imaginé que encaramado dentro del cerebro de mi árbol de mandarinas,
recogiendo la cosecha por sus cúspides, iba a mirarme en retrospectiva del
tiempo, y reconstruir el interés de mi historia ¿Cuál historia de interés? La
del conocerse a sí mismo como necesidad de conocer el mundo, ese mundo de los
objetos; porque es perentorio generar una centrífuga auto-observable, y aún una
vuelta autocrítica, del concepto sobre sí mismo. Es una cosa enjundiosa sentir
aquella relación conjuntiva del cerebro vegetal inspirador y el cerebro humano
receptor, para devolverse a una acción de interpretación del sentido; porque
éste, percibido en una historia natural de los objetos, termina por los sujetos
humanos catapultado a una historia social, y, por lo tanto, expuesto a asumir
un cauce de historia subjetiva. Dicha relación conjuntiva muestra el
tratamiento aplicado desde un laboratorio antropológico donde es posible
acogerse para mostrar, al fin la potencialidad de mi creencia de ser como un
crédito que me doy a mí mismo para poder trabajar, y aprender de este modo la
objetivación.
Estoy
en la recta final de la digitalización de mis viejos libros, escritos en los
años de 1980, casi representando vestigios de hace 40 años. La sensible
experiencia de ver cómo entré en un mundo desconocido para aprender a conocer
como objeto, fue la de voltear el final de hoy para convertirlo en el principio
de siempre; era volver a verme como en un hodierno comenzar. En estas
condiciones me sentí trasportado a la pro-activación de una memoria sensible,
que me hizo revivir las primeras incursiones a la Venezuela profunda en su
organización social según sus diversas medidas y campos.
Aquella
conjunción de cerebros y, a distancia, de la conjunción de máquinas con técnica
sensible, se iba fundiendo en mi retorno autoobservable cuya autocrítica me
permitía sobreponerme al árbol y a la computadora y poder ir más atrás (plus retro) en mi historia, que si era
natural como antropológica (étnica)
debía sobremontarse en cuanto social como sociológica (de acción ética). Había
que buscar dentro de uno mismo, no ya la situación, a donde había llegado como
medro social, sino el sentido de la acción en el recorrido que previene de la
infancia, se sobreviene con la juventud y se adviene con la esperanza de la
madurez; sentido de siempre añejado, caldeado por un modo del siempre comenzar. Eran, y son, despegues del
pensamiento cuyo cultivo no ha cesado de incentivarse en el estilo de una cultura
de innovación.
El
mundo me fue previniendo, y seguí tras él en el sitio y lugar que me asignó la
historia azarosa (natural) pero pautada. Había que proseguir hasta ir
reconstruyéndola con la significación que me aportaba el trabajo del
pensamiento en aras de explicarme los problemas de la sociedad mediante la
producción socio-histórica de un conocimiento conceptual. El mundo objetivo y
mi pensamiento se fueron fundieron en una lógica
de lo posible en realización. Lo fabuloso y lo desconocido fueron dando, a
afanes y quehaceres, incentivo de ir descubriendo, como un sueño despierto, los
avatares de lo real traídos a la luz por
el conocimiento mismo.
¿Aquel
niño, creciendo en tierra de meseta y páramo, sin árboles, reseca y dura,
soñaría que algún día trabajaría conceptos en tierra de montaña tropical,
blanda y húmeda, confabulado con árboles frutales y con su gente? ¿O aquél niño
que ideó una biblioteca con cuatro tablas, ringada, y con cuatro libros de
escuela de pueblo, viejos, soñaría que iba a vivir entre bibliotecas propias,
con anaqueles de filosofía, teología, sociología, lingüística, antropología,
etno-psiquiatría…? Hasta constituir en medio de esas bibliotecas un anaquel
de ‘Biblioteca y el Autor’ con la
cosecha propia de libros cultivados y producidos…
¡Imposible
el despunte de aquél sueño! Y sin embargo, “estamos hechos de la materia de los
sueños” (Shakespeare), y vivimos como soñamos, según Conrad, y más aún somos lo
que creemos ser, como el crédito que se da uno a sí mismo. Son finales que se
marcan como principios, de acuerdo a la recursividad de T. S. Eliot, y según se
va aprendiendo a objetivar en el laboratorio de una auto-historia. Es una
objetivación personal que sin remedio funge de gran medicina apuntando como
autenticidad a la maduración del yo (Bourdieu, 2008).
He
aquí viéndome encabalgado en retrospectiva autobiográfica e interpretando como
proyecto mi problema humano conjuntando el árbol por dentro y el pensamiento
por fuera, y a la computadora subjetivada con la memoria perceptivada, y en
plena centrífuga hacer la síntesis de cerebros y máquinas, fueran vegetales,
electrónicos o espirituales; todo al final como en un desorden del pensar (Borges/Foucault, 1972: 3), aunado, para
convertirse en nuevos enseres y fundirse bajo una animación pensante. Hice que
el árbol de mandarinas se pusiera a pensar, y a la computadora a generar
memoria sensible. Que el mundo de los objetos con sus tiempos y espacios, se
pusiera a dar vueltas, pero no como la caballería cegada de la noria de Antonio
Machado, sino como las ideas-fuerza de la “cibernética” epistemológica, que sin
venda en los ojos, hicieran que los sueños dieran su cosecha en molienda de
obras y ciencia.
La
exposición contiene dos partes. Se diferencian, la primera, por su movimiento
de tiempo en saltos geográficos que subrayan la lógica de avance del
conocimiento y práctica de la fe. La segunda, se caracteriza por sus remansos
de acción reflexiva de la fe en mutua ayuda de maceración con el pensamiento
científico-social. La acción geográfica contiene la idea y el proyecto de
internarse en el mundo del inconsciente del país con herramientas
disciplinarias apropiadas de la etnopsiquiatría, y hacerlo internalizándose
primero dentro de sí mismo como recurso y requisito de la forma de trabajo
subjetivo.
En
esta doble escalada según las dos partes de ejercicios en saltos y remansos, el
biógrafo se dispone y se expone a ser su propio auto-objet(iv)o, es decir, a
mostrarse como su propio auto-objeto exterior (fuera de sí) porque de antemano
se auto-dio el objetivo interior de conocerse (dentro y desde dentro de sí). El
cortafuegos a construir mediante la movida de la fe es indispensable: el
pensamiento de guardabosques no debe cobrar ningún estipendio (como desquite) a
la existencia del tiempo de la fe, porque el propósito es pasar, con el tiempo
de la fe, al pensamiento de jardín con el fin en funciones de levantar en
Venezuela la idea, al menos, de un proyecto de sociedad.
Referencias
Bourdieu, Pierre (2008). El sentido práctico. Madrid: Siglo XXI de España Editores.
Foucault, Michel (1972). Las palabras y las
cosas. México: Siglo XXI Editores
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Del libro de Samuel Hurtado: La Enseña de mi Padre. Un antropólogo en la vía de la Fe y la Ciencia. Caracas: Ediciones de La Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela (EBUC), febrero de 2025.